miércoles, 1 de octubre de 2014

Recuerdos y vivencias de mi juventud (II)

Rondalla dirigida por D. Hermenegildo Teira (1949)


Rondalla dirigida por D. Hermenegildo Teira (1949)



Por Robert Newport
30 septiembre 2014

INTRODUCCIÓN

Fue en 1949, cuando la Rondalla de Villagarcía de Arosa recorrió por primera vez las adoquinadas calles de la villa interpretando el pasacalles ‘Carrascosa’... Mi tío, Roberto Porto, tocaba la guitarra en aquella agrupación. Tenía yo seis infantiles años, y fui testigo emocionado de aquel inolvidable acontecimiento.

Director: D. Hermenegildo Teira. Madrina: señorita Pencha Gallego. Componentes: Manolo Teira (hijo del director), Gildo Teira (sobrino del director), Ramón García, Manolo Granja, Amador Sánchez, Seso Rey, Suso Rey, Roberto Porto, Carlos Cerqueiras, Guillermo Carballo, Manolo Maneiro, Duro, Gerardo Prego, Tito Prego, Tino Silva, Roque Rey, Pepe Santórum, Moncho Hierro, Rodrigo Crespo, Jaime Mosquera, Cascallar, Chuchi González Rollán, Arturo Castiñeiras, Minchón y Bispo. (Pido disculpas si he cometido alguna omisión involuntaria)

D. Hermenegildo Teira, al que tuve el privilegio de conocer y tratar algunos años más tarde, era un caballero de baja estatura -con una ligera/acusada cojera-, de trato exquisito y refinada educación.

Recuerdo, con todo el respeto y consideración que se merece la memoria del señor Teira, cuando los componentes de la Rondalla se colocaban en formación para iniciar el recorrido de pasacalles; y, al objeto de que todos marcharan con uniforme marcialidad, el señor Teira, con gesto serio, les decía: ¡Todos a mi paso! Lo cual, habida cuenta de la cojera que padecía, no dejaba de sorprender, al tiempo que suscitaba condescendientes e indulgentes sonrisas.

De las muchas anécdotas que, sin duda, podrían relatar los componentes de aquella emblemática Rondalla, recuerdo la que considero de una gran emotividad:

En un concierto, D. Hermenegildo, batuta en mano, dirigía a sus pupilos que, con extraordinaria maestría, interpretaban una obra, presumiblemente, de Albéniz o Tárrega. Las bandurrias, con sus agudos trinos, desgranaban la melodía en primera voz. Los laúdes, con su grandeza sonora, en segunda voz, vibraban en ahogado y cálido lamento. Y las guitarras, en acompañamiento sonoro armónico, marcaban el ritmo al estremecerse el bordón. Finalmente, la flauta travesera sonaba con la calidez del susurro de una voz femenina... Y el violín, con su dinamismo melódico, expresaba cromáticos sentimientos... En el ecuador de aquella magistral interpretación, el señor Teira -indicándole a la Rondalla que continuara tocando-, visiblemente emocionado, abandonó el escenario... Al preguntarle el motivo de su inesperado abandono, respondió: ‘Lo hacen tan bien estos muchachos, que no necesitan que los dirija’.

Esta entrañable y conmovedora anécdota, me trae a la memoria aquella célebre frase del otrora insigne director de la Orquesta Filarmónica de Berlín, Herbert Von Karajan: ‘El arte de dirigir consiste en saber cuando hay que abandonar la batuta para no molestar a la orquesta’.

                                 

Tuna Rondalla Villagarciana (1962)
Tuna Rondalla Villagarciana (1960/1963)

Tuna Rondalla Villagarciana (1960/1963)



























TUNA RONDALLA VILLAGARCIANA

En el año 1960, en los albores de aquella ‘Década Prodigiosa’, entré a formar parte de la ‘Tuna Rondalla Villagarciana’ con mi entrañable amigo, Alfonso Galbán Rico, compañero en el Dúo Los Royal y Trío Los Royal’s... Teníamos conocimiento de la existencia de una agrupación de pulso y púa; y Alfonso, que ya era un virtuoso del piano, entró en ella y se atrevió con el laúd. Al poco tiempo, como era de esperar, ya dominaba aquel instrumento de seis cuerdas dobles con verdadera maestría. Yo, que el único instrumento que sabía tocar era la armónica diatónica y cromática, no tenía cabida en aquella agrupación musical.

Cuando Alfonso asumió la dirección de aquella agrupación de pulso y púa, que pasó a denominarse ‘Tuna Rondalla Villagarciana’ -cuya bandera, gentilmente cedida por D. Hermenegildo Teira, había pertenecido a la antigua Rondalla que él dirigía-, me animó a que fuese el abanderado. Rechacé el ofrecimiento. Yo quería participar de una forma más activa, tocando un instrumento. Al no tener otra posibilidad, me decidí por la pandereta. Hice razonables progresos con aquel sencillo instrumento de percusión, trasladando los toques habituales –mano, brazo, codo, mano...- también a las rodillas, punteras y tacones de los zapatos. Todo un alarde de movimientos “pandereteros”...

A pesar de que me entusiasmaba la pandereta, sentía cierta frustración por no saber tocar un instrumento de cuerda. Fue entonces cuando decidí aprender a tocar la guitarra. Bueno, al menos lo suficiente para integrarme en la Tuna con cierta dignidad. La guitarra, “heredada” de mi tío Roberto, a pesar de la antigüedad -tal vez debido a ella-, tenía una excelente sonoridad. También había “heredado” el ‘Método Tárrega’, para guitarra. Ya sólo faltaba comprobar si tenía cualidades y la suficiente capacidad para aprender. Y así, con mucha constancia y grandes dosis de entusiasmo, además de la inestimable ayuda de mi amigo Alfonso Galbán, en poco tiempo conseguí aprender a tocar, digamos que, discretamente, aquel instrumento de seis cuerdas. A partir de ese momento, orgulloso y emocionado, entré a formar parte del grupo de guitarras de la Tuna.

Ataviados con nuestro uniforme negro: pantalón, jubón engolado, y una capa en la que resaltaba la escarapela con cintas multicolores al viento, salíamos tocando pasacalles, actuábamos en festivales diversos y, cómo no, también de ronda en las clásicas serenatas. Estas intervenciones conformaban el programa de actividades de la ‘Tuna Rondalla Villagarciana’.

