domingo, 20 de enero de 2019

Cartas a un amigo imaginario, 2019


15  enero 2019
                                                                                     
Amigo imaginario:
Lamentablemente, este nuevo año no ha empezado como todos deseábamos. La violencia machista y, sorprendentemente, también la filial, han vuelto por sus fueros, causando nuevas víctimas mortales, en una escalada que parece no tener fin.
En el ámbito político, la situación tampoco está para echar cohetes. En Andalucía, como consecuencia de las últimas elecciones autonómicas en aquella comunidad, la coalición: Partido Popular, Ciudadanos y Vox, tiene asegurada la gobernabilidad. Y eso, a pesar de que las condiciones esgrimidas por Vox, propias de nostálgicos de la dictadura franquista, siguen siendo motivo de controversia. Aunque, para vergüenza de propios y extraños, esta formación ultraderechista  —que aporta 12 diputados—, sin la que sus socios carecerían de la mayoría necesaria, se ha salido con la suya.
 Así las cosas, hoy (15 de enero de 2019), Juan Manuel Moreno Bonilla, actual presidente del Partido Popular de Andalucía, ha leído su discurso de investidura, previo a la votación que, presumiblemente, mañana (16 de enero de 2019), con los votos del PP, Ciudadanos y Vox, lo proclamará presidente de la Junta de Andalucía.
Y es que la política, estimado amigo, esa ciencia infusa y difusa, continúa siendo un mercadeo en el que, por intereses personales y partidistas, descaradamente, se pacta hasta con el «diablo», si con ello se logran los objetivos. La cuestión es conseguir el poder, la hegemonía. Y luego, donde dije digo, digo Diego. Y aquí paz y después gloria.
Hay, además, un comportamiento estándar en todas las campañas electorales, y la andaluza no iba a ser una excepción. Los candidatos, con la sonrisa de oreja a oreja, prodigan efusivos abrazos y estrechan la mano a todo aquel que se ponga a tiro. Saludan, a diestro y siniestro, complacidos, en un derroche de fingida simpatía. Yo creo que, en su embriaguez populista, saludan hasta a los maniquíes de los escaparates. Sin sonrojarse. Y a mí, que estoy hasta las gónadas de tanta mentira, de tanto eufemismo y de tanto subterfugio  —también, de tanta promesa incumplida—, ya no me la cuelan. ¡Ni con vaselina!   
Es sabido que la alternancia en el poder forma parte de las reglas del juego democrático. Y eso, en principio, es saludable. Sin embargo, cuando en el pluralismo político irrumpe un partido ultraderechista como Vox, y consigue tener representación (12 diputados) en el Parlamento andaluz, hemos de considerar que su, más que probable, «toxicidad» puede extenderse a todas las comunidades de nuestro suelo patrio. Lo que, necesariamente, nos debe alarmar y preocupar.
Como tú sabes, porque creo habértelo dicho en alguna ocasión, no soy partidario de los radicalismos. Siempre me he declarado centrista. Porque en el centro, paciente amigo, está el equilibrio, la equidistancia, la moderación.
A partir de ahora, hemos de permanecer atentos al comportamiento de Vox, y considerarlo un «extraño» compañero de viaje —tal vez, no lo sea tanto— del Partido Popular y de Ciudadanos. Aunque, sinceramente, menudo ménage à trois.
Un fuerte abrazo.
 Robert 

16 febrero 2019

Amigo imaginario:
El pasado domingo (10.02.2019), el populismo «inundó» la plaza de Colón de Madrid. Y comprobamos, una vez más, como las cifras de asistentes continúan siendo dispares: 50.000 según la Delegación del Gobierno, y 200.000 según los convocantes. Todo un clásico. De todos modos, con estas cifras, no creo que se pueda calificar como un éxito. Porque, no nos equivoquemos, las Comunidades Autónomas gobernadas por el Partido Popular, pusieron autobuses gratuitos a disposición de sus simpatizantes —¡Qué buenos son los padres escolapios, qué buenos son que nos llevan de excursión!—, además de aquellos que siempre se apuntan a un bombardeo —hay gente para todo—, muchos de los cuales no dudaron en ir de weekend a la capital del Reino. Lo de menos, sospecho, era la manifestación y su objetivo. Y si, además, les pusieron una bandera en las manos, que habrán agitado con gran frenesí, sin duda iban más contentos que un niño con zapatos nuevos. Hay mucho de representación teatral en estos eventos político-populistas.
Amigo mío, la manifestación callejera convocada por la «menestra» tricéfala derechista —PP, C’s y Vox—, ha tenido en la bandera constitucional el simbolismo «patriótico» de la unidad nacional. Y los enfáticos discursos en torno a la patria —peroratas de charlatanes de feria—, que nos retrotraen a un pasado de odios y venganzas, son para echarse a temblar. Porque, a lo largo de la Historia —del mismo modo que en nombre de Dios y de la Cruz: la Inquisición y las Cruzadas—, también en nombre de la patria y de la bandera se han cometido las mayores atrocidades: sangrientas confrontaciones bélicas internas, y cruentos enfrentamientos fratricidas. Lo que, inevitablemente, me lleva a la conclusión de que no hemos aprendido nada de nada.
El objetivo de la protesta: desalojar de La Moncloa al actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Y la historia se repite. Porque el objetivo de la moción de censura presentada por Pedro Sánchez el pasado año, fue desalojar de La Moncloa a Mariano Rajoy. «Dale que dale al pandero». Una vez más, entra en escena el refrán: «Quien a hierro mata, a hierro muere».
El actual presidente del Partido popular, Pablo Casado —candidato a la presidencia del Gobierno—, en una más que evidente incontinencia verbal, no dudó en calificar a Pedro Sánchez de felón, golpista, okupa, ilegítimo… Todo un alarde de verborrea.
Tengo el convencimiento de que, por alguna extraña razón que no acierto a comprender, el Partido Popular siempre se creyó el único legitimado para gobernar en este país. Y continúa en la misma línea.
Lo cierto es, querido amigo, que el Gobierno de Pedro Sánchez —al que ya podemos apodar «el breve»—, únicamente duró ocho meses. No haber conseguido aprobar los presupuestos, precipitó la convocatoria de elecciones generales para el próximo 28 de abril. Es lo que tiene la política: importa muy poco el interés general. Para los partidos de la oposición, lo realmente importante es intentar «derribar» al adversario. Y a ese fin dedican todos sus esfuerzos.
Ahora, con resignación franciscana, sufriremos la precampaña de unas elecciones generales, la campaña propiamente dicha, los mítines populistas preñados de promesas que no se cumplirán, las votaciones, el escrutinio, la celebración de los ganadores, las lamentaciones de los perdedores… Y aquí paz y después gloria.
Un fuerte abrazo.
 Robert 



