jueves, 11 de agosto de 2016

Solución salomónica





Por Robert Newport
10 agostp 2016

A la vista de la actitud de los líderes de las cuatro formaciones políticas más representativas de este país, instalados en un bucle cansino y permanente, del que los ciudadanos estamos hasta el ‘moño’, convendrán conmigo en que, para no continuar rizando el rizo de la ambigüedad y la incertidumbre que nos puede llevar a unas terceras elecciones, sería muy saludable adoptar una solución cuasi salomónica: que el Partido Socialista -y jamás pensé que llegaría a decir esto-, facilitase la investidura de Mariano Rajoy, posicionándose como eficaz partido de la oposición. Esa experiencia, que considero indispensable, le reportaría a Pedro Sánchez el bagaje político del que carece actualmente, lo que en un futuro próximo le permitiría optar, con ciertas garantías, a la presidencia del Gobierno de España.

No sé cómo acabará este esperpéntico desaguisado. ¡No tengo ni puñetera idea! Pero, a corto plazo, la meteorología política no presenta un cariz bonancible. Más bien borrascoso, diría yo. Y por si no tuviéramos bastante con dos elecciones generales en seis meses   -¡y ya veremos...!-, el próximo 25 de septiembre -¡dale que dale al pandero!-, elecciones autonómicas en esta Galicia en la que, como decía Castelao, el pueblo sólo es soberano el día de las elecciones. Queda dicho.



 [Publicado en ‘La Voz de Galicia’ (12.08.2016) y en ‘Faro de Vigo’ (18.08.2016), en la sección 'Cartas al Director']

viernes, 5 de agosto de 2016

La pipa de la paz







Por Robert Newport
04 agosto 2016

Las negociaciones entre las dos fuerzas más representativas de nuestro panorama político no van por buen camino: Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, están siendo las piedras en el zapato de la pretendida -y tan necesaria- investidura, que evitaría el bochorno y la vergüenza de unas terceras elecciones.
Por una parte, Rajoy, que ve atónito como se tambalea el pedestal en el que lo encumbraron los votos del 26J, no consigue los apoyos necesarios para hacerse nuevamente con el poder. Por otra, Sánchez, permanentemente instalado en la arrogancia del 'no', se resiste a renunciar a su cuota de protagonismo.
Así las cosas, si no están dispuestos a enterrar el hacha de guerra, fumando una simbólica pipa de la paz, tal vez llegó el momento de sustituir a los actores principales de esta opereta política, cuya tediosa e insulsa interpretación ya no agrada a nadie. 
    

[Publicado en ‘Faro de Vigo’ (07.08.2016), en la sección 'Cartas al Director']



jueves, 14 de julio de 2016

Cuestión de equilibrio








Por Robert Newport
14 julio 2016

La ronda de contactos de Mariano Rajoy con los líderes de las formaciones más representativas, en un intento de lograr los apoyos necesarios para su investidura como presidente del Gobierno, hasta ahora no nos permite ser optimistas. No lo tiene fácil, ciertamente. Había que saber, sin embargo, si en esta vía de diálogo se planteó algún tipo de concesión por parte del señor Rajoy. En función de ello, del mismo modo que el equilibrio en los cuerpos sólidos, podemos llegar a tener un Gobierno estable, inestable o indiferente.

Un Gobierno estable, que es lo que deseamos los ciudadanos, y lo que necesita España, sería muy tranquilizador. Un Gobierno inestable, con los actores dispersos en sus cuitas y desvaríos, sería muy preocupante. Pero un Gobierno indiferente, en el que la desidia tuviera una presencia relevante, sería una buena razón para hacer la maleta e irse a vivir a una isla deshabitada, en la que uno pueda decidir si quiere llevar una vida estable: razonablemente ordenada; inestable: viviendo en permanente desorden; o indiferente: echándose directamente a la bartola. Y aquí paz y después gloria.

[Publicado en 'Faro de Vigo' (20.07.2016), en la sección 'Cartas al Director']

domingo, 3 de julio de 2016

¿Por qué ahora sí?






Por Robert Newport
01 julio 2016

Los resultados de las elecciones del 26J, como era previsible, indican claramente que es condición sine qua non, ahora más que nunca, que haya acuerdos responsables que garanticen la gobernabilidad. Me temo, sin embargo, que lograr los pactos necesarios no será tarea fácil. Si no consiguen ponerse de acuerdo, el actor principal del Partido Popular tendría que gobernar en minoría. Y ese sería un escenario poco deseable.

Es incuestionable que el PP ha sido el partido más votado. Ha ganado las elecciones, a pesar de la corrupción y de las maniobras conspirativas del ministro del Interior. Pero la situación es parecida a la de hace seis meses. La diferencia radica en que el señor Rajoy, con más escaños que en la anterior convocatoria, ahora sí está dispuesto a negociar con las distintas formaciones. ¿Por qué no lo hizo después del 20D, en lugar de instalarse en la estrategia del inmovilismo? ¿Por qué antepuso los intereses personales y partidistas al interés general? Hemos desperdiciado seis meses, y despilfarrado dinero público, inútilmente y sin justificación. Un comportamiento irresponsable. Tal vez, sin que tengamos conciencia de ello, continuemos siendo la España de charanga y pandereta que Antonio Machado describe de forma perfecta en su poema El mañana efímero. Quizá, quizá.

[Publicado en ‘La Voz de Galicia’ (03.07.2016), y en ‘Faro de Vigo’ (14.07.2016), en la sección 'Cartas al Director']

viernes, 24 de junio de 2016

Reflexionemos




Por Robert Newport
22 junio 2016

Seis meses después, nos encontramos a las puertas de unas nuevas elecciones generales. Y echando la vista atrás, los que tenemos cierta edad añoramos el espíritu de la Transición. Aquella recién estrenada democracia nos mostró cómo, paulatinamente, se iba diluyendo la pobreza extrema, y las clases medias adquirían su pequeña cuota de poder. Supimos cómo la redistribución de la riqueza era condición sine qua non para conseguir la paz social. Se abría ante nosotros una puerta a la esperanza, a la igualdad, a la prosperidad. Al fin, la sociedad empezaba a ser justa.
Pero llegó la crisis, y en su nombre se fueron al traste aquellos derechos conseguidos con tanto esfuerzo. He dicho derechos, no privilegios, que los recortes se encargaron de destruir. Eran necesarios, nos dijeron. Pero los poderosos continuaron disfrutando de sus privilegios: sueldos de escándalo, dietas, viajes en primera clase..., ajenos al crecimiento del paro y al empobrecimiento de los ciudadanos, despilfarrando dinero público en obras faraónicas tan innecesarias como inútiles, y permitiendo la corrupción -o formando parte de ella-, ¡maldita sea!, mirando hacia otro lado.
El próximo domingo, 26 de junio, nos asiste el derecho a ejercer nuestro voto. Porque, en democracia, votar es un derecho, no un privilegio ni una obligación. Reflexionemos, siendo consecuentes. Y, si así lo decidimos, votemos en conciencia.