Aquella guitarra, compañera inseparable en tantas actuaciones, tuvo un injusto y lamentable final. Uno de mis hijos, con muy pocos años, en un alarde de “virtuosismo” percusionista, la utilizó como tambor, golpeándola con sus pequeñas manos. Se ve que el sonido obtenido no era de su agrado, porque, sin darme tiempo a reaccionar, empezó a saltar sobre ella... La enorme grieta que se produjo en la tapa inferior de la caja de resonancia, determinó la declaración de siniestro total. El paso de los años, y las muchas actuaciones, le habían causado un natural y evidente deterioro. Y, aunque únicamente la conservaba por motivos sentimentales, no merecía haber tenido aquel triste final.

Y esta es, a grandes rasgos, la historia de mi paso por la ‘Tuna Rondalla Villagarciana’, en la que la pandereta y la guitarra, fueron mis fieles y queridas compañeras de sones y acordes.



Recuerdos y vivencias de mi juventud (I)


Festival "Buscando Artistas" de "La Voz de Arosa"
Taragoña - Rianxo (Año 1960/61)

Detrás, de izquierda a derecha, Manolo Cambre, Paco Lijó, Isidro Estévez, Roberto Núñez Porto, Moncho Mariño, Carlos Eiras, Alfonso Galbán Rico, Carlos Álvarez Puga, Mingos Rodríguez, Faustino Laya y Anuncio Mouriño, (?), (?).

Delante, de izquierda a derecha, José Luis Barreiro, José Manuel Casalderrey, Moncho Palén, Juan Jesús Paz, Juan José Romero Porto, Manolo del Río, Chicho Rodríguez, Encarnita Bouzas, (?), Mª Anselma Salgueiro, Maite Fiuza, Enrique Blanco, Moncho Vilas, Ramiro del Río (Cañotas) y Jesús Castro (Xan das Rías Baixas).
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Por Robert Newport
25 septiembre 2014

ELENCO ARTÍSTICO

Para los que tuvimos la fortuna de vivirla y disfrutarla, la Década Prodigiosa, musicalmente hablando, fueron los años sesenta.

En aquella época, en Vilagarcía de Arousa había dos emisoras de radio locales: ‘La Voz de Arosa’ y la ‘Emisora Parroquial’, que organizaban festivales benéficos y promocionales, en los que muchos “artistas” noveles de esta ciudad tuvimos la oportunidad de actuar.

Durante el período 1960/1963 -y alguna incursión esporádica en 1964-, tuve el privilegio de formar parte del siguiente elenco artístico:

  • TUNA RONDALLA VILLAGARCIANA: Guitarras, laúdes, bandurrias, acordeón, flauta y panderetas. Director: Alfonso Galbán Rico. Componentes: Waldo Galbán Rico, Mingos y Chicho Rodríguez, Enrique Melio, Carlos Álvarez Puga, Manolo Diz, Paco Lijó, Isidro Estévez, Dámaso Carrasco, José M. Fernández Melio, Luis Silva Pando, Roberto Núñez Porto, Juan José Romero Porto, Manolo Silva, Manuel Rodríguez Teijeiro, Anuncio Mouriño, Pepín y Moncho Palén, Pablo de la Fuente Rodiño, Moncho Mariño, Manuel Cambre, Moncho Vilas, Carlos Eiras, Juan Luis Patiño, José Laya Mejuto, Faustino Laya, Seso, José Luis Barreiro, Manolo del Río, Manolo Brianes, Enrique Fernández...
  • ALFONSO GALBÁN RICO: Virtuoso concertista de piano y órgano. Instrumentista multidisciplinar.
  • MANUEL PADÍN: Tenor, dotado de una gran voz, que interpretaba con maestría, entre otras arias, ‘Una furtiva lágrima’, romanza de la ópera L’elisir d’amore de Gaetano Donizetti.
  • RAMIRO DEL RÍO “Cañotas” (Vilaxoán): Guitarrista excepcional, que poseía una incuestionable calidad interpretativa.
  • XAN DAS CANICAS (Pontevedra): Humorista. Genuino contador de historias rurales en clave de humor, y en gallego. Gozaba de una gran popularidad.
  • MANUEL BALÁN “John Balan” (Marín): Hombre orquesta. Imitaba el sonido de todos los instrumentos, y siempre salía al escenario acompañado de una puerta que golpeaba a modo de batería. Escenificaba, con gran realismo, secuencias de películas del Oeste, reproducía el sonido del trotar de los caballos y los disparos de los revólveres, incluyendo los diálogos de los personajes. Asimismo, secuencias y diálogos de películas de Gángsteres, reproduciendo el sonido de los portazos violentos, chirridos de las ruedas de los coches en las persecuciones, y, por supuesto, las ráfagas de ametralladora. Todo un personaje.
  • XAN DAS RÍAS BAIXAS [Jesús Castro]: Humorista, en la misma línea de ‘Xan das Canicas’, pero con historias más locales, también en clave de humor, e igualmente en gallego. Extraordinario.
  • XAQUÍN [Bernardino Montero Arines]: Humorista. Joven contador de chistes en gallego, que involucraba al público en sus historias. Genial.
  • TRÍO BRISAS DE AROSA (Carril) [Fernando, Ramón y Albino]: Intérpretes de boleros. Voces y guitarras.
  • ENRIQUE BLANCO [Actualmente, Enrique Brumbéck]: Rapsoda/Recitador. Largas historias de vivencias ajenas puestas en rima. Su declamación de ‘El Piyayo’, historia de un mendigo gitano, de José Carlos de Luna, no deja lugar para la imaginación. Enrique, se convierte en narrador y personaje al mismo tiempo. Es tal el realismo que le imprime a su interpretación poético-narrativa, que, a modo de proyección virtual, las imágenes se suceden, una tras otra, en la mente del espectador. Enrique Brumbéck, afortunadamente para nosotros, sigue siendo un admirable y genial ‘Recitador’.
  • ENCARNITA BOUZAS (Vilaboa-Sobradelo): Intérprete de canción mexicana, con una potente y desgarradora voz. Su canción más emblemática, ‘Pepita la pistolera’, la interpretaba caracterizada de acuerdo con el personaje, pistolas incluidas. Tenía tanta fuerza interpretativa, que si las armas fueran auténticas, no querría yo estar entre el público. Una intérprete muy temperamental.
  • MARÍA ANSELMA SALGUEIRO: Intérprete de canción española, grácil niña prodigio de la copla. Cuando salía al escenario -en aquella época, no tendría más de diez años-, sorprendía su extraordinaria calidad de voz, de modulación perfecta, con matices de auténtica profesional. Su interpretación de la canción ‘Torre de Arena’, de Marifé de Triana, arrancaba sonoras y prolongadas ovaciones con el público puesto en pie. Una gran artista.
  • MAITE FIUZA: Intérprete de canción sudamericana, dulzura en su voz y exotismo en sus gestos. Podría decirse que había nacido para cantar a Sudamérica, a sus bosques tropicales y a sus mares y lagos de aguas azul turquesa. Su interpretación de las canciones ‘Anahi’ y ‘Recuerdos de Ypacaraí’, ponía el sello de distinción en el escenario. Excepcional cantante y mujer de extraordinaria belleza.
  • LOS IBÉRICOS: Conjunto de música “pop”, locura de las jovencitas de la época -y envidia de los jóvenes-, que tuvo dos formaciones muy definidas (me refiero hasta marzo de 1963). La primera, compuesta por: Alfonso Galbán (teclados), Carlos Álvarez Puga (batería), Mingos Rodríguez (guitarra solista), Manolo del Río “Perello” (guitarra rítmica) y Juan José Romero Porto (cantante solista). Y la segunda, tal vez la más conocida y consolidada, la componían: Alfonso Galbán (teclados), Carlos Álvarez Puga (batería), Mingos Rodríguez (guitarra solista), Waldo Galbán (bajo) y Pablo de la Fuente (guitarra rítmica). Imprimieron un estilo propio a la música “pop” de la década de los ’60, y dejaron un recuerdo inolvidable en todos los que tuvimos el privilegio de disfrutar de sus interpretaciones.
  • MANOLO DEL RÍO “Perello”: Indiscutible ‘Rey del Rock’ arosano. Voz y guitarra rítmica, al más puro estilo ‘Elvis Presley’. Su magnífica interpretación de la canción ‘Speedy Gonzales’, suscitaba vibrantes y frenéticas manifestaciones festivas entre las jóvenes de la época. El rockero del ‘tupé’ indómito.
  • JOSÉ MANUEL CASALDERREY: Genial y genuino Intérprete de Guitarmonium (guitarra y armónica, fusionadas). Con absoluto dominio de ambos instrumentos, hacía de la Fantasía Militar ‘El Sitio de Zaragoza’, de Cristóbal Oudrid, una interpretación magnífica e insuperable. Fue, para mí, todo un referente artístico.
  • TRÍO LOS AROSANOS: Intérpretes de armónica diatónica, José Manuel Casalderrey (solista), Alfonso Galbán Rico (dúo) y Roberto Núñez Porto (acordes). Nos unimos -a instancia del insigne y recordado locutor de radio vilagarciano, Luis Gómez-, para actuar en el festival ‘Buscando Artistas’, que patrocinaba la emisora local ‘La Voz de Arosa’. Él nos reunió para aquella ocasión, bautizándonos artísticamente como ‘Trío Los Arosanos’. Nunca más volvimos a actuar como grupo; pero aquella experiencia, única e irrepetible, dejó en nosotros una huella imborrable.
  • DÚO LOS ROYAL: Armónicas cromáticas profesionales (64 voces, 4 octavas), Roberto Núñez Porto (solista) y Alfonso Galbán Rico (dúo y acordes). Además de música popular de la época, interpretábamos, también, música “seria” como, por ejemplo: ‘El Baile de Luis Alonso’ (Intermedio), de Jerónimo Giménez; y ‘Malagueña’ (Suite Andalucía), de Ernesto Lecuona.
  • TRÍO LOS ROYAL’S: Al considerarlo incompleto, el anterior Dúo Los Royal se convirtió en Trío Los Royal’s, cuya formación definitiva pasó a ser: Francisco [Paco] Lijó (guitarra), Roberto Núñez Porto (armónica solista) y Alfonso Galbán Rico (armónica dúo). El repertorio, básicamente, era el mismo que teníamos en el Dúo. Sin embargo, al incorporar la guitarra como instrumento indispensable de acompañamiento rítmico -y, en ocasiones, como solista de excepción-, se consiguió una mayor calidad musical.
  • ROBERT NEW PORT ‘El Mago del Guitarmónium’ [Roberto Núñez Porto]: Siguiendo la estela de José Manuel Casalderrey (virtuoso del Guitarmónium), en mi repertorio figuraba la música de canciones como: ‘500 millas’, ‘Moliendo café’, ‘Blue moon’..., y un Popurrí de conocidas canciones tradicionales de Galicia -con arreglos propios, en su estructura y ritmo-, interpretadas con un sello personal.

Estos son mis recuerdos de tres años de música, canciones, humor y poesía. No obstante, pido disculpas por las involuntarias omisiones que haya podido cometer. Pues la memoria, facultad sensible al paso del tiempo, no siempre es fiel reflejo de lo vivido.

Dedico esta recopilación ‘In Memóriam’ de los compañeros que, tristemente, ya no están entre nosotros. Hemos compartido inquietudes artísticas, escenarios, y calurosos y prolongados aplausos. Su ausencia -definitiva ausencia- se hace presencia en mi memoria, en mis recuerdos y vivencias de juventud.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Incontinencia verbal

Por Robert Newport
12 septiembre 2014

Poder expresarse libremente, dentro de un orden, es un derecho democrático incuestionable que nadie pone en duda. Pero ha de hacerse siempre con respeto, tanto a las personas como a los colectivos que las representan, como norma de saludable convivencia.

El debate sobre la reforma electoral celebrado la pasada semana en el Parlamento de Galicia, degeneró en agravios y descalificaciones, entre el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo, y el portavoz del grupo del BNG, Francisco Jorquera, que dicen muy poco en su favor. Ahora bien, si el presidente de la Xunta dijo: ‘Propoñemos que o BNG non sexa o tonto útil do PSOE, porque ademais os desprezan e ningunean’,  no puede sorprendernos la réplica del portavoz del BNG, manifestando: ‘Que o tonto útil de Rajoy retire esas palabras ou direi que temos de presidente a un gilipollas’.