15 abril 2019

Amigo imaginario:

Todos los medios se hicieron eco del suceso, vídeos incluidos. El pasado día 3 de este mes de abril, Ángel Hernández, de Madrid, ayudó a morir a su esposa, María José Carrasco, enferma de esclerosis múltiple desde hacía 30 años.

La tarde de ese mismo día, Ángel le relató a la policía lo que había sucedido y puso a su disposición los vídeos que había grabado, incluido el último, en los que quedaba patente el expreso deseo de su esposa de que la ayudara a suicidarse.

Se lo había pedido en muchas ocasiones. Incluso, tiempo atrás, a través de Internet, ella había adquirido el producto que, finalmente, ayudada por su marido, acabó con su sufrimiento y con su vida.

Su marido —también, en cierto modo, víctima en esta historia— siempre le decía que debían esperar a que se legalizara la eutanasia. Pero María José, cuyo deterioro físico era más evidente cada día, unido al calvario que durante tantos años venía soportando, le suplicó que no prolongara más su sufrimiento.

Es el primer caso de un familiar que hace pública la asistencia al suicidio. Ahora, como no podía ser de otra forma, Ángel Hernández se enfrenta a un proceso judicial. El delito que se le imputa: «auxilio o cooperación al suicidio», contempla penas que van desde los dos hasta los diez años de prisión. No obstante, al haber actuado por «petición expresa, seria e inequívoca» de la víctima, podría ver rebajada la condena al tratarse de una enfermedad grave, irreversible, con dolores permanentes y difíciles de soportar, que la conducirían, irremisiblemente, a la muerte.

Ahora, la Justicia tiene la última palabra. En cualquier caso, 30 años de sufrimiento permanente, sin ninguna perspectiva de curación, es mucho tiempo. Naturalmente, los moralistas de turno y —¡cómo no!— la Jerarquía Eclesiástica, que ensalzan el sufrimiento —¡maldita sea!—, se oponen frontalmente a una posible legalización de la eutanasia. En mi opinión, a ningún ser humano se le puede negar el derecho a una muerte digna, cuando la enfermedad, el desconsuelo y la degradación física son irreversibles.

Este caso me trae a la memoria el de Ramón Sampedro Cameán, vecino de Porto do Son (A Coruña). Él quería conocer mundo, y con 18 años se enroló en la Marina Mercante. Con 25 años sufrió un accidente en la playa de As Furnas, en su pueblo natal, que lo dejó tetrapléjico y condenado a permanecer postrado en una cama el resto de su vida. Fue el primer ciudadano en pedir en España el suicidio asistido. Así se convirtió en un icono de la lucha por la eutanasia.

Tras varios años de lucha infructuosa en los juzgados, en demanda del suicidio asistido y que quien lo auxiliase no se enfrentara a un delito, el 12 de enero de 1998, a la edad de 55 años, con la ayuda de su compañera sentimental, puso fin a su vida.

En 2004, Alejandro Amenábar llevó al cine la historia de Ramón con la película «Mar Adentro», protagonizada magistralmente por Javier Bardém, que daba vida a Ramón Sampedro. La película, con gran éxito de crítica y público, recibió varios premios, entre ellos el Oscar a la mejor película extranjera y 14 premios Goya.

Transcurrieron 21 años desde la muerte de Ramón Sampedro, y no hemos avanzado nada en la legalización de la eutanasia.

Querido amigo, en la tarde de hoy, cuando escuchaba la radio, interrumpieron la emisión para dar la noticia: la catedral de Notre Dame de París sufrió un aparatoso incendio. El alcance de los daños, que se presumen importantes, todavía se desconoce. Los franceses, en general, y los parisinos, en particular, están desolados, como no podía ser de otra forma.