[Publicado en 'La Voz de Galicia' (25.06.2016), en la sección 'Cartas al Director']


sábado, 11 de junio de 2016

Legalidad vs. Justicia











Por Robert Newport
10 junio 2016

Alejandro Fernández, un joven granadino de 24 años, sin antecedentes penales previos, ha ingresado en prisión por un delito cometido cuando tenía 18 años: con una tarjeta falsa -que no era una tarjeta Black- estafó casi 80 euros en un supermercado. No existió agresión, ni intimidación. Y por esta ‘escandalosa’ cifra, que equivale a la centésima parte de la indemnización que percibirán algunos diputados y senadores por su dudosa labor en una legislatura vergonzosa, lo condenan a cinco años de cárcel.

Hoy, Alejandro, con familia a su cargo y un trabajo estable, seis años después de aquel desafortunado episodio, está en prisión porque no pertenece a una familia de apellido ilustre, ni es un futbolista de élite. Por tanto, en mi opinión, este podría considerarse un caso de evidente agravio comparativo en toda regla. No dudo que esta condena se aplica conforme a la ley, pero la considero injusta. No dudo, en modo alguno, que todo delito merece un castigo, pero este se me antoja desproporcionado. En consecuencia, permítanme que sí dude, ¡y mucho!, de que la ley sea igual para todos. Porque, en pleno siglo XXI, en una sociedad presumiblemente moderna y progresista como la nuestra, resulta muy desalentador que continúe aplicándose la ‘ley del embudo’.



[Publicado en 'La Voz de Galicia' (13.06.2016), ‘XLSemanal’ (26.06.2016), en la sección 'Cartas al Director']
  

domingo, 1 de mayo de 2016

¿Y ahora qué?





Por Robert Newport
30 abril 2016

¡Lo han conseguido! Sí, señor. Han conseguido que el próximo 26 de junio se celebren nuevas elecciones generales. El expectante inmovilismo de Mariano Rajoy; el arrogante triunfalismo de Pedro Sánchez; los disparates y salidas de tono, amén de comportamientos inadecuados, embriagado de populismo, de Pablo Iglesias; y la sorprendente deriva de Albert Rivera -quiero pensar que en un honesto intento mediador-, con un insólito pacto PSOE-C’s, han sido los componentes que impidieron llevar a buen término la formación de un Gobierno tripartito estable. Hemos malgastado tiempo y dinero, irrecuperables. Hemos perdido prestigio político y dañado nuestra imagen, a nivel doméstico e internacional. Hemos iniciado, al límite de nuestras convicciones, una nueva travesía del desierto...

A la vista del actual panorama político, con unos nuevos comicios a dos meses vista, los ciudadanos hemos de ser consecuentes, analizando con serenidad el comportamiento de los actores en esta breve y esperpéntica legislatura, no dejándonos seducir por las quiméricas promesas de políticos sin escrúpulos. Y tengamos muy presente, con la prudencia que requiere esta aseveración, que siempre será mejor estar sin Gobierno que mal gobernados. Reflexionemos.


[Publicado en 'La Voz de Galicia' (01.05.2016), en la sección 'Cartas al Director']

jueves, 28 de abril de 2016

Atrapados en un bucle sin fin



Por Robert Newport
26 abril 2016

En las elecciones del pasado 20D, los ciudadanos dejaron claro que no quieren mayorías absolutas. Pero han transcurrido cuatro meses desde entonces, y continuamos con un Gobierno en funciones. El rey ha iniciado la tercera ronda de consultas en un nuevo intento de encontrar un firme candidato a la investidura. La opinión general, salvo sorpresas de última hora, que no es probable que las haya, es que estamos a las puertas de unas nuevas elecciones generales.

Es una evidencia incuestionable que, en las pasadas elecciones, el Partido Popular resultó ser la fuerza más votada. Sin embargo, Mariano Rajoy renunció a buscar los apoyos necesarios para ser investido como presidente del Gobierno, declinando el encargo del jefe del Estado. Esta actitud egocéntrica, arrogante y prepotente, más propia de un tahúr del Misisipi que de un político responsable, anteponiendo los intereses personales y partidistas al interés general del país -lo que algunos articulistas y analistas políticos calificaron de ‘jugada maestra’-, la considero nociva para España, y una absoluta falta de respeto a la ciudadanía, en general, y a sus votantes, en particular, entre los que no me encuentro, para bien o para mal.

En cuanto a los otros actores, que continúan enzarzados en sus, inútiles y prescindibles, cuitas y desvaríos, los resultados hablan por sí solos. Así las cosas, seguimos atrapados en un bucle sin fin.

                    
                                 [Publicado en 'Faro de Vigo' (27.04.2016), en la sección 'Cartas al Director'] 





martes, 12 de abril de 2016

Vivencias y sensaciones

Londres, octubre 1978
Westminster Bridge y el Big Ben 

Bruselas, febrero 1978
El Atomium

Amberes, febrero 1978
Casa Museo de Rubens



Kontich (Amberes), febrero 1978
En la finca familiar del empresario belga, Jean-Albert Moorkens (a mi derecha)
Por Robert Newport
07 abril 2016

Los recuerdos, sin los cuales nuestra vida estaría vacía, no se nutren únicamente de situaciones vividas en la niñez, en la juventud y en la madurez. Ni exclusivamente de personas y lugares. Los recuerdos siempre van acompañados de sutiles sensaciones que nos acarician todavía... 

PLAYA Y MAR
En la playa de La Concha, los pies desnudos sobre la arena húmeda recién bañada por el mar, en su movimiento de resaca, es una de las primeras sensaciones que recuerdo. Las pequeñas huellas que iban dejando mis pies de niño de 4 años, llamaban mi atención. Y no comprendía como podían desaparecer después de que el agua besara de nuevo la arena. Pero yo seguía intentándolo, una y otra vez, con la esperanza de que aquellas pequeñas olas no consiguieran borrarlas. Recuerdo como me estremecí la primera vez que el agua, en su avance sobre la arena, cubrió mis pies, y me retiré asustado. Pero volví a intentarlo, en un juego de avance y retroceso sin fin, hasta que aquellas caricias del mar me cautivaron... En aquella playa, en la que el ‘Gran Balneario de la Concha’ mostraba el ocaso de su esplendor, con la ayuda inicial de un salvavidas de tabletas rectangulares de corcho -adquirido en efectos navales ‘Casa Calicó’-, tras vencer el miedo a hundirme, aprendí a nadar.

