miércoles, 14 de marzo de 2012

Iglesia y Estado


Por Robert Newport
20 octubre 2007


A
 lo largo de la historia la Iglesia Católica estuvo omnipresente en la vida política, y fue la causante de intrigas palaciegas y de abuso de poder -principalmente sobre el pueblo llano, aprovechando su ignorancia y sumisión-, así como responsable directísima de actos tan aberrantes como los cometidos por la Santa Inquisición, que llamarla santa tendría que ser, cuando menos, una herejía.

Hoy, en pleno siglo XXI, la sociedad está debidamente informada -tal vez desbordada por la saturación de los múltiples acontecimientos diarios- y no se deja influir fácilmente por una institución que, además, se contradice constantemente, echando por tierra los dogmas primigenios, lo que hace que muchos creyentes, desconcertados, empiecen a dudar de la veracidad de las enseñanzas recibidas y que, hasta hoy y con verdadera fe, habían sido su camino y su luz.

La Iglesia Católica, como institución, fue creada para difundir la palabra de Dios por toda la Tierra, siguiendo sus sagradas enseñanzas. Así lo ha hecho, en mayor o menor medida, con resultados espectaculares. Sin embargo, en su afán de demostrar que es la única que está en posesión de la verdad, ha traspasado la barrera de la espiritualidad y se ha inmiscuido en lo terrenal -con ambición desmedida y sin recato alguno- pretendiendo ejercer su dominio en todos los ámbitos: espiritual, económico, político y social. Es tal su ambición de poder, que los creyentes, que lo son de verdad, se estarán cuestionando  la obediencia a los preceptos de esa Iglesia y, sin que ello suponga perder la fe, decidirán ser cristianos, única y exclusivamente, fieles a sus creencias y a su conciencia.

Los obispos, como prelados superiores de las distintas diócesis y miembros destacados de la jerarquía de la Iglesia, están continuamente publicando cartas pastorales y encíclicas, además de difundir sus opiniones y comentarios políticos, cuestionando las decisiones del Gobierno y censurando aquéllas que no responden a sus intereses. Estos jerarcas, que no se distinguen precisamente por su humildad -virtud cristiana que ignoran constantemente-, han salido de su ámbito eclesiástico y pretenden influir, con un descaro inaudito, en la vida política del país. Y lo que es peor, se creen con pleno derecho.

En mi opinión, como ciudadano y como creyente -aunque no practicante-, la Iglesia Católica, representada por sus cardenales, obispos y sacerdotes, tiene que asumir  -como no puede ser de otra forma- su misión apostólica y pastoral: difundir el Evangelio. Pero, fuera de ese ámbito espiritual y religioso, no debe intervenir, bajo ningún concepto, en cuestiones políticas y de Estado.
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