La catedral, de estilo gótico francés, declarada Patrimonio de la Humanidad desde 1991, tiene más de 850 años de existencia (se inició en 1163 y se concluyó en 1240). La estructura de la cubierta y la simbólica aguja —que era una recreación decimonónica de la retirada en 1786 —, se desmoronaron.

Ahora, además de investigar las probables causas del incendio, urge la reconstrucción de las partes dañadas. No resultará fácil. Transcurrirán varios años. Y hará falta mucho —muchísimo— dinero para acometer su restauración. Pero el ofrecimiento de donativos millonarios ya ha comenzado.

Es curioso como los poseedores de las grandes fortunas, ante un acontecimiento de estas características, en un gesto supuestamente altruista —desconozco los más que probables beneficios fiscales—, se desprenden de cantidades astronómicas sin que nadie se lo pida. Me sorprendió la inmediatez del ofrecimiento. Sin embargo —sin pretender hacer comparaciones odiosas, ni mezclar «churras» con «merinas», porque en estas cuestiones hemos de ser muy prudentes— cuando se trata de rescatar de una muerte segura a víctimas inocentes del hambre y del horror de los conflictos bélicos, miran hacia otro lado, aplicando la máxima de ver, oír y callar.

Al margen de especulaciones crematísticas, no quisiera concluir esta carta, amigo mío, sin expresar mi profunda admiración por las edificaciones religiosas: catedrales, basílicas, monasterios... Templos emblemáticos, que, después de varios siglos, todavía continúan en pie.

Siempre me he preguntado cómo, a pesar de la precariedad de medios, han sido capaces de diseñar y, sobre todo, construir estos majestuosos lugares de culto religioso. ¡Qué asombroso conocimiento de la geometría y de las técnicas constructivas! Bóvedas y cúpulas de vértigo, elevadas hasta el infinito, contrafuertes, arbotantes, vitrales y rosetones (la estética de la luz como representación de la belleza divina). Arquivoltas, pórticos y claustros magníficos. Tímpanos y frontones con descriptivos conjuntos escultóricos de gran belleza… ¡Todo un alarde de arte y conocimiento!

Y esto es todo por hoy, paciente amigo. ¡Hasta la próxima!

Un fuerte abrazo.
    Robert 





14 junio 2019

Amigo imaginario:
Apagados los ecos de las Elecciones Generales (28 abril), Autonómicas y Municipales (26 mayo), ahora llegó el momento de los pactos —formar coaliciones— para poder gobernar en el país, en las comunidades y en los ayuntamientos. La historia se repite, invariablemente, cada cuatro años.
El Partido Socialista ha sido el claro ganador en todas las comunidades, excepto en el País Vasco y Cataluña. Por su parte, el Partido Popular ha sufrido la mayor derrota de su historia en todo el país. Y en Galicia, por primera vez en 40 años, ha perdido la hegemonía.
Pablo Casado (PP) y Albert Rivera (Cs), manifiestan que no facilitarán la investidura de Pedro Sánchez. Sin embargo, como viene siendo habitual, hoy dicen una cosa y mañana la contraria —donde dije digo, digo Diego—, en un alarde de incoherencia manifiesta. Es algo a lo que, para bien o para mal, ya estamos acostumbrados. Porque, lamentablemente, siempre prevalece el interés personal y partidista sobre el interés general del país y de los ciudadanos. Lo que, en cierto modo, viene siendo la tónica de los últimos tiempos, su seña de identidad. Y nosotros seguimos tropezando en la misma piedra.
Los políticos no dejan de sorprendernos. Ahora, Pedro Sánchez, presidente en funciones del Gobierno de España, propone un «Gobierno de Cooperación» con Unidas Podemos. ¿Esto qué es?  Por más que se esfuercen —y lo han intentado en rueda de prensa—, no consiguen dar una explicación clara y convincente. Y recurren a circunloquios y subterfugios, tratando de explicar lo inexplicable. Son las consecuencias de utilizar eufemismos, en lugar de palabras sencillas que todos podamos entender.
En los próximos días, espero que tengamos  claro quién pacta con quién para facilitar la gobernabilidad del Estado, de las Comunidades Autónomas, de las Diputaciones y de los Ayuntamientos. Y luego, que Dios reparta suerte.
El pasado día 12 de este mes de junio, después de cuatro meses de sesiones (52 sesiones en total), el Tribunal Supremo dejó visto para sentencia el juicio del Procés, en el que han sido juzgados 12  de sus cabecillas. La sentencia, según he podido leer en varios diarios, probablemente no se dará a conocer hasta después del verano.
Visto lo visto —y lo que, sin duda, todavía queda por ver— he llegado a la conclusión de que los políticos independentistas catalanes necesitan someterse a una urgente cura de humildad. Lástima que no haya «balnearios» para tratar esa «dolencia».
Amigo mío, estoy tan desencantado de la política, de los políticos y de la madre que los parió, que he decidido dejar de comentarte, salvo cuestiones de cierta notabilidad, los devaneos de esa ciencia infusa, difusa y confusa, para orientar mis inquietudes seudointelectuales hacia otros ámbitos de la actualidad. No obstante, reconozco que no podré obviar aquellos acontecimientos que, por su relevancia político-social, merezcan ser comentados.
Un fuerte abrazo.
   Robert 



30 junio 2019

Amigo imaginario:

Hoy, respetando lo que te decía en mi carta anterior, no te comentaré nada de lo que se «cuece» en el revuelto y crispado panorama político de este país, en el que, por cierto, finalizado el mes de junio, todavía seguimos con un Gobierno en funciones.