Años más tarde, participé intensamente en los entrenamientos de natación en las ‘corchadas’ del muelle de pasajeros, y me bañé en el aledaño hoyo del muro de contención. Inolvidables jornadas estivales en las playas de Compostela, As Sinas, A Lanzada... Y la sublime sensación de libertad, enfundado en un traje de espuma de poliuretano -entonces todavía no se comercializaba el de neopreno-, aletas, gafas y respirador, sumergido en un mundo fascinante, silencioso y cromático, haciendo submarinismo en las, otrora, frías y transparentes aguas de las islas Malveiras. 

ATRACCIONES DE FERIA
Entre las variadas, aunque precarias, atracciones de feria de mi infancia -tiovivo, cadenas, coches eléctricos...-, recuerdo con especial cariño las ‘barcas’ y las ‘voladoras’. Las primeras, regentadas por doña Petra, se desplazaban en un movimiento pendular (similar al de un columpio), y podían llegar a describir en el aire un arco de 180º, lo que requería agarrarse fuertemente a las varillas de las que estaban suspendidas las ‘barquillas’. Aquel movimiento oscilante, cuya velocidad se incrementaba en función del impulso que el ocupante -u ocupantes-, puesto en pie, le imprimía con el cuerpo, o ayudándose de las cuerdas cruzadas de que disponía el artilugio, proporcionaba una gran sensación de dominio, de libertad... ¡De vértigo! Doña Petra, que era una mujer enjuta de avanzada edad, cansada de permanecer mucho tiempo de pie, se sentaba en una silla baja que siempre la acompañaba; y, a veces, se quedaba dormida (sospecho que, además del cansancio, aquel movimiento de las ‘barquillas’ producía en ella los mismos efectos que el péndulo de un hipnotizador), circunstancia que nos favorecía doblemente: se alargaba la duración del ‘viaje’, y nos permitía imprimir mayor impulso para elevarnos, cada vez más. Y las segundas, las voladoras, cuyas ‘barquillas’ rectangulares de asientos enfrentados oscilaban entre los extremos de dos brazos paralelos giratorios, en un movimiento circular vertical como el de una noria, eran impulsadas manualmente por el propietario, empujón a empujón. Cuando la barquilla iniciaba el ascenso, un escalofrío me recorría la columna vertebral, y tenía la sensación de que el estómago se comprimía. Pero en el descenso, sentía una punzada en la región púbica, y un espasmo en el tórax me ‘cortaba’ la respiración. Y así, una y otra vez, hasta que la atracción se detenía. Aquello era emocionante. Lo imaginaba como un despegue, vuelo y aterrizaje. Experimentaba la sensación de volar...

PESCA DEPORTIVA
Con mi primo Guillermo, uno de mis más queridos referentes familiares, tuve mis primeras experiencias como pescador de caña. Él me enseñó a colocar el plomo en el sedal, a empatar el anzuelo y a ensartar el cebo (miñoca). Pero, sobre todo, me enseñó a esperar pacientemente a que los peces picaran. Pescar el primer pez fue una sensación indescriptible. Enganchado en el anzuelo, aquel lorcho de boca enorme, que se agitaba frenético en un intento desesperado por recobrar su libertad, fue mi primer trofeo de pesca. Luego vendrían, también, robalizas, vellos, curubelos, pintos, maragotas, fanecas... ¡Y más lorchos!. También alguna anguila, viscosa y escurridiza. Hubo días decepcionantes, en los que no pescaba absolutamente nada. Otros, muy frustrantes, en los que el anzuelo quedaba enganchado en cualquier objeto -un trozo de cuerda, una madera, una piedra...-, y la línea (sedal) se rompía, yéndose al fondo, junto con el plomo y el anzuelo. Y, si aquel día no había llevado recambio, regresaba a casa, malhumorado, decidido a no volver a ir de pesca. A pesar de todo, aquella sensación de fracaso no impedía que volviera a coger la caña, una y otra vez, con la misma ilusión.

MONTAR EN BICICLETA
Aprender a manejar la bicicleta es otra de las experiencias que uno no olvida. Recuerdo como mi primo Guillermo -otra vez él- corría a mi lado, agarrando la parte inferior del sillín, mientras yo pedaleaba con torpeza tratando de mantener el equilibrio. Que sensación de triunfo cuando él se soltaba, dejándome solo, y yo conseguía pedalear y mantener el equilibrio durante unos segundos. Pero, sospechando que se había soltado, miraba hacia atrás, perdía el control de la bicicleta, y la caída era inevitable. Tras repetidos e incansables intentos -¡muchos!-, sin desfallecer, con sus correspondientes caídas sin consecuencias relevantes, conseguí -¡al fin!- dominar aquella máquina con razonable seguridad. Fue una de mis mejores experiencias. Algún tiempo más tarde, con 14 años, montado en aquella bicicleta tamaño ‘senior’, conocí O Grove, A Toxa, Sanxenxo y Caldas de Reis, cuando los topónimos oficiales de aquellas villas, todavía castellanizados, eran: El Grove, La Toja, Sangenjo y Caldas de Reyes.

TERAPIA ANTIESTRÉS
En mi primer viaje a Londres (1978), tuve la oportunidad de presenciar el ‘Cambio de Guardia’ en Buckingham Palace. Una vez concluido aquel espectáculo, agoté la mañana en St. James’s Park, que, por su proximidad al citado Palacio Real, es uno de los parques más cuidados de la ciudad, y visitado por millones de londinenses y turistas cada año. Con su lago artificial, y diferentes especies de flora y abundante fauna (patos, cisnes, gansos y pelícanos), es un lugar tranquilo, para relajarse. Un remanso de paz. Allí experimenté, por primera vez en mi vida, la gratificante y placentera sensación de pisar el césped con los pies descalzos. Aquel ‘masaje’ plantar, estimulante como una caricia, me preparó para una maratoniana reunión de trabajo que se inició a las cinco de la tarde y finalizó a la una y media de la madrugada. En el siguiente viaje (1979), esta vez en Leicester, en plena campiña inglesa, no pude resistir la tentación de repetir aquella ‘terapia’ antiestrés... Doce años más tarde (1990), gratamente sorprendido, pude revivir aquella sensación viendo como Julia Roberts y Richard Gere, en la película ‘Pretty Woman’, también en un parque, caminan descalzos sobre la hierba.

