jueves, 16 de agosto de 2012

Adolfo Suárez. Ley de Asociaciones Políticas


Hace menos de una semana, Su Majestad el Rey definía el horizonte de nuestra convivencia como una Monarquía democrática, en cuyas instituciones habrá lugar holgado para cada español.

Esta ley es pieza fundamental en el perfeccionamiento de las relaciones políticas de los españoles entre sí, paso decisivo hacia la sociedad democrática que perseguimos y algo mucho más importante: pretender dar respuesta actual a las demandas de nuestra sociedad.

No hay que derribar lo construido ni hay que levantar un edificio paralelo. Hay que aprovechar lo que tiene de sólido, pero hay que rectificar lo que el paso del tiempo y el relevo de generaciones hayan dejado anticuado. Y no sirven, señorías, los apuntalamientos. Sirve, en cambio, la arquitectura de nuevas técnicas; sirve sólo -y esa es la llamada de la autenticidad de nuestro tiempo- la estructura que dé cabida, y cabida ancha, a todos los miembros de la comunidad. Nos encontramos ante una nueva etapa cargada de esperanzas. Ante ella, como ciudadanos, hemos sentido la impaciencia, porque sabíamos que las reformas eran necesarias. Sin embargo, como gobernantes y como responsables administrativos de la comunidad hemos pretendido conducir la transición con una única norma: conocer con realismo, que implica sinceridad, las necesidades políticas y sociales de nuestro pueblo. El Gobierno, gestor legítimo en este momento histórico, tiene la responsabilidad de poner en marcha los mecanismos necesarios para la consolidación definitiva de una democracia moderna.
… No tenemos puesta nuestra atención únicamente en los mandatos constitucionales, sino también en la realidad apremiante de nuestro pueblo, en el empeño de ofrecer una nueva ocasión de libertad, que nos lleve a una convivencia estable, y en la ilusión de romper de una vez por todas los círculos viciosos de nuestra Historia.

El punto de partida es el reconocimiento del pluralismo de nuestra sociedad. Y si esta sociedad es plural, no podemos permitirnos el lujo de ignorarlo. Por el contrario, es preciso organizar esa pluralidad, y es preciso organizarla de modo que dé cabida a todos los grupos sinceramente democráticos, con aspiraciones de poder, con voluntad de ofrecer una alternativa de Gobierno, pero con programas válidos para la Administración y la acción política, bajo el compromiso de respeto a los demás.

… Si contemplamos la realidad nacional con una mínima sinceridad, hemos de convenir en que además de este pluralismo teórico, existen ya fuerzas organizadas. Nos empeñaríamos en una ceguera absurda si nos negásemos a verlo. Esas fuerzas, llámense o no partidos, existen como hecho público […] El Estado debe ser neutral ante los partidos, si quiere ser justo, pero no puede desconocer su existencia.

… Ante todo ello, el Gobierno del Rey aspira a una meta de integración y considera que ese objetivo no sólo admite sino que exige la articulación normativa del pluralismo político […] Estima, con plena responsabilidad ante el pueblo, ante las leyes y ante la Corona, que en las actuales circunstancias históricas es indispensable, precisamente para conseguir una sociedad civil más auténtica y fuerte, abril el camino legal a la pluralidad que vemos existente en la práctica. El Gobierno piensa, en suma, que una vez lograda la solidez del Estado y superados los tiempos en que era forzosa la restricción de algunos derechos, la integración no puede darse sin libertad política, y que esa libertad política pasa precisamente por el derecho de asociación. […] Sabemos que con ello estamos levantando el edificio de la concordia nacional.

Esos grupos tienen derecho a la vida, si representan a hombres y familias de España. Y tienen derecho a la vida pública, porque en cada uno de ellos puede encontrarse una nueva vitalidad. Pero a lo que nosotros no podemos jugar, como responsables de nuestro propio presente y futuro, es a convertir al país en un reino de dudosas legalidades y de marginaciones ciertas […] Bien sabemos que se habría hecho un esfuerzo inútil si (la ley) no sirviera a todos por igual.

¿Es que acaso no existe, incluso a nivel popular, un mínimo acuerdo tácito respecto al cambio sin riesgo; a la reforma profunda y ordenada; al pluralismo político; a una Cámara elegida por sufragio universal, igual, directo y secreto; a la existencia de nos grupos políticos que canalicen la participación ideológica; a las libertades públicas de expresión, reunión y manifestación; a un sistema económico que armonice la fuerza creadora de la iniciativa privada con unos mayores niveles de justicia, mediante la óptima socialización de los resultados del desarrollo?

Estamos tratando de interpretar lo que el país quiere.

El derecho de asociación política no puede constituir un fin en sí mismo. Y me interesa resaltarlo especialmente. No lo concebimos como una meta sino como un medio para que el pueblo disponga del poder que en buena teoría política le corresponde.

…Vamos a crear un campo de juego para que la política, como actividad responsable, sea el fin lícito que prevén nuestras Leyes Fundamentales. Vamos a dar a cada español la oportunidad -que ha de transformarse en beneficio público- de que considere esa actividad política como algo propio y no “ elaborado”  en campanas de cristal alejadas de los estados de opinión. Vamos, en definitiva, a ordenar unas reglas de participación, de tal forma que la ilegalidad sólo afecte a quienes juegan a subversión. Precisamente, a esa subversión la excluirá la sociedad misma cuando pueda organizarse con fórmulas civilizadas y atractivas, y cuando la inmensa masa moderada del país, que tiene mucho que conservar,  pero mucho más que conseguir, se sienta solidaria en la tarea de arrinconar los extremismos y los propósitos de suicidio colectivo.

La reforma, en cuyo espíritu esta ley inserta, ha de ser coherente y legitimada por la voluntad del pueblo en lo constitucional;  democrática y pluralista en lo político; flexible, ágil y eficaz en lo administrativo; racionalizadora y transformadora en lo económico; pactada y responsable en lo social, y occidentalista y fiel a nuestra tradición histórica en lo que atañe a nuestras raíces y a su proyección exterior.

Cuando tantos intérpretes surgen para la voz del pueblo, es lógico y urgente que nos apresuremos a escuchar la voz real del pueblo, que la tiene, y que quizá sea muy diferente de cómo pensamos todos […] Que la decisión corresponda a la voluntad popular.
La Corona se presenta ante la nación con una voluntad expresa y jamás silenciada de alcanzar una democracia moderna para España.  Don Juan Carlos  definió el poder de la Corona como “poder institucional”; es decir, poder compartido; poder, en suma, sin mixtificaciones ni intromisiones. Crear una corriente viva entre la base social y su institución máxima es la esencia misma de la Monarquía de hoy.

Vamos, sencillamente, a quitarle dramatismo a nuestra vida política. Vamos a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es normal. Vamos a sentar las bases de un entendimiento duradero bajo el imperio de la ley.













Fuente: FUE POSIBLE LA CONCORDIA, Adolfo Suárez.  Edición de Abel Hernández. ESPASA.

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