Por ello, cambiando de registro, esta carta tendrá un marcado carácter cinematográfico, debido a que, el pasado día 11 de este mes de junio, se cumplieron 40 años del fallecimiento (11 junio 1979) del actor estadounidense, John Wayne.

Este aniversario me retrotrae a la niñez y adolescencia (final de los años 40 y principio de los 50, del siglo pasado), en que mi abuelo materno me llevaba al cine a ver «películas de vaqueros» —también las llamábamos «películas del Oeste»—, que eran nuestras favoritas. Y si el protagonista era John Wayne, el éxito estaba asegurado.

Había nacido en Winterset, Iowa, Estados Unidos, el 26 de mayo de 1907, y su nombre real era Marion Michael Morrison. Aunque, siguiendo la recomendación de John Ford, director cinematográfico que le consiguió su primer papel protagonista, acabó llamándose, definitivamente, John Wayne.

Sin duda, es uno de los grandes iconos de la historia del cine, ídolo de varias generaciones, que tuvo una gran relevancia en el género Western, aunque también encarnó personajes en comedia romántica, aventuras, hazañas bélicas… John Wayne tenía una gran presencia (1,93 m. de estatura), y su particular manera de moverse, de montar a caballo y de manejar el «Winchester», marcaba la diferencia.

Es cierto, sin embargo, que las primeras películas en las que intervino estaban catalogadas de serie B, aunque, en mi niñez y adolescencia, no tenía ni la más remota idea de que existiera esta catalogación. Yo iba al cine con la única intención de pasar un rato agradable. Y las películas, o me gustaban o me aburrían. Eso es todo. Tal vez porque, en aquella época de mi vida, carecía del necesario sentido crítico cinematográfico.

Ahora bien. No puedo negar que gran parte de las películas del Oeste, de las que se rodaron «cantidades industriales», son absolutamente prescindibles, por infumables. Así hoy, después de tantos años, al ver en la televisión la reposición de algunas de aquellas «vaqueradas», puedo apreciar la mediocridad de los argumentos. No obstante, reconozco que muchas de aquellas películas, como también ocurre en la actualidad, fueron rodadas con precarios recursos. Por lo que esa puede ser la causa, aunque no la única, de su nefasto resultado.

En cualquier caso, amigo mío, siendo John Wayne el protagonista absoluto de esta carta, no quiero terminar sin recordar algunas de las películas que considero más representativas de este emblemático actor estadounidense: La Diligencia (1939), Fort Apache (1948), El hombre tranquilo (1952), Centauros del desierto (1956), Río Bravo (1959), El hombre que mató a Liberty Balance (1962), La conquista del Oeste (1962), El día más largo (1962), La taberna del irlandés (1963), El Dorado (1966)…

Siempre recordaremos al irrepetible John Wayne, como uno de los grandes mitos del Western. In memoriam.

Un fuerte abrazo.