Ciertamente, hemos de concluir que ambas ofensas son impropias de unos representantes políticos. Excesos verbales de manifiesto rechazo e intolerancia a la pluralidad y al derecho a discrepar. Sin embargo, lo expresado por el señor Núñez Feijoo -que representa a un partido político identificado con el feudalismo-, no sólo ofende al señor Jorquera, sino también a todo un colectivo de militantes y simpatizantes que no tienen la oportunidad de defenderse. 

lunes, 8 de septiembre de 2014

Nota informativa (V)


INFORMACIÓN


Estimados seguidores y amigos:

Desconozco qué tipo de error involuntario cometí al modificar la configuración del Blog -porque siempre estoy ‘rizando el rizo’-, pero lo cierto es que desaparecieron vuestras fotos en la columna derecha de la Página Principal. ¡No podéis imaginar cuánto lo lamento! No obstante, estoy tratando de averiguar cómo recuperarlas.

Mientras tanto, pido disculpas a:

  • Ricardo N. C.
  • Francisco Salgado
  • Marie Josep Andréu Varela
  • J. José Romero-Porto
Un cordial saludo.
Robert

miércoles, 20 de agosto de 2014

Recuerdos y vivencias de mi niñez

Por Robert Newport
19 agosto 2014

Cuando uno empieza a notar el paso de los años, los recuerdos de vivencias infantiles fluyen como una necesidad vital. Aunque no se trata de nostalgia, en modo alguno. Únicamente ocurre, cada vez con mayor frecuencia, que nuestro cerebro, ese gran archivo neuronal, en su proceso cíclico de almacenamiento de información, selecciona imágenes y sensaciones de momentos inolvidables e irrepetibles.

Últimamente -¡serán cosas de la edad!-, vuelven y sacuden mi memoria aquellas vivencias de la niñez, que, agazapadas en alguna zona recóndita de los hemisferios de mi cerebro, pugnan desaforadamente por salir a la luz. Y así, imagen a imagen, sensación a sensación, voy recordando...

Aromas y sabores

En aquella Vilagarcía de mi niñez (transcurría el año 1950), época en la que el olfato y el gusto aún no se habían contaminado con la artificialidad, las panaderías tenían un gran protagonismo en la vida cotidiana de nuestro pueblo. Ibas por la calle, y el inconfundible aroma delataba la cercanía de una tahona. En la calle Juan García, a pocos metros de donde yo vivía con mis abuelos maternos, estaba Panadería Camilo Mera. Y en la aledaña Plaza de Calvo Sotelo, Panadería Lourido. ¡Bendito pan! Hecho con harina fina de trigo (centeno o maíz), agua, levadura y sal. Mezclado y amasado de forma artesanal, fermentado reposadamente, y horneado en horno de leña previamente calentado a fuego lento, los maestros panaderos obraban el milagro: un crujiente y sabroso pan recién horneado. Al día siguiente, al tomarlo con el desayuno, todavía olía y sabía a pan. Hoy, lamentablemente, aquello es sólo un recuerdo.

También las tiendas de ultramarinos tenían mucha presencia y gran relevancia. Entrar en aquellos emblemáticos establecimientos de alimentación era penetrar en un mundo de aromas naturales diferenciados, que quedaron grabados para siempre en la memoria olfativa de mi niñez: azafrán, pimienta, pimentón, clavo, canela... Especias de toda la vida.  Asimismo, el agradable aroma del café recién molido, la achicoria, la cascarilla de cacao, los chocolates... Y, cómo no, las bebidas espiritosas a granel: moscatel, mistela, coñac, anís... Cuando se acercaba la Navidad, todo cambiaba: las cajas abiertas que contenían tabletas de turrón, higos, pasas, dátiles… dispersaban sus fragancias en agradable mixtura.

De aquella época, en la zona de influencia que rodeaba la calle Juan García, recuerdo estas tiendas de ultramarinos: Albino Cores, en la calle de Ramiro Cores; Salustiano García, en la calle Héroes del Alcázar; Juan Blanco ‘Arousán’, en la calle Gerona; ‘Dos de Mayo’, en La Baldosa; Hermanas Barreiro (antes, Vda. de Rosendo Barreiro), en la calle Padre Feijoo; y Segundo Abalo, en la Plaza de Calvo Sotelo. Posteriormente, en la calle Arzobispo Lago: Ramón César Mouriño, Simón Sabariz, y José Abalo (en la actualidad, ‘Los Pepes’). Algún tiempo después, en esa misma calle, también José Luis Camba.

Los gatos callejeros

Se multiplicaban como setas y estaban por doquier. Es cierto, hay que reconocerlo, que la proliferación de roedores justificaba, en gran medida, la presencia de los ‘mininos’ en las viviendas, en las calles y, muy especialmente, en casas abandonadas y en estado ruinoso. Precisamente, en una de aquellas casas arruinadas se desarrolla la historia de mi pésima relación con los gatos callejeros.

Cansados de las encarnizadas y temidas peleas en las que se enzarzaban a diario los gatos de la calle Juan García -la de mi niñez y adolescencia-, en el transcurso de las cuales, como incómodos testigos presenciales, algunas veces sufríamos daños colaterales que se traducían en arañazos en nuestros brazos y piernas, tres amigos decidimos ponernos en pie de guerra e infligir duros castigos a aquellos maulladores de afiladas uñas retráctiles. Les hacíamos mil y una travesuras, algunas muy crueles -aunque jamás hemos cruzado la ‘línea roja’-, de las que también nosotros salíamos con algunas ‘heridas de guerra’. De existir entonces la Asociación Protectora de Animales, sin duda habríamos tenido serios problemas y más de un disgusto. Sobre todo nuestras familias.

Sin embargo, un día en el que reinaba la calma entre los félidos, observamos como, de uno en uno, o de dos en dos, mirando a uno y otro lado con desconfianza, iban entrando en aquella casa abandonada. De vez en cuando, se oían maullidos que no identificábamos con los que proferían cuando tenían hambre o frío. Eran algo parecido a gritos de dolor. Con mucho sigilo, mis compañeros y yo nos acercamos a una de las desvencijadas ventanas, y vimos, con asombro, como una gata adulta de espeso pelaje, que semejaba una ‘madama’, ‘recibía’ a los visitantes, y luego se dirigía a uno de los cubículos de aquella casa en ruinas. Al instante, regresaba acompañada de una o dos gatas que, después de rozar sus pelajes con los visitantes, se retiraban acompañadas... ¡Aquella casa en ruinas era, en realidad, un burdel gatuno!