VIAJAR EN AVIÓN
Mi primer viaje en avión, un vuelo doméstico, Santiago-Madrid-Sevilla (27.10.1972),  con fuerte viento, lluvia y gran aparato eléctrico -¡una tormenta en toda regla!-, fue una experiencia inolvidable. En aquel ‘bautismo aéreo’, en una aeronave DC-9, experimenté tres sensaciones claramente diferenciadas. La primera, el vértigo del despegue, por la potencia de los motores, la velocidad y el ángulo de elevación. La segunda, el incesante movimiento del aparato durante el vuelo -incluida la continua vibración de las alas-, debido a la tormenta, a 9.000 metros de altitud y una velocidad de crucero de 900 Km/hora, según nos informó el comandante. Y la tercera, el inicio del descenso que finalizó con un suave aterrizaje. A aquel emocionante primer vuelo le sucedieron muchos más, domésticos e internacionales, en distintos modelos de avión: B-727, DC-9, DC-10, Súper DC-8, Tristar y Fokker F-27, en los que, dependiendo de las condiciones meteorológicas, experimenté distintas sensaciones -a la vez que grandes emociones-, en general muy gratificantes y enriquecedoras.

A pesar del tiempo transcurrido -casi 40 años-, permanece en mi memoria aquel vuelo en un B-727, Santiago-Madrid, en tránsito a Ámsterdam y Bruselas, en el que, por primera vez, me acompañaba el Director Técnico de la empresa (mi jefe inmediato), que pudo haber sido un definitivo vuelo sin retorno... Avistado el Aeropuerto de Barajas, y siguiendo el protocolo establecido, la voz de una azafata nos indica por megafonía: “Señores pasajeros, apaguen sus cigarrillos, abróchense los cinturones y mantengan el respaldo de su asiento en posición vertical”. Iniciada la maniobra de descenso, momento en que los pasajeros, correctamente sentados, apoyamos los pies con firmeza esperando el inminente aterrizaje. Inesperadamente, el avión se eleva de nuevo, con brusquedad, iniciando un giro a estribor. Desconcertados, nos preguntábamos a qué se debía aquella brusca maniobra. Pronto lo supimos. Los pasajeros que estábamos sentados en los asientos de ventanilla del costado de estribor, pudimos ver, con asombro, como otro avión despegaba en aquel momento. La inmediata reacción del comandante -sin duda, experimentado piloto- con aquella violenta, pero efectiva, maniobra de escape, evitó una catástrofe.

Después de aquella, digamos, incidencia, despegamos del Aeropuerto de Barajas, en un DC-9, destino Ámsterdam, en un vuelo que transcurrió sin incidencias reseñables. Dos días después, de Ámsterdam a Bruselas, volamos en un Fokker F-27 (alas altas, dos motores turbohélice, longitud: 25 metros, envergadura: 29 metros, y capacidad: 32/44 pasajeros). Había nevado intensamente, y desde la planta alta de la terminal, vimos como dos operarios del aeropuerto, portando una larga escalera de mano, se acercaban al avión que, cuarenta minutos más tarde, nos llevaría a Bruselas. Mientras uno de ellos, abajo, la sujetaba, el otro, subido en todo lo alto, se afanaba en limpiar el morro, así como, también, los parabrisas y ventanas de la cabina de pilotaje, eliminando la nieve endurecida que se había depositado durante la noche. Aquella operación de limpieza ‘feita a man’, de la que estábamos pendientes todos los pasajeros, suscitó divertidos comentarios celebrados con risas contenidas. A la hora prevista, el Fokker comenzó a rodar por la pista para iniciar el despegue. Al tener este aparato las alas en la parte superior del fuselaje, desde las ventanillas podíamos observar, entre divertidos y preocupados, como las ruedas patinaban sobre la capa de hielo que cubría la pista, impidiendo que la aeronave alcanzara con normalidad la velocidad necesaria para despegar. Como se trataba de un avión relativamente pequeño, consiguió elevarse sin dificultad. ¡Al fin en el aire! Durante todo el vuelo, cuya duración estimada era de 30 minutos, el trepidante movimiento -semejante al que se produce al circular por una carretera llena de baches- debido a las turbulencias, propiciaba que los maletines y pequeñas bolsas de viaje se deslizaran desde las bandejas portaequipajes; y, a punto de caer sobre nuestras cabezas, los cogíamos en el aire. En vista de que la situación no mejoraba, decidimos bajar los maletines y bolsas, y colocarlos entre las piernas. Una vez que alcanzamos la altitud de vuelo, la única azafata que integraba la tripulación inició una ardua andadura a lo largo del pasillo, intentando mantener el equilibrio, portando una torre de vasos de plástico en la mano izquierda y una cafetera en la derecha, ofreciéndonos café, con exquisita amabilidad, sin dejar de sonreír. Aquella, en cierto modo, cómica situación, motivó una sana y divertida complicidad entre azafata y pasajeros. El viaje fue corto, pero intenso.

Finalizada nuestra estancia de dos días en Bruselas, viajamos a Madrid, en un B-727, en tránsito a Santiago de Compostela. El vuelo Bruselas-Madrid, con meteorología favorable, transcurrió con absoluta normalidad. Llegamos al Aeropuerto de Barajas alrededor de las 17:30 horas, y el siguiente vuelo, Madrid-Santiago, tenía prevista su salida a las 21:45 horas. Teníamos por delante algo más de cuatro horas de espera, circunstancia que aprovechamos para redactar los borradores de los informes correspondientes a las actuaciones técnicas verificadas en Ámsterdam y Bruselas. A las 21:00 horas, a través de la megafonía, nos informan de que las adversas condiciones meteorológicas en el espacio aéreo de Santiago de Compostela aconsejaban cancelar nuestro vuelo, derivándonos al que tenía prevista su salida a las 01:45 horas de la madrugada del día siguiente. Como dato anecdótico, al avión que habitualmente realizaba aquel vuelo de madrugada se le conocía con el apelativo de ‘El golfo’, por ser en el que regresaban todos aquellos que, aprovechando su paso por la capital del Reino, ‘exprimían’, hasta la última gota, la noche madrileña. A las 12:45 horas, un nuevo aviso nos informa de la cancelación de aquel último vuelo, debido a que la persistencia del mal tiempo así lo aconsejaba. Así las cosas, Iberia habilitó un mostrador informativo en el que nos comunicaron la decisión de posponerlo hasta las 09:45 horas de ese mismo día. Las protestas de un nutrido grupo de viajeros, algunas muy acaloradas, fueron la tónica en aquella madrugada aeroportuaria.