Robert 



26 julio 2019

Amigo imaginario:
Han transcurrido tres meses desde las elecciones generales. Y ayer, por segunda vez, el pleno del Congreso ha vuelto a rechazar (124 votos a favor, 155 en contra y 67 abstenciones) la investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno.
Tras este segundo intento fallido —el primero fue en el 2016—, habrá que esperar al 23 de septiembre. Y si se vuelve a frustrar, que es lo más probable, tendremos nuevas elecciones generales el 10 de noviembre. Conclusión: nuestros políticos han suspendido y tienen que volver en septiembre. Esperemos que, por el bien común, no tengan que repetir «curso».
Después de la pequeña pincelada sobre la actualidad política en nuestro país —¡Puf!—, quiero comentarte un asunto que me sorprendió muy agradablemente.
El pasado día 19 de este mes de julio, La Voz de Galicia publicaba un artículo de opinión, Reflexiones docentes de un padrino agradecido, que he leído con muchísimo interés. Lo firmaba Jaime Gómez Márquez, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Santiago de Compostela, elegido por los estudiantes para apadrinar una promoción de nuevos graduados.
En el citado artículo, el profesor Gómez Márquez reivindica el valor de la docencia en todos los niveles educativos y la importancia de enseñar, amén de la dificultad que representa conseguir que los estudiantes aprendan disfrutando de la asignatura. Esto último, puntualiza el profesor, es debido a dos razones fundamentales y no excluyentes: a) porque el profesor no esté a la altura de su responsabilidad docente, y b) porque la motivación de los estudiantes sea escasa. En este sentido, le parece lamentable que haya profesores que vayan a dar clase con desinterés, que no preparen sus clases como es debido y que no traten a sus alumnos con el respeto y la atención que se merecen.
Al leer aquel artículo, me vino a la memoria, como el destello de un flash, la experiencia vivida en el aula de tercer grado de Enseñanza Primaria, en la que la relación con uno de los maestros fue de permanente desasosiego.
Su comunicación con los alumnos nunca fue amable, y el temor al castigo físico «flotaba» en el enrarecido ambiente del aula. Su talante de prepotencia nos intimidaba. Y su particular «pedagogía» se fundamentaba en el refrán: La letra con sangre entra.
Es cierto, qué duda cabe, que los alumnos han de ser respetuosos con su maestro, pero no lo es menos que los alumnos también merecen ser respetados. Porque, como tú sabes, amigo mío, el respeto no se impone a base de palizas. Se gana motivando a los alumnos. De lo contrario, el aparente «respeto» al docente no es más que una evidente manifestación de miedo.  
Hace algo más de tres años (21 febrero 2016), escribí un relato titulado: ¡Cómo pasa el tiempo!, en el que, entre otras vivencias personales, hacía referencia a mis primeros años de colegio.
A continuación reproduzco el citado relato:
«Recuerdo aquellos primeros años del colegio, en Enseñanza Primaria, en los que la «pedagogía» de la bofetada, de la letra con sangre entra, de rodillas con los brazos en cruz... estaba muy arraigada en los centros educativos. Mi andadura escolar se inició en un parvulario no reglado, y de allí pasé a un Colegio Público. En este centro educativo tuve dos maestros, cuyos métodos de enseñanza eran diametralmente opuestos. Por razones obvias, preservaré la identidad de ambos con los nombres ficticios de don Fermín y don Anselmo.
Don Fermín, que únicamente me dio clase durante un curso —¡menos mal!—, cuando yo tenía 9 años, aplicaba un particular y «pedagógico» método de enseñanza. Si no sabíamos una lección, de un par de guantazos no nos libraba ni el sursuncorda. Pero si no conseguíamos resolver un problema de aritmética, el castigo, individual o colectivo, consistía en golpear reiteradamente los glúteos del alumno con una caña de bambú de tres nudos, algo más de dos palmos de longitud y unos dos centímetros de diámetro. El entusiasmo (ensañamiento) con el que propinaba aquellos golpes, hacía que algunos de ellos se  desviaran, incontrolados, a la región sacra (rabadilla), produciendo, además de un dolor insoportable, unas heridas que semejaban latigazos. ¡Y eso que llevábamos los pantalones puestos! Lo que evidenciaba la violencia con la que infligía aquel brutal castigo.
Cuando toda la clase —alrededor de 30 alumnos— era «merecedora» de tal correctivo, sobrecogía vernos en fila, presenciando el lamentable espectáculo de golpes y gritos de dolor, lágrimas incluidas, esperando, estremecidos, que a cada uno le llegara su turno... Sorprendentemente, después de recibir aquella paliza de «padre y muy señor mío», continuábamos sin saber cómo se resolvía aquel puñetero problema. Y así sucesivamente.
Ciertamente, en aquella época (años 50  del siglo pasado) —que, en ese aspecto, poco se diferenciaba de la de nuestros padres—, los castigos físicos en los colegios e institutos —salvo honrosas, aunque escasas, excepciones—, de alguna manera, estaban «institucionalizados», como «norma general», e incomprensiblemente aceptados por gran parte de la sociedad.      
Han transcurrido más de 60 años desde entonces, y la distancia temporal, como no podía ser de otra forma, ha conseguido que aquellas, otrora, amargas vivencias se fueran diluyendo y transmutando en anecdóticos, aunque desagradables, recuerdos. Quiero pensar, sin embargo —y desearía estar en lo cierto—, que mi generación fue la última que padeció aquellos injustos e irracionales castigos. Pero, como somos una sociedad de extremos, en la que el término medio, el equilibrio, no suele ser un factor predominante, se cambiaron las tornas: hoy, en gran medida, los profesores perdieron su autoridad, y son los alumnos  —¡quién lo iba a decir!— quienes «maltratan» a los profesores. En definitiva, la ponderación, como sinónimo de estabilidad, tanto en la enseñanza como en otros ámbitos de la sociedad actual, está perdiendo su esencia y su significado. ¡Qué lástima!
Don Anselmo —con el que estuve tres cursos completos—, del que sus ex alumnos guardamos el mejor de los recuerdos, era un hombre íntegro, vocacional, que hizo del Magisterio su razón de ser y de sentir. Un educador en toda la extensión de la palabra. Su método de enseñanza nada tenía que ver con el del otro maestro. Es cierto que, como era costumbre en el ámbito escolar de la época, alguna vez también nos castigaba (bofetadas o de rodillas), pero únicamente si nuestro comportamiento significaba una falta de respeto hacia él, desobediencia, o derivaba en burla hacia algún compañero de clase. Pero, en honor a la verdad, no era proclive al castigo físico. Si no sabíamos una lección, el castigo consistía en quedarse una hora más, por la tarde, estudiando. Pero si no conseguíamos resolver un problema aritmético, nos hacía salir al encerado para que, con sus didácticas, razonadas e instructivas explicaciones, analizáramos y comprendiéramos el enunciado. Y así, paso a paso, lográramos llegar a la solución definitiva. Era un consumado pedagogo. In memoriam».
Hace un par de días, la casualidad hizo que me encontrara, después de muchos años, con un antiguo compañero de aquel Colegio Público. Y, tras saludarnos con un apretón de manos, sorprendentemente, esto fue lo primero que me dijo: «¿Recuerdas las palizas que propinaba don Fermín con aquella caña de bambú?». Y, a continuación, profirió un calificativo que no me atrevo a reproducir…
Aquel reencuentro inesperado, acaecido unos días después de haber leído el artículo del profesor universitario, propició la escritura de esta carta.
Concluyo, querido amigo imaginario, aseverando que la docencia es una disciplina vocacional. Por ello, es condición sine qua non que el docente tenga vocación de instruir. No basta con poseer conocimientos. También es necesario saber transmitirlos con pasión, motivando a los alumnos.
Y esto es todo por hoy. Disfruta del verano, con moderación y responsabilidad.
Un fuerte abrazo.
    Robert 