Después de pasear sus dilatados vientres por el barrio durante el período de gestación, aquellas gatas tuvieron -¡al fin!- sus gatitos. Aquel episodio, en contra de lo que siempre nos habían dicho, vino a confirmar lo que ya intuíamos desde hacía algún tiempo: que los bebés, del mismo modo que aquellos gatitos, no los traía la cigüeña, ni venían de París.

lunes, 4 de agosto de 2014

¡Qué país!

Por Robert Newport
3 agosto 2014

¡Esto es demasiado! Cada día desayunamos con un nuevo caso de corrupción en la clase política de este país. No se salva nadie: partidos políticos, gobiernos autonómicos, diputaciones provinciales, ayuntamientos, sindicatos, entidades bancarias… Modernas cuevas de Alí Babá de ladrones insaciables. El cómo y el cuándo van de la mano en delitos de cohecho, blanqueo y evasión de capitales, prevaricación, tráfico de influencias, falsedad documental, malversación de fondos públicos… Y un largo etcétera de ilegalidades que, inevitablemente, al final, pagamos todos los ciudadanos. Por ello, la Justicia ha de obrar con diligencia para que no prescriban, y aplicar con contundencia un castigo ejemplar.

Este país, que ha sido cuna de hombres y mujeres ilustres en ámbitos como la Ciencia, la Pintura, la Literatura…, se ha convertido, por obra y gracia de vividores titulados, no sólo en un país bananero -como lo califican algunos, con razón-, sino en un gran vivero de empresas de ‘embutidos’ de alto standing, con denominación de origen. ¡Qué vergüenza de país! 

viernes, 1 de agosto de 2014

Aquel naufragio...


















Por Robert Newport
4 agosto 2014

Han transcurrido 56 largos años… Pero las imágenes de los maltrechos supervivientes y, sobre todo, de aquellos cuerpos sin vida, quedaron grabadas para siempre en mi memoria.

Cuando naufragó el ‘Cabo Razo’, tenía yo 14 años. Sucedió la noche del 4 de agosto de 1958, estrellada y con luna llena, y la mar estaba en calma… A la mañana siguiente, cuando me asomé a la galería -mi particular Puente de Mando imaginario de ‘Mi vida frente al mar’-, me sorprendió un inusual ajetreo en el muelle de pasajeros. La curiosidad me pudo, y en pocos minutos llegué a la punta del muelle.

El guardapescas ‘Cíes’ y otras embarcaciones que acudieron al lugar del hundimiento, llegaban con supervivientes y fallecidos. Los que resistieron toda la noche en el agua -la mayoría aferrados a las maderas que formaban parte de la carga del buque-, estaban exhaustos y con evidentes síntomas de hipotermia. Arropados con mantas, y ayudados por la tripulación de los barcos que los habían rescatado, iban desembarcando y subiendo a los taxis -en aquellos años, Vilagarcía carecía de servicio de ambulancias- contratados por la Compañía Naviera del buque para trasladarlos, presumo, al Hospital de Pontevedra.

Algunos familiares, todos con evidentes síntomas de ansiedad y natural preocupación, esperaban la llegada de los barcos de rescate. Lágrimas emocionadas, al abrazar a los supervivientes. Lágrimas de profundo dolor y desconsuelo, por los fallecidos. Y, también, lágrimas de desesperación e incertidumbre, por los que estaban desaparecidos. Escenas inolvidables de sentimientos a flor de piel. 

Los cuerpos sin vida, en ataúdes o cubiertos con mantas, reposaban sobre el muelle a la espera de que la autoridad competente autorizara su levantamiento. Recuerdo, con gran tristeza y no menos impresión, la enorme dificultad que supuso desembarcar los cadáveres a través de la muy inclinada pasarela -había que salvar la altura existente entre la cubierta del barco y la parte superior del muelle-, lo que propició que el cuerpo de uno de los fallecidos se precipitara al mar. Al presenciar aquella escena, mi imaginación me llevó a pensar que el espíritu de aquel marinero quería que el mar fuera su última morada… La turbidez del agua impedía ver el cadáver. Con la ayuda de un rizón, después de varios intentos fallidos, consiguieron recuperar aquel cuerpo. Los que presenciamos tan triste suceso, cual mudos testigos de excepción, permanecimos en respetuoso silencio.

El buque de cabotaje ‘Cabo Razo’, en el momento del naufragio en aguas de la Ría de Arousa, llevaba a bordo 39 tripulantes y cinco pasajeros. Aquel triste suceso se saldó con nueve fallecidos y cuatro desaparecidos. In memóriam.


Después de arduos trabajos submarinos de reparación y acondicionamiento, cuya duración no consigo precisar, el ‘Cabo Razo’ pudo, al fin, ser reflotado y remolcado hasta el Muelle de O Ramal. Allí, finalmente, se procedió a su desguace.

lunes, 14 de julio de 2014

Rajoy versus Mas

 

Por Robert Newport
13 julio 2014

Mariano Rajoy y Artur Mas, o viceversa, parece que están jugando al gato y al ratón. Son, en este momento, por decirlo de algún modo, los Tom y Jerry de la política en nuestro país. Uno dice: “Si me llama, nos vemos”. El otro replica: “Para vernos, es necesario que me llame”. Parece aquella canción de Los Panchos: “Si tú me dices ven, lo dejo todo…”. Están inmersos en un bucle, en una derrota laberíntica sin sentido, que ellos mismos han construido, y ninguno de los dos quiere dar el primer paso para poder salir. Olvidan -o no les interesa recordar-, que son servidores públicos y que están ahí porque los ciudadanos así lo han decidido con sus votos. Su obligación, por encima de su ego -del que, ambos, van muy sobrados-, es velar por los intereses de todos. También de los que no les han votado. Pero el señor Rajoy y el señor Mas, haciendo gala de un egocentrismo sin límites, únicamente pretenden demostrar su hegemonía. Y el problema territorial, que afecta al conjunto de España, continúa sin solución.
Decía el poeta y escritor argentino, Leopoldo Marechal: “De todo laberinto se sale por arriba”. A lo que nosotros podemos añadir: “…que es la única manera de tener altura de miras”. Pues, que vayan tomando nota.