A la hora prevista (09:45), aquel B-727, con 135 pasajeros a bordo, despegaba -¡al fin!- del Aeropuerto de Barajas con destino a Santiago de Compostela. Pero aún nos esperaba otra sorpresa. Al abandonar el espacio aéreo de Madrid, las condiciones meteorológicas empezaron a empeorar. La intensa lluvia y, sobre todo, el fuerte viento, muy persistentes, nos acompañaron hasta Galicia. Cuando nos aproximábamos al  Aeropuerto de Lavacolla, con viento cruzado, lluvia intensa y densa niebla, la nula visibilidad propició que el avión tomara contacto con la pista sin tener por delante el espacio necesario para aplicar con seguridad la fuerza de frenado en el tren de aterrizaje, la inversión de los motores y la utilización de los flaps, slats, spoilers y alerones, que le permitiera aminorar gradualmente la velocidad, lo que obligó al piloto a efectuar toda la secuencia de maniobra al límite de tiempo y espacio, evitando que el avión se precipitara fuera de la pista. Instintivamente, una vez liberados de la tensión emocional provocada por aquella situación, todos los pasajeros aplaudimos con entusiasmo la profesionalidad de los pilotos en aquel comprometido aterrizaje con final feliz.

Hubo otros vuelos, con tormentas de cierta entidad y fuertes vientos -de frente, de cola o cruzado-, en los que no estaba permitido levantarse del asiento durante todo el trayecto, que comprometían la seguridad del vuelo, dificultando, muy especialmente, el aterrizaje. Asimismo, los comúnmente denominados ‘baches’ (turbulencias), con la sensación de que aquel descenso no va a cesar nunca... Cuando me subía a un avión, siempre que fuera posible, procuraba acomodarme en un asiento de ventanilla, en la zona correspondiente a las alas. Allí sentado, observaba la posición y los movimientos de los alerones, flaps, slats y spoilers -en el despegue, durante el vuelo y en el aterrizaje-, así como la vibración de las alas, en su conjunto, fascinado con la influencia que ejercen en la aerodinámica, regulación de la velocidad y sustentación del avión. Una manía como otra cualquiera.

Las incidencias que he relatado, consustanciales a la navegación aérea, han de ser consideradas dentro de la normalidad, habida cuenta de que el riesgo cero, como tal, no existe en ningún medio de transporte. Y hemos de reconocer, porque es una evidencia incuestionable, que, para desplazarse entre dos puntos geográficos muy distantes, el avión es el medio más rápido y, también, el más seguro. Sin embargo, para poder ‘saborear’ el viaje y el paisaje a lo largo y ancho de nuestro país, incluso en condiciones meteorológicas adversas, sigo prefiriendo el tren como medio de transporte. Será que, a pesar de mi edad -¡qué no es poca!-, continúo siendo un romántico, un sentimental... ¡Un soñador!

Mi último vuelo tuvo lugar el 20 de noviembre de 1986, Barcelona-Santiago, en un DC-10 de la compañía Iberia. Durante 14 años, aquellos viajes en avión -todos ellos por motivos profesionales-, me permitieron ¿conocer?, de España: Madrid, Barcelona, Málaga, Alicante, Sevilla, Valencia y Las Palmas de Gran Canaria. Y de Europa: París (Francia), Bruselas, Kontich y Amberes (Bélgica), Ámsterdam (Holanda), Londres y Leicester (Reino Unido). Desde entonces, viajo cada día, desafiando al tiempo y al espacio, dejando volar la imaginación...


miércoles, 24 de febrero de 2016

Nota informativa (VI)

INFORMACIÓN


Estimados seguidores y amigos:

Vuestras fotos vuelven a estar en la columna derecha de la Página Principal. ¡Al fin conseguí recuperarlas! Desconozco el motivo por el que se desactivó la función Restablecer. Pero lo importante es que vuelven a presidir la Página Principal del Blog.

Mi agradecimiento a:

  • Ricardo N. C.
  • Francisco Salgado
  • Marie Josep Andréu Varela
  • J. José Romero-Porto

Espero vuestros comentarios a mis artículos, relatos y cartas a un amigo imaginario.

Un cordial saludo.
Robert  

lunes, 22 de febrero de 2016

¡Cómo pasa el tiempo!











Por Robert Newport
21 febrero 2016

Parece que fue ayer, y ya han transcurrido 72 años desde aquel 30 de noviembre de 1943, a las 06:00 horas, en que llegué a la vida. Son muchos años, sin duda. Pero han pasado en un suspiro. La niñez, la adolescencia, la juventud, la madurez o plenitud vital, y, finalmente, la vejez. Períodos de la vida que no todos tienen la fortuna de poder alcanzar.

A lo largo de toda una vida, en las distintas etapas que se van sucediendo, se acumulan experiencias que quedan grabadas en la memoria como un tatuaje neuronal. Y cuando uno ya está rozando la vejez, parece inevitable echar la vista atrás y recordar vivencias, únicas e irrepetibles, de la niñez, de la adolescencia y de la juventud. Todas las demás... todavía sucedieron ayer.

EL COLEGIO
Recuerdo aquellos primeros años del colegio, en Primera Enseñanza, en los que la ‘pedagogía’ de la bofetada, de la letra con sangre entra, de rodillas con los brazos en cruz... estaba muy arraigada en los centros educativos. Mi andadura escolar se inició en un parvulario no reglado -entonces, no existían parvularios públicos-, y de allí pasé a un Colegio Público. En aquel centro educativo tuve dos maestros, cuyos métodos de enseñanza eran diametralmente opuestos. Por razones obvias, preservaré la identidad de ambos y los denominaré don Fermín y don Anselmo (nombres ficticios).