22 agosto 2019

Amigo imaginario:
Existen comportamientos políticos que desbordan la comprensión de los ciudadanos de a pie. El buque  Open Arms, que pertenece a la ONG española Proactiva Open Arms, dedicada al rescate en el mar, permaneció fondeado 19 días, frente a la isla italiana de Lampedusa, con más de un centenar de migrantes a bordo, a la espera de que las autoridades italianas autorizaran su desembarque.
Es cierto que en algunos medios se cuestiona la labor humanitaria de la citada ONG. No estoy en condiciones de asegurar o desmentir esas informaciones. Porque, como tú sabes, no todo es blanco o negro. Siempre hay, entre ambos, una amplia gama de tonos grises. En cualquier caso, hombres, mujeres y niños, víctimas de las mafias organizadas, migrantes que huyen de las guerras, de las persecuciones y de la miseria, que arriesgan sus vidas a bordo de frágiles embarcaciones —verdaderos «ataúdes flotantes»—, tienen todo el derecho a ser rescatados de una muerte segura en el Mediterráneo. Ese mar que, ajeno a los conflictos bélicos y oscuros intereses políticos, se ha convertido en una olvidada «fosa común».
Esto me trae a la memoria una frase lapidaria —recuerdo del Servicio Militar Obligatorio en la Armada Española—, cuya vigencia no tiene fecha de caducidad, que dice así: «En la tumba del marino no florecen las rosas».
A la vista del episodio que he descrito —también el buque Ocean Viking (Médicos sin Fronteras y SOS Mediterranée), con 356 migrantes a bordo, lleva doce días a la espera de un puerto seguro—, el Consejo de Europa ha de asumir que es absolutamente imprescindible —¡muy urgente!— elaborar un protocolo de actuación en el que se establezca claramente qué países miembros, con costa marítima, han de facilitar puertos seguros a los buques de ayuda humanitaria y de rescate, en función de la cercanía, teniendo en cuenta que el interés humanitario —¡siempre!— ha de prevalecer sobre el interés político.
Estos lamentables e indignantes episodios migratorios, evidencian la inestabilidad de los países de origen, inmersos en absurdos e interminables conflictos territoriales. Mientras tanto, sus gobernantes, inmorales y corruptos hasta la médula, amasan fortunas indecentes. Así las cosas, amigo mío, la empobrecida población, cada vez más asfixiada, desesperada y sumida en la más absoluta miseria, ve en la emigración la única salida.
Un fuerte abrazo.
  Robert 



15 septiembre 2019

Amigo imaginario:
Mi carta del 14 de junio, finalizaba diciendo: «…estoy tan desencantado de la política, de los políticos y de la madre que los parió, que he decidido dejar de comentarte, salvo cuestiones de cierta notabilidad, los devaneos de esa ciencia infusa, difusa y confusa…»
 Pues bien, querido amigo, hay cuestiones en el panorama político actual que, como ciudadano, me preocupan especialmente.
La terquedad de Pedro Sánchez frente a las pretensiones de Pablo Iglesias, se ha convertido en un bucle sin fin. Ignoro si están «mareando la perdiz» o «jugando al gato y al ratón». También puede ser que se estén divirtiendo con el «juego de la oca», ahora tiro yo porque me toca. Lo que sí está claro es que este «duelo de egos»,   —que nada tiene que ver con «Duelo de titanes»—, tiene paralizada la gobernabilidad de España. Las negociaciones —¡el regateo!— se encuentran en un impasse, ante la negativa de ambas partes a ceder en sus propuestas. Y todo parece indicar que esta situación, claramente insostenible, nos puede abocar —¡maldita sea!— a unas nuevas elecciones generales.
He de confesarte, sin embargo, amigo mío, que siempre desconfié de los gobiernos bicéfalos. En consecuencia, llegado el caso, los líderes políticos no deben ignorar que la bicefalia requiere unos comportamientos y unas realidades que eviten posibles consecuencias indeseadas. Todo es cuestión de aunar voluntades, olvidándose de personalismos, por una causa común, teniendo absolutamente claro quién ha de asumir el rol de «director de orquesta» y quién el de «concertino». De lo contrario, el fracaso puede ser estrepitoso.
Es cierto, no voy a negarlo, que en algunos ayuntamientos —el de Pontevedra (BNG-PSOE) es un buen ejemplo— la bicefalia está dando razonables resultados. Sin embargo, puede ser la excepción de la regla. Pues recuerdo que el gobierno bicéfalo de la Xunta de Galicia  —(PSOE-BNG), entre 2005 y 2009— no fue, precisamente, un camino de rosas. Por ello, mi desconfianza —¿patológica?, tal vez— es superlativa.
Es más que probable que yo esté equivocado —¡Ojalá!—, porque esta situación me desconcierta y me supera. Pero, en un alarde de inconsciente osadía por mi parte, sospecho que se podría estar gestando un «monstruo de dos cabezas».