(Publicado en 'La Voz de Galicia' del 16 de julio de 2014, en la sección 'Cartas al Director')




domingo, 6 de julio de 2014

Desde la dársena de 'O Cavadelo'





























Por Robert Newport
05 julio 2014

En la segunda mitad de los años ’40 del siglo pasado -época hasta donde alcanzan mis recuerdos-, las gabarras formaban parte del paisaje marítimo en la dársena de O Cavadelo, entre el Muelle de Hierro y el Muelle del Comercio o Muelle de los Carabineros. Allí estaban, con su impresionante presencia, aproadas hacia la ría, echada el ancla, y amarradas de popa a las argollas del malecón. Aquellas enormes y robustas embarcaciones, cuya bodega ocupaba la totalidad del casco, carecían de autonomía. Recuerdo que grandes botes de remos, con tripulaciones de expertos y fornidos remeros, se encargaban de remolcarlas. En ocasiones, supongo que dependiendo de la carga y del estado de la mar, lanchas motoras sustituían a los botes.

Aquellas formidables gabarras, que formaban parte de la logística creada en torno al comercio marítimo, eran el único medio para transbordar las grandes cargas desde y hasta los buques mercantes que, en aquellos años, al carecer Vilagarcía de la necesaria infraestructura portuaria, se veían obligados a permanecer fondeados en medio de la ría. Otras embarcaciones, conocidas como galeones, de menor tamaño que las gabarras -generalmente dotadas de motor y velas-, aunque con una considerable capacidad de carga, se abarloaban al costado de aquellos buques para transbordar mercancías de menor entidad.

‘Lantero e Hijos’ y ‘Reboredo’, tenían sus propias gabarras. Se diferenciaban de las demás porque, en cada amura -babor y estribor-, llevaban rotulada una letra de gran tamaño: ‘L’, las correspondientes a ‘Lantero’; y ‘R’, la de ‘Reboredo’. Aquel distintivo corporativo, en color blanco sobre la oscura madera, hacía que destacaran en la lejanía.

Como complemento de la logística marítimo-portuaria de entonces, las agencias consignatarias disponían de sus propias lanchas motoras para desplazarse hasta los buques fondeados en la ría. Comprobar la carga, realizar las pertinentes diligencias documentales y, también, trasladar a tierra al capitán, oficiales o a cualquier miembro de la tripulación, eran algunos de los servicios que prestaban.

Otros recuerdos imborrables, me retrotraen a aquella dársena de mi niñez -a pocos metros del garaje de mi abuelo-, donde el mar acunaba, lenta y acompasadamente, las pesadas gabarras, los galeones y las lanchas motoras. También los botes de remos de las gabarras, y pequeñas embarcaciones auxiliares que danzaban frenéticas sobre el agua. Todo un espectáculo en movimiento. Pero cuando el mar se retiraba, y aquellas embarcaciones reposaban inertes sobre la arena, se desvanecía el encanto y todo se tornaba quietud y abandono. Se acababa el espectáculo... Las gabarras, majestuosas, permanecían en pie con dignidad. Pero otras embarcaciones, tumbadas a la bartola sobre uno de los costados, perdían la compostura. Únicamente las pequeñas gamelas, siguiendo el ejemplo de las gabarras, permanecían erguidas... Horas más tarde, a medida que la marea iba cubriendo de nuevo el arenal, los barcos despertaban de su letargo, desperezándose con lentitud, y retornaban al acompasado balanceo. Y otra vez, con renovadas energías, las cuadernas volvían a crujir. Así, una vez más, comenzaba el espectáculo.

Tuve la oportunidad de pisar la cubierta de una de aquellas gabarras, y recuerdo el vértigo que experimenté al observar la profundidad de la inmensa bodega, a través de una de las amplias escotillas de carga y descarga. También, partiendo desde el Muelle de los Carabineros en las lanchas motoras de ‘Buhigas’ (Ybarra y Cía.) y de ‘González Alegre’ (Compañía Trasmediterránea), pude subir a bordo de algunos buques, mercantes y de pasaje, fondeados en nuestra ría. Aún recuerdo la grata impresión que me causó entrar por primera vez en el lujoso comedor del pasaje de uno de aquellos buques. Una estancia con amplios ventanales, luminosa y acogedora. Su alfombrada escalinata, lucía accesorios y pasamanos de lustroso bronce. El suelo y las paredes, revestidos de cuidadas maderas nobles, recordaban los aristocráticos salones de las mansiones inglesas. Tanto las mesas, que tenían las patas ancladas al suelo mediante sujeciones fijas de bronce pulido; como las sillas, igualmente sujetas al suelo con enganches centrales removibles, estaban construidas en madera de teca procedente de las Indias Orientales, según nos comentó el capitán que, amablemente, se había ofrecido a acompañarnos en todo el recorrido. Siguiendo el restringido itinerario previamente establecido, cruzando pasarelas y bajando escaleras metálicas, llegamos al corazón del buque: la Sala de Máquinas. Me impresionó ver aquel motor gigantesco y, del mismo modo, el enorme generador (dinamo) para el suministro de energía eléctrica a todo el barco. Ahora bien, el broche de oro de aquella visita, sin duda alguna, fue subir al Puente de Mando. A los ojos del niño que era, aquel lugar me pareció fantástico. La instrumentación, aunque precaria si la comparamos con la actual de cualquier buque, me dejó sin palabras. El reluciente cilindro vertical de la bitácora, cerca de la rueda del timón; el radar, el equipo transmisor-receptor... El panorama que desde allí se divisaba: la cubierta de la zona de proa y la inmensidad del mar, lo recuerdo como algo indescriptible. Me dejé llevar por el entusiasmo, y me imaginé en aquel puente, surcando mares y océanos, consultando cartas náuticas, trazando rumbos, calculando derrotas y corrigiendo derivas. Me imaginé, también, navegando en condiciones meteorológicas adversas, con fuertes vientos y mar arbolada, capeando temporales. Y, cómo no, con mar en bonanza, surcando la inmensidad del océano... Tenía sólo nueve años, y aún me estaba permitido soñar.

El último buque que recuerdo haber visitado (año 1957), propiedad de la Compañía Trasmediterránea, fue el ‘Ciudad de Oviedo’. Era un buque mixto, de carga y pasaje, de avanzado diseño para la época, con proa lanzada y popa de crucero. El casco y la chimenea baja, a diferencia de otros barcos que conocía, guardaban proporciones armónicas. Medía 115,62 metros de eslora, 15,60 metros de manga, 8,47 metros de puntal a la cubierta principal y un calado en carga de 7,55 metros. Tenía un peso muerto de 4.500 toneladas, y desplazaba 8.200 toneladas a máxima carga. Disponía de tres cubiertas, y capacidad para 90 pasajeros distribuidos en tres clases. Su velocidad de servicio era de 17 nudos, propulsado por un motor principal Burmeister & amp; Wain, de 6.125 BHP. Aquella fue mi última ‘singladura’...