Don Fermín, que únicamente me dio clase durante un curso  -¡menos mal!-, cuando yo tenía 9 años, aplicaba un particular y ‘pedagógico’ método de enseñanza. Si no sabíamos una lección, de un par de sopapos no nos libraba ni el sursuncorda. Pero si no conseguíamos resolver un problema de aritmética, el castigo individual o colectivo, consistía en golpear reiteradamente los glúteos del alumno con una caña de bambú de tres nudos, algo más de dos palmos de longitud y unos dos centímetros de diámetro. El entusiasmo (ensañamiento) con el que propinaba aquellos golpes, hacía que algunos de ellos se desviaran, incontrolados, a la región sacra (rabadilla), produciendo, además de un dolor insoportable, unas heridas que semejaban latigazos. ¡Y eso que llevábamos los pantalones puestos! Lo que evidenciaba la fuerza con la que infligía aquel brutal castigo. Cuando toda la clase -alrededor de 30 alumnos- era ‘merecedora’ de tal correctivo, sobrecogía vernos en fila,  presenciando el lamentable espectáculo de golpes y gritos de dolor, lágrimas incluidas, esperando, estremecidos, que a cada uno le llegara su turno... Sorprendentemente, después de recibir aquella paliza de ‘padre y muy señor mío’, continuábamos sin saber cómo se resolvía aquel puñetero problema. Y así sucesivamente.

Don Anselmo, con el que estuve tres cursos completos, del que sus exalumnos guardamos el mejor de los recuerdos, era un hombre íntegro, vocacional, que hizo del Magisterio su razón de ser y de sentir. Un educador en toda la extensión de la palabra. Su método de enseñanza nada tenía que ver con el del otro maestro. Es cierto que, como era costumbre en el ámbito escolar de la época, alguna vez también nos castigaba (bofetadas o de rodillas), pero únicamente si nuestro comportamiento significaba una falta de respeto hacia él, desobediencia, o derivaba en burla hacia algún compañero de clase. Pero, en honor a la verdad, no era proclive al castigo físico. Si no sabíamos una lección, el castigo consistía en quedarse una hora más, estudiando, por la tarde. Pero si no conseguíamos resolver un problema aritmético, nos hacía salir al encerado para que, con sus didácticas, razonadas e instructivas explicaciones, analizáramos y comprendiéramos el enunciado. Y así, paso a paso, lográramos llegar a la solución definitiva. Era un consumado pedagogo. In memóriam.

Recuerdo que, cursando 2º y 3º de bachillerato en el Instituto laboral, cinco exalumnos suyos asistíamos a sus clases particulares de apoyo, en las asignaturas de Matemáticas (su especialidad docente), Lengua y Literatura, y Geografía e Historia. De esta última materia, eliminando todo contenido superfluo, nos preparó unos  magníficos apuntes que él mismo escribió a máquina.

Ciertamente, en aquella época (años 50 del siglo pasado) -que en ese aspecto, poco se diferenciaba de la de nuestros padres-, los castigos físicos en los colegios e institutos -salvo honrosas, aunque escasas, excepciones-, de alguna manera, estaban ‘institucionalizados’, como ‘norma’ general, e incomprensiblemente aceptados por gran parte de la sociedad. Han transcurrido más de 60 años desde entonces, y la distancia temporal, como no podía ser de otra forma, ha conseguido que aquellas, otrora, amargas vivencias se fueran diluyendo y transmutando en anecdóticos, aunque desagradables, recuerdos. Quiero pensar, sin embargo -y desearía estar en lo cierto-, que mi generación fue la última que padeció aquellos injustos e irracionales castigos. Pero, como somos una sociedad de extremos, en la que el término medio, el equilibrio, no suele ser un factor predominante, se cambiaron las tornas: hoy, en gran medida, los profesores perdieron su autoridad, y son los alumnos  -¡quién lo iba a decir!- quienes ‘maltratan’ a los profesores. En definitiva, la ponderación, como sinónimo de estabilidad, tanto en la enseñanza como en otros ámbitos de la sociedad actual, está perdiendo su esencia y su significado. ¡Qué lástima!

FURTIVOS
Tenía yo ocho inexpertos años -todavía llevaba pantalón corto, como correspondía a mi edad en aquella época-, y un compañero de colegio, colega de juegos y travesuras, me convenció -no tuvo que insistir mucho, ciertamente- para que lo acompañara hasta el lugar de A Laxe (La Lage, se decía entonces), al que, por cierto, yo nunca había ido. Su intención, de la que tuve conocimiento al llegar allí, era entrar furtivamente en una huerta con el fin de afanar fruta. Aquello era nuevo para mí. No comprendía el por qué de aquella acción -muy generalizada entonces-, que iba en contra de mis principios. Pero me pudo la curiosidad, y el espíritu ‘aventurero’...

Como la mayoría de las huertas con árboles frutales, aquella también estaba cercada con alambre de espino que, en aquella zona del terreno, apenas sobrepasaba el metro de altura. De manera que, poniendo especial cuidado para no dañarnos las manos, las piernas y la ropa, saltamos la alambrada y nos dirigimos a las claudieiras que, al fondo de la huerta, destacaban cargadas de fruta. Allí permanecimos largo rato, deleitándonos con el exquisito sabor de las ciruelas claudias, atentos a cualquier presencia inoportuna que pudiera poner en peligro nuestra integridad física.

Cuando ya habíamos decidido dar por terminado el ‘festín’, nos alertó ver que un hombre -probablemente el dueño- venía corriendo hacia nosotros, blandiendo un palo que portaba en su mano derecha, increpándonos a voz en grito. ¡Pies para qué os quiero!, pensamos. Y empezamos a correr, ‘escopetados’, hacia la zona por donde habíamos entrado, y sin considerar la altura de la alambrada, y mucho menos la ubicación de las púas, de un gran salto logramos superar aquella barrera. Yo, que nunca me había visto en una situación semejante, creí que me salía el corazón por la boca... No dejamos de correr hasta llegar a la Plaza del Obelisco. Aquella fue mi primera y última experiencia como furtivo en huerta ajena. 

En aquella frenética huída, al saltar la alambrada rocé una de las púas... ¡Un ‘siete’ en el pantalón! Aquel percance me valió una gran reprimenda de mis abuelos -sobre todo de mi abuela-, con los correspondientes azotes en las posaderas. Y no por el roto en el pantalón, que también, sino por no haber respetado la propiedad ajena. Concepto que ellos me habían inculcado repetidamente y con verdadero ahínco, como parte esencial de mi educación.

NAVEGANDO A LA DERIVA
Con el mismo colega de travesuras, para no variar, participé en un episodio marinero de escasa importancia, pero que pudo tener consecuencias graves. El Muelle de los Carabineros -testigo mudo de aquella caída al mar en la que a punto estuve de perecer ahogado- volvió a ser el escenario de una nueva travesura.