Un fuerte abrazo. 

 Robert 



24 octubre 2019
Amigo imaginario:

Hoy, 44 años después, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, preservar la salud democrática y, muy especialmente, dignificar a las víctimas, en el Valle de los Caídos —mausoleo que el dictador mandó construir para perpetuarse en la historia de este país— se han exhumado los restos del autoproclamado «Caudillo de España por la Gracia de Dios», Francisco Franco Bahamonde. Posteriormente, un helicóptero del Ejército del Aire los trasladó al cementerio de El Pardo-Mingorrubio, donde se procedió a su reinhumación en el panteón familiar en el que también reposan los restos de su esposa, Carmen Polo y Martínez Valdés, cerrándose así un capítulo muy significativo de nuestra historia reciente.

A partir de ahora, amigo mío, el Valle de los Caídos podría convertirse en el Memorial de la Guerra Civil Española, como homenaje a —¡todas!— las víctimas de la sinrazón, que ayudara a entender mejor el pasado, a valorar mejor el presente y a reconciliarse, definitivamente, con su historia.

Otra cuestión que, lamentablemente, sigue estando de actualidad, es el conflicto secesionista catalán. Porque, obcecados, erre que erre, continúan instalados en la utopía de declarar una República de Cataluña, ya que no se consideran españoles.

Los disturbios contra la sentencia del Tribunal Supremo, que condenó por sedición a los líderes políticos catalanes del procés, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo, se han saldado con varios policías y manifestantes heridos —algunos de gravedad—, y las calles de Barcelona convertidas en escombreras, con vehículos y mobiliario urbano calcinados, como resultado de las vergonzosas «batallas campales» protagonizadas por manifestantes independentistas. También por elementos radicales. Porque en estas «movidas», siempre hay quien se apunta a un «bombardeo». De todos modos, espero que algún día sepamos quién está detrás de todo este alboroto que, sospecho, únicamente buscaba dañar la convivencia y lograr oscuros réditos políticos.

Sobre este asunto de Cataluña, que me supera y me desborda, he escrito abundantemente. Y, de momento, ya no tengo más que añadir. Por ello, para ilustrar mejor el origen de todo lo acontecido, transcribo un artículo de Luis Pousa (La Voz de Galicia, 19.10.2019), titulado ‘Y ahora nos roban las huelgas’:

«He comentado en alguna ocasión, que lo que sucede en Cataluña es lo que el sabio Chesterton bautizó como la rebelión de los ricos. Los jóvenes que esta semana han prendido alegremente fuego a coches y contenedores de basura mientras se sacaban selfis con sus móviles de mil euros, como si estuviesen inventando el turismo de barricada, no son precisamente los hijos de las clases obreras asfixiadas económicamente por la crisis y el austericidio. Son los retoños de la «pijoburguesía», los cachorros de esas élites sociales, económicas y políticas de Cataluña que en Madrid siempre han votado lo que mandaban los propietarios, y que ahora han decidido que quieren independizarse de los pobres, de los inmigrantes, de esa gente humilde que rompe la estética del paseo de Gracia pidiendo limosna a las puertas de sus boutiques.

Por eso, como establece desde hace siglos la distribución de la carga laboral, después de cada noche de disturbios, los señoritos se largan tranquilamente a dormir mientras los bomberos, los camareros y los operarios de limpieza se dedican en silencio a apagar las piras y a recoger los restos de la batalla. Todo muy revolucionario. Todo por el pueblo.

Porque si algo tienen claro los supremacistas es que no todos somos iguales. Y ayer redoblaron su apuesta tratando de robar a los trabajadores el último recurso que les queda después de que la reforma laboral de Rajoy (con el voto a favor de CiU) les haya dejado a los pies de los caballos: la huelga. Lo de Cataluña no ha sido una huelga general. Ha sido un paro alentado por las clases más acomodadas y excluyentes de la alta burguesía barcelonesa para protestar contra la sentencia de un tribunal que ha enviado a la cárcel a nueve de los suyos. Los propios convocantes —dos sindicatos independentistas minoritarios— reconocen que, para sacar adelante la convocatoria, han tenido que disimular buscando como excusa la petición de un salario mínimo de 1.200 euros. Una pura formalidad. O una burla a quien subsiste con mucho menos, según se mire. Porque la única razón del paro ha sido echar un pulso al Estado para que claudique y abra las puertas de Lledoners.

El lema oficial de la huelga ha sido «Por los derechos y las libertades». Es un decir. Esto no tiene nada que ver con los derechos laborales. Ni con el movimiento obrero. Tal vez sí con la lucha de clases. Pero no en el orden convencional. En este caso, como anticipó Chesterton, son los ricos los que se rebelan contra los pobres. Son los pájaros los que, en un acceso de locura, se arrojan contra las escopetas y, ya puestos, incluso suben por el interior de los cañones hasta estamparse con el percutor. ¿Qué dirían ahora los heroicos anarquistas de La Canadiense, que hace cien años fueron a la huelga para arrancar a los patronos catalanes la jornada de ocho horas, si viesen a los bisnietos de aquellos mismos empresarios jugando a las revoluciones?»