Seguiremos añorando la cercanía de aquel mar que nos invitaba a soñar con viajes imaginarios, aunque no imposibles. Su placentera contemplación, con la mirada perdida en la lejanía, nos serenaba. Su aroma salino, cual necesidad vital, nos confortaba. Lo necesitábamos para respirar... Lo necesitamos, todavía, para continuar sintiéndonos vivos.





domingo, 8 de junio de 2014

Bandas de Barrio












Por Robert Newport
07 junio 2014

En aquellos años de mi niñez (final de los ’40 y principio de los ’50), existían en Vilagarcía las llamadas ‘Bandas de Barrio’ -alguna de cierto ‘prestigio’-, entre las que destacaban las de los barrios de O Castro, O Ramal, Ravella, San Roque… Pero -¡ojo!-, nada tenían que ver con las actuales ‘Bandas Urbanas’. Que nadie se imagine a grupos radicales como los que, lamentablemente, en los últimos tiempos, acostumbramos a ver en las manifestaciones en las grandes ciudades. Nada más lejos. Únicamente se trataba de ‘crios’ (de 7 a 9 años, excepto el jefe que tendría unos 12 años) que, de vez en cuando se liaban a pedradas, directamente o con tirachinas, contra los miembros de otra Banda, como entretenimiento seudobélico de acción directa.

En más de una ocasión, para qué negarlo, aquellas ‘batallas campales’ acababan con ‘heridas de guerra’ cuyas cicatrices quedaron como recuerdo imborrable -nunca mejor dicho-, para toda la vida, como testimonio de una niñez sin televisión, sin consolas ni ordenadores, sin teléfonos móviles… Eran juegos primitivos, sin llegar a ser salvajes; aunque, si bien es cierto que calificarlos de cruentos sería exagerado, tampoco estaban exentos de riesgo.

Recuerdo que la fuente de O Castro, que ya entonces carecía de caños y de agua, era el ‘arsenal’ de cantos rodados para las guerrillas de la Banda de O Castro. Toda la ‘munición’ se iba almacenando en aquel enorme y pétreo depósito de configuración octogonal.

Yo, aunque pertenecía a la Banda, únicamente colaboraba en el aprovisionamiento de la munición. También suministraba las tiras de caucho para los tirachinas, que recortaba de neumáticos inservibles del taller de mi abuelo. Pero nunca participaba en las guerrillas, porque no comprendía el motivo por el que se entablaban aquellas contiendas sin sentido, previamente concertadas, sin existir ningún motivo aparente que las justificara. Sin embargo, una tarde en la que, al parecer, la contienda se temía que fuera muy violenta, el jefe de la Banda, del que no recuerdo su nombre ni su cara, me dijo que hacían falta todos los efectivos; y que, si no era un cobarde, tenía que ir a ‘luchar’ como los demás. Aquella orden, totalmente inesperada, me produjo cierta inquietud; sobre todo, pensando en el disgusto -¡uno más!- que les daría a mis abuelos si resultaba herido.

Aquella tarde gris y desapacible, a la hora prevista, pertrechados con unas rudimentarias bolsas de tela, con bandolera -que nosotros mismos habíamos confeccionado-, llenas de munición a reventar, y con el tirachinas en el bolsillo del pantalón, partimos hacia el ‘campo de batalla’: el Jardín de Ravella.

Cuando llegamos, los componentes de la Banda de Ravella nos estaban esperando. Por el abultado aspecto de sus bolsas y bolsillos, se deducía que también ellos habían hecho un gran acopio de munición. Los jefes de ambas Bandas se saludaron y, después de un breve parlamento, regresaron a sus puestos de mando. Cada jefe distribuyó, estratégicamente, a sus ‘guerrilleros’, designando un vigilante por si aparecía un guardia municipal. A la orden de “¡al ataque!”, empezaron a llover piedras en ambas direcciones. Era mi primera guerrilla; y, entre otras sensaciones, estaba ‘alucinado’. Desde mi posición, agazapado detrás de uno de los árboles del paseo central del jardín, observaba el desarrollo de la contienda sin atreverme a lanzar una sola piedra. Me preguntaba, ¿qué demonios hacía allí si nadie me había provocado ni ofendido? ¿Por qué tenía que lanzarles piedras que podían dañarle un ojo o, en el mejor de los casos, hacerle un ‘chichón’ en la cabeza? ¿Por qué tenía que exponerme a recibir una de aquellas pedradas? Los gritos del jefe de mi Banda, que me observaba desde su posición, me devolvieron a la realidad de la contienda: “¡Roberto, coño, dispara!” “¡Neutraliza a aquellos tres de la derecha!” “¡Me estoy quedando sin munición…!”. No sé de dónde saqué el valor, pero mi tirachinas parecía un arma de repetición. Cargaba, me asomaba y disparaba. Así, una y otra vez, como si me fuera la vida en ello. Recibí varios impactos, afortunadamente sin importancia, en los dedos de mi mano derecha y en el brazo. Por mi parte, en mi frenético lanzamiento, herí a un contrario en la parte alta de la frente; a otro, en una mejilla; y a un tercero, en una oreja.

Afortunadamente para nosotros, no hizo acto de presencia ninguna autoridad municipal; que, de haberse presentado, nos habría puesto las cosas muy difíciles. Al mismo tiempo, la desapacible meteorología propició que no hubiera gente en el Jardín. Aquella tarde, los astros se alinearon a nuestro favor.

El combate se mantuvo hasta que ambos bandos agotamos las municiones. Llegado ese momento, nos replegamos. Las bajas, escasas y de poca importancia, fueron equiparables. No hubo vencedores ni vencidos.