En un atardecer estival, con la pleamar iniciando su bajada, la gamela amarrada a una de las argollas del muelle llamó nuestra atención. Nos acercamos, confiados y decididos, con la clara intención de subir a bordo. Y asegurándonos de que su propietario no andaba cerca, así lo hicimos. Empezamos a movernos hasta que la embarcación alcanzó un frenético movimiento de vaivén, de babor a estribor y de proa a popa... Pero, claro, nosotros buscábamos más acción. De manera que, soltando del amarradero el rebenque que la mantenía sujeta al muelle, empujamos haciendo fuerza en aquél para separarla e iniciar nuestra particular ‘singladura’ por la dársena de O Cavadelo.

Cuando nos habíamos alejado unos diez metros del muelle, reparamos en que aquella gamela no tenía los remos a bordo. ¡Y ahora qué hacemos! Exclamamos con natural preocupación. El mar estaba en calma, y la lenta bajada de la marea movía la embarcación hacia la embocadura que existía en el muro de cierre de la dársena. El sol empezaba a ocultarse, y lentamente nos íbamos alejando del embarcadero en el que, para llamar nuestra atención, el dueño de la gamela, al tiempo que movía los brazos, nos decía a gritos que regresáramos. Pero, ¿cómo hacerlo sin remos? Metimos las manos en el agua, él por la banda de babor y yo por la de estribor, moviéndolas frenéticamente, con gran esfuerzo, intentando avanzar hacia el muelle.

Llevábamos un rato ‘remando’ con las manos, pero era inútil. Ya estaba anocheciendo y, a pesar del esfuerzo agotador, apenas habíamos avanzado un par de metros. En el muelle, el dueño continuaba increpándonos vociferando a pleno pulmón. Entonces, convencidos de que con aquel sistema de impulsión no saldríamos de allí en toda la noche, se me ocurrió una posible solución que, aún en el caso de que funcionase, no me iba a librar de una bronca monumental al llegar a casa, aderezada con unos merecidos azotes en la zona de ‘popa’. La idea era descalzarnos y remar con nuestras sandalias. Y así lo hicimos. Aquello dio resultado y, al fin, aunque extenuados, conseguimos llegar al embarcadero. El propietario del bote, que era un viejo conocido, al vernos en aquel estado de agotamiento, únicamente nos amonestó diciéndonos que podíamos haber tenido un disgusto, y que no volviéramos a hacer semejante disparate. Cuando llegué a casa, sudoroso, con los pies mojados y las sandalias rezumando agua salada, el recibimiento fue como yo había imaginado... y que, por otra parte, merecía.

jueves, 21 de enero de 2016

¡Cómo es posible!



Por Robert Newport
18 enero 2016

Quisiera hacer una reflexión sobre la cuña radiofónica que se emite cada año, durante el mes de enero, recordándonos: “Día Mundial de la lucha contra la Lepra. Último domingo de enero. Hay 3 millones  de leprosos en todo el mundo. Hoy, la lepra tiene curación. Con sólo 20  euros se puede curar a un leproso”.

¿Cómo se puede consentir que una enfermedad tan terrible, siendo curable, continúe haciendo sufrir a tantos seres humanos? ¿Cómo es posible que por 60 millones de euros -cantidad menor de lo que cuesta fichar a un futbolista de élite, cuyo único mérito es su habilidad con el balón, ¡y no siempre con acierto!- los Gobiernos ignoren esta necesidad, cuando se gastan cantidades ingentes de dinero público en eventos, campañas publicitarias y obras faraónicas tan inútiles como innecesarias? ¿Cómo es posible que los organismos internacionales, las asociaciones de toda índole, los filántropos, las grandes fortunas… ¡O el sursuncorda!, no se pongan manos a la obra? ¿Pretenden, con este tipo de mensajes, que los ciudadanos de a pie nos sintamos culpables removiendo nuestras conciencias? ¿Se trata de un mensaje subliminal? ¿Qué nos están contando? ¡Cómo es posible! 


[Publicado en 'Faro de Vigo' (20.01.2016), en la sección 'Cartas al Director']


domingo, 6 de diciembre de 2015

¿Por qué?



Fotomontaje (diariodepontevedra.galiciae.com)





















Por Robert Newport
04 diciembre 2015

Una vez más, el ‘obelisco’ de Vilagarcía vuelve a ser noticia. El Gobierno local, desoyendo la petición y los argumentos de la Asociación en Defensa do Patrimonio de Vilagarcía para que esta columna ornamental volviera a su emplazamiento primigenio, en la actual Plaza de Galicia, decidió que su ubicación definitiva será al final de la calle Alcalde Rey Daviña.

¿Por qué esta decisión unilateral? ¿Por qué ese empecinamiento en instalarlo en ese lugar, cuando, por definición, un ‘obelisco’ o columna ornamental conmemorativa de estas características tiene su ubicación natural en una plaza? ¿Por qué ese abuso de poder, esa prepotencia? ¿Por qué, tratándose de un elemento tan representativo en nuestra ciudad -¡todo un símbolo!-, no se hizo una consulta popular? ¿Por qué? Porque únicamente se acuerdan de los ciudadanos a la hora de conseguir sus votos. Pero los ciudadanos, cuando llega el momento de votar, también tenemos memoria. 

[Publicado en ‘La Voz de Galicia’ (06.12.2015) y en 'Faro de Vigo' (07.12.2015), en la sección 'Cartas al Director']

viernes, 23 de octubre de 2015

¿Por qué un Blog?

Por Robert Newport
22 octubre 2015


En el año 2008, tal vez inducido por un inmoderado afán de protagonismo, decidí crear el Blog personal Newport con la única pretensión de tener un espacio virtual que me permitiera divulgar mis artículos, relatos y cartas, bajo el seudónimo Robert Newport.

Todos los artículos, algunos con un toque de sutil ironía, son el fiel reflejo de las frustraciones, la indignación y el inconformismo que me invaden desde hace mucho tiempo. De manera que, a modo de terapia autoimpuesta, en lugar de asomarme a la ventana o salir al balcón, megáfono en mano, vociferando Urbi et Orbi mi enfado y disconformidad, evidenciando un comportamiento incívico e irracional, he preferido ir dejando ‘silenciosa’ constancia en mi Blog. Cierto es, sin embargo, que mis opiniones, no siempre afortunadas, suelen ser, por lo general, lo que en los últimos tiempos se conoce como políticamente incorrectas. En cualquier caso, se trata de una válvula de escape que, de algún modo, libera la presión anímica originada por los múltiples episodios de corrupción y otras conductas inadecuadas -partidos políticos, instituciones y ‘chiringuitos’ varios-, que han convertido este país en una ‘guarida de ladrones’ con birrete, minando, todavía más, nuestro maltrecho estado de ánimo de sufridos ciudadanos.