Como ves, querido amigo, el articulista pone el dedo en la llaga. Dice verdades como puños. Y pone a cada uno en su sitio. Ya me gustaría a mí tener la capacidad periodística de Luis Pousa, y poder escribir un artículo como ese: brillante, valiente, con conocimiento de causa, y poniendo los puntos sobre las íes.

El próximo día 10 de noviembre, después de haber transcurrido seis meses desde las últimas elecciones generales, estamos convocados a votar nuevamente. Aunque considero que la apatía será la tónica general. Porque el actual panorama político es muy desconcertante. Y oír las propuestas de los candidatos, fundamentadas en descalificar a sus adversarios, es de lo más decepcionante. Por ello, paciente amigo imaginario, la alargada sombra de la abstención puede oscurecer el resultado de unas elecciones a las que los ciudadanos acudiremos sin entusiasmo. Y, también, con incertidumbre.

Un fuerte abrazo.

Robert 


20 diciembre 2019

Amigo imaginario:

Como te decía en mi carta anterior (24.10.2019), el pasado día 10 de noviembre se celebraron nuevas elecciones generales. El resultado, como era de esperar, no arrojó ninguna luz sobre el oscuro panorama político de nuestro país.

El Partido Socialista, con Pedro Sánchez todavía como presidente en funciones, no ha obtenido los escaños necesarios para tener una mayoría que le permita gobernar con relativa tranquilidad. Por ello, como primer paso para lograr afianzarse en la presidencia del Gobierno, ha pactado con Pablo Iglesias (Unidas Podemos), al que le ofreció la vicepresidencia. Pero todavía necesita encontrar los apoyos que le permitan ser investido como presidente del Gobierno de España. A tal efecto, necesita negociar, urgentemente, con otras formaciones de dudosa fiabilidad, que exigirán a cambio unas contraprestaciones no siempre asumibles.

Todos esos movimientos «sísmicos», aliándose con extraños y poco recomendables compañeros de viaje —o de cama—, evidencian que siempre prevalece la ambición de mantenerse en el poder, sobre la necesidad real de formar un Gobierno estable y duradero que saque al país de la encrucijada en que se encuentra. Aunque, de momento, las negociaciones no parece que vayan por buen camino. Y, debido a los desencuentros —tira y afloja— entre el Partido Socialista y Esquerra Republicana de Cataluña (formación de ideología independentista), me temo que la cosa va para largo. Habrá que seguir esperando. De todos modos, amigo mío, tal y como está el panorama, ya nadie descarta una nueva convocatoria de elecciones generales. Lo que evidenciaría un estrepitoso fracaso político. O lo que en mi tierra se conoce como una «coña marinera».

Por otra parte, Albert Rivera (Ciudadanos), debido al estrepitoso fracaso en las últimas elecciones (10N), ha decidido retirarse definitivamente de la política. Dimite, no sólo como líder de aquella formación, sino que también renuncia a su acta de diputado, que le aseguraría un salario nada desdeñable. Y eso, a mi modo de ver, es un gesto que le honra.

Así están las cosas, y así te las he contado. Ahora, querido amigo imaginario, llegan las Navidades. Y este año, que ha pasado con más pena que gloria, llega a su fin. Esperemos que el próximo, que ya será el 2020, tengamos nuevo Gobierno. Mientras tanto, te deseo unas muy Felices Navidades, y que el nuevo año llegue con la mochila repleta de sensatez, tolerancia y voluntad de entendimiento.

Un fortísimo y navideño abrazo.
           Robert 
           

































5 comentarios:

  1. No pongo ni quito rey...pero ayudo a mi señor... Casi estoy de acuerdo, pero dame una alternativa mejor. Si la encuentras ¡AMIGOS PARA SIEMPRE! UN ABRAZO

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    1. Lamentablemente, amiga mía, tampoco yo encuentro alternativa válida. Ninguna formación política de las que «pululan» por nuestro suelo patrio, me representa. Un abrazo.

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  2. Me gustaría saber dónde está el centro...yo no lo encuentro. A mí también me gusta. Un abrazo.

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    1. El concepto «centro», como tú sabes, Marité, es una ideología —tal vez una utopía— que algunos, acertada o equivocadamente, consideramos estabilizadora. Un abrazo.

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  3. Me gustaría "que mis ideas" fueran de centro. Pero cuando escucho a los políticos, ya no lo entiendo. Me gustan cosas de todos...SUELTAS. Un cóctel bien batido y mezclado. Mis hijos me han demostrado que no hemos influido nada en ellos, con nuestro trabajo de educadores. Salió bien, por "casualidad", Cada uno de su padre y de su madre. En casa nunca se habló de política. En mi casa, tenían sus ideas. Mi padre fue a la guerra con los nacionales simplemente porque le tocó, no quiso estar en el frente con armas y le dejaron ser sanitario. Mi abuelo fue concejal en RIBADAVIA y al mes dimitió. Segunda Republica y uno de sus compañeros lo denunciaron después. No entiendo nada...La vida Militar me enseñó mucho. Como diría mi abuelo, ¡que Dios nos coja confesados! Un abrazo

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