Por Robert Newport
23 julio 2026
La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, ha convertido el Despacho Oval en un singular plató de televisión. Cada decisión que toma, cada decreto que firma, cada arancel que impone…, lo exhibe delante de las cámaras.
En un comportamiento
desconcertante, asevera hoy una cosa y al día siguiente la contraria. Impone
hoy unos aranceles y días más tarde los rebaja o los elimina. O los incrementa,
sin control ni justificación. No sabemos qué le ocurre al presidente de los
Estados Unidos. Tal vez sea un inconsciente, un provocador, un egocéntrico…
Aunque lo más probable es que padezca algo parecido a un trastorno bipolar.
En su delirio, pretende que
Canadá pase a formar parte de los Estados Unidos. Del mismo modo, reclama
Groenlandia por su posición geoestratégica en el Ártico y por sus recursos
minerales. Se ha «apoderado» de Venezuela, secuestrando a Nicolás Maduro y a su
esposa, para gestionar su petróleo. Y está asfixiando a la isla caribeña de
Cuba para apropiarse de ella. Su ambición de poder no tiene límites.
Podemos aseverar que Donald
Trump es un indisciplinado. Ebrio de poder, toma decisiones unilateralmente,
sin someterse al beneplácito del Congreso de los Estados Unidos.
Su afán de protagonismo le
ha llevado a involucrarse en conflictos bélicos como Irán, Ucrania y Gaza. El
Estrecho de Ormuz lo disputa con Irán, causando una gran crisis económica
global. Cinco meses después de que Estados Unidos e Israel iniciaran la
invasión de Irán (el 28 de febrero de 2026), se estima que este conflicto le ha
costado 37.500 millones de dólares a las arcas públicas estadounidenses.
Aunque se trate de una frase
muy manida y recurrente, podemos afirmar que Donald Trump irrumpió en la Casa
Blanca como «un elefante en una cacharrería». Definitivamente, se trata de un
hombre del espectáculo. Un «showman» en la Casa Blanca.
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