La mayoría de los relatos nacieron como una necesidad vital de contar vivencias personales y familiares, únicas e irrepetibles, que reflejan fielmente lo acontecido. Otros, cuyo contenido es totalmente imaginario, podrían calificarse como relatos de ficción. Pero todos, unos y otros, tienen un denominador común: vivencias cotidianas, propias y ajenas, rebosantes de sentimientos y emotividad.

Finalmente, cartas a un amigo imaginario, cuyo contenido de amplio espectro pretende ser una crónica de la actualidad, surgieron con el ánimo de escenificar una relación epistolar ficticia, sin posibilidad de réplica. En ellas, aún sabiendo que no habrá contestación, relato vicisitudes, planteo interrogantes, y manifiesto opiniones, aunque no siempre con acierto. También, frecuentemente, al referirme a los descarados ‘brindis al sol’ de nuestros políticos, evidencio mi enfado con excesiva vehemencia. No obstante, de vez en cuando, procuro añadir alguna pequeña pincelada de humor y, también, cómo no, de sarcasmo.

viernes, 2 de octubre de 2015

Consideraciones personales

01. Parque de la Playa de Compostela (Bancos)

02. Parque de la Playa de Compostela (Bancos)

03. Parque de la Playa de Compostela (Bancos)

04. Parque de la Playa de Compostela (Bancos)



























05. Parque de la Playa de Compostela (Chiringuito)

Por Robert Newport
22 septiembre 2015

Cuando se acometen actuaciones de remodelación de espacios públicos como, por ejemplo, las llevadas a cabo, en su momento, en Vilagarcía de Arousa (Playa y Parque de Compostela, en su conjunto, y en los jardines de Ravella y de la Plaza de España), pueden suponer, en principio, un atentado contra la racionalidad, y una absoluta falta de respeto hacia aquellos que concibieron, proyectaron y ejecutaron estos espacios dedicados al esparcimiento y al descanso de los ciudadanos. Es necesario, incluso indispensable, sumergirse en la obra y en la personalidad del autor para comprender el por qué de la concepción de aquel proyecto. Ello supondrá, sin duda, un ejercicio muy enriquecedor.

Las remodelaciones han de realizarse con humildad y con el máximo respeto al proyecto original, con el fin de no vulnerar el principio de funcionalidad, procurando mantener, en la medida de lo posible, su esencia primigenia. Porque, aunque es cierto que la identidad evoluciona con el progreso, no hay razón alguna que justifique actuaciones anárquicas que no tienen en cuenta la repercusión sobre el entorno.

Cuando se asume una remodelación, del mismo modo que cuando se concibe un nuevo proyecto, ha de tenerse en cuenta que el hombre, como unidad de medida de todo cuanto le rodea, necesita habilitar espacios para vivir y disfrutar, también para descansar, dotándolos de los elementos imprescindibles para tal fin. El hombre se mueve y ocupa un lugar en el espacio, y por ello ha de solucionar problemas volumétricos de distribución de espacios que se ajusten a sus necesidades. Como ser social que es, el hombre no siempre desarrolla su actividad en solitario, sino que, por el contrario, la mayoría de las veces se relaciona con grupos más o menos numerosos. Por ello, es indispensable considerar estos conceptos como auténticos preceptos que, inexcusablemente, hay que respetar.

Decía Teresa Táboas Veleiro (Arquitecta), cuando era Conselleira de Vivenda e Solo de la Xunta de Galicia: “Entiendo que la Arquitectura, como todos los demás ámbitos de la cultura, tiene que ser consciente y respetuosa con su pasado, con la historia, con el patrimonio, con las tradiciones y los símbolos. Y tiene que establecer un diálogo con la sociedad y con el tiempo presente, un continuo proceso de revisión y adaptación”.

La aseveración de la señora Táboas Veleiro, que suscribo en su totalidad, puede extrapolarse a las rehabilitaciones y remodelaciones de los espacios públicos. Parece lógico -y, sin duda, lo es- que todo aquel que interviene en una remodelación pretenda dejar su impronta. Pero, eso sí, ha de hacerlo ma non troppo respetando el concepto que pretendió transmitir el autor del proyecto original. Lo contrario podría considerarse un comportamiento netamente egocéntrico. Y el resultado final, por tanto, amorfo, indefinido, confuso, indiferente.

Hace algún tiempo (18.09.2012), escribí un artículo titulado Remodelación del Parque de la Playa de Compostela (ver fotos), para la Web de Patrimonio Vilagarcía, que transcribo a continuación:

“A los que tenemos cierta edad, nos produce tristeza y desolación, además de cierto sarpullido, comprobar el resultado de la remodelación del emblemático Parque de la Playa de Compostela.

Cuando uno se encuentra ante la antigua verja de aspecto señorial, echa de menos la acogedora presencia de aquellos árboles que, como centinelas del tiempo, nos recibían en posición de firmes. Una vez traspasada la verja, el aspecto del Parque, en su conjunto, nada tiene que ver con el de nuestros recuerdos… ¡Qué impactante decepción!

Al ver los nuevos bancos y su dispersa ubicación, al instante, como un flash –tal vez sería mas apropiado decir ‘fogonazo’-, me imaginé unos bloques de hormigón abandonados al libre albedrío, aquí y allá, sin orden ni concierto. Pero, claro, les faltaba ‘encanto’. Es decir, tenían poco “glamour”. ¡Eureka! ¡Cómo no se nos había ocurrido antes! El ingenio y la improvisación, facultades en las que somos únicos e insuperables, obraron el milagro: un postizo armazón de madera, a modo de respaldo, y unas luces “galácticas” empotradas… ¡Qué despropósito! 

¿Dónde quedó el concepto de configuración anatómica, regla de oro en el arte del diseño, para que un asiento cumpla la función para la que fue creado? Estos bancos de hormigón, paralelepípedos cuasi perfectos, de aristas cortantes y vértices puntiagudos, es incuestionable que se ajustan al más puro concepto de cuerpo geométrico. Sin embargo, no están diseñados anatómicamente para proporcionar descanso y comodidad.

En definitiva, los citados bancos y el ‘chiringuito’, cuyo diseño simplista los convierte en unos elementos extraños que no se integran mínimamente en el entorno, considero que son un despropósito cuyo coste económico pagamos todos”.