Después de aquella experiencia, de la que, por fortuna, salí indemne, decidí que carecía de sentido seguir perteneciendo a una Banda de Barrio, y dí por concluida mi militancia.

lunes, 2 de junio de 2014

Escuelas unitarias

Por Robert Newport
02 junio 2014


Las Escuelas Unitarias, singulares en su concepto, cumplen una función de vital importancia en la formación del alumnado de Enseñanza Primaria.
La singularidad de estas escuelas radica en la cercanía, con los alumnos y con sus familias, y en una atención personalizada adaptada a la diversidad de edades y características particulares del alumnado. Todo se  desarrolla en un ambiente de cercanía y familiaridad, en el que el profesor o profesora (maestro o maestra) vive, con eficacia e intensidad únicas, la evolución de cada alumno. Todo ello se traduce en una enseñanza global que requiere, sin duda, además de una buena preparación, un gran esfuerzo por parte del educador.

No debemos olvidar que las Escuelas Unitarias representan la esencia y el espíritu del conocimiento educativo. En ellas, los alumnos entran en contacto con la cultura; y los profesores, con su intensa labor docente, se hacen maestros. Estas escuelas, del mismo modo que sus maestros, conforman la memoria histórica de nuestros pueblos y aldeas. Dicho esto, considero que el pretendido cierre de escuelas como la de Pedroso, en Bamio (Vilagarcía), supondría un deterioro de la calidad de vida en las zonas rurales. ¡Y eso sería un disparate! 


(Publicado en 'Faro de Vigo' del 16.05.2015, en la sección 'Cartas al Director')

sábado, 17 de mayo de 2014

Provocación

Por Robert Newport
16 mayo 2014


¡Nos hemos vuelto locos! Está visto que la crisis económica no es tan global como dicen. Que alguien me explique, con palabras sencillas que yo pueda entender, cómo es posible que en este país, en el que la pobreza alcanza ya unas cifras escandalosamente alarmantes, se le paguen 20 millones de euros netos al año a un futbolista -¡me da igual de quién se trate!-, por darle patadas a un balón. Y no siempre con acierto.

No pretendo cuestionar las cualidades o habilidades del deportista, pero convendrán conmigo en que únicamente se trata de fútbol. Nada más. Aunque, a la vista de la relevancia adquirida por este deporte balompédico, reconozco que tenía razón el que dijo que el fútbol es el ‘opio’ del pueblo. Y continuamos narcotizados.

¿Cómo es posible que ocurra esto en un país con 6 millones de parados, con familias en las que todos sus miembros están desempleados y viven de la caridad? ¿Cómo es posible que ocurra esto en un país en el que muchos menores viven por debajo del umbral de la pobreza, pasan hambre o sólo pueden permitirse comer una vez al día -¡y mal!- a costa del ayuno de sus padres?

Se mire por donde se mire, considero que se trata de una provocación, de una obscenidad. Como también lo es que no exista una norma legal que impida estos desmanes. 

(Publicado en 'La Voz de Galicia' del 18 de mayo de 2014, en la sección 'Cartas al Director')

lunes, 12 de mayo de 2014

Nada ha cambiado

Por Robert Newport
12 mayo 2014

La Europa que pretendemos seguir construyendo y consolidando, exige plena dedicación, seriedad y, sobre todo, solvencia. Requiere, en definitiva, que se trabaje por el bien común de los países miembros y, muy especialmente, por el de sus ciudadanos. Por otra parte, para recuperar el estado de bienestar al que todos tenemos derecho, es necesario demostrar la suficiente voluntad política para que prevalezca -¡siempre!- el interés general sobre el interés partidista.

En esta campaña electoral, de la que saldrán nuestros representantes en el Parlamento Europeo, los ciudadanos esperábamos de los candidatos y mitineros políticos que no recurrieran al insulto, a la descalificación, ni al reproche. Esperábamos que nos hablasen de cómo piensan articular los mecanismos necesarios para la creación de empleo estable y de la igualdad de oportunidades, de derechos y deberes, y de garantizar las ayudas sociales y las pensiones. También, de cómo y cuándo se solucionará la actual crisis económica… Que nos dijeran, en fin, cómo piensan gestionar y defender nuestros intereses, y no, exclusivamente, los suyos y los del partido al que representan.

Lamentablemente, nada ha cambiado: continúan insistiendo, reiterativos hasta el aburrimiento, en la estrategia de la descalificación del adversario político, haciendo gala de una incontinencia verbal decepcionante. Es el discurso recurrente, carente de argumentos convincentes, muy propio de políticos de vía estrecha. Es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Han elegido, una vez más, el camino equivocado. Y así nos va.

(Publicado en 'La Voz de Galicia' del 14 de mayo de 2014, en la sección 'Cartas al Director')

domingo, 4 de mayo de 2014

De ‘The West Galicia Railway’ al ‘Hospedaje de Francisco Porto’

LOCOMOTORA 'SAR' ('SARITA')



Francisco Porto Codesido (1910)



Por Robert Newport y Juan Carlos Porto
03 mayo 2014

En la segunda mitad del siglo XIX, el matrimonio formado por nuestros bisabuelos, Francisco Porto Codesido y Carmen Rey Formoso, regentaba el ‘Hospedaje de Francisco Porto’ que, situado inicialmente al lado de la primigenia Estación de Ferrocarril (hoy reconvertida en Museo del Ferrocarril), continuó su actividad en la casa familiar, otrora hospedaje de reconocido prestigio, donde algunas familias influyentes de la época pasaban sus vacaciones estivales.

El trato amable y familiar que Francisco y Carmen le dispensaban a sus huéspedes, unido a la excelencia y exquisitez de su cocina, determinaba la notoriedad y el prestigio de aquel establecimiento. Uno de los menús que tenía gran aceptación, cuyo importe ascendía a la, hoy increíble, cantidad de nueve pesetas, incluía: pescado, un pollo entero, postre, café y copa. También un cigarro puro, obsequio de la casa. No es de extrañar, por tanto, que el restaurante estuviera siempre a rebosar. Aquella desbordante afluencia de comensales les obligó a contratar personal. Uno de los contratados, Edelmiro, el cocinero, era vecino del lugar de Godos. Hombre polifacético, que también ejercía de jardinero, de peluquero… Es decir, lo que hoy denominamos: un todoterreno. Años más tarde, el bueno de Edelmiro decidió marcharse a la República Argentina, a probar fortuna. Y, lo qué son las cosas, transcurrido el tiempo, llegó a ser el cocinero personal del presidente de la nación.

Francisco Porto Codesido, el patriarca de la familia, era un hombre de ensortijado pelo rubio, que en su rostro, haciendo honor a la moda de la época, lucía frondosos bigote y perilla. Circunspecto pero amable, con una gran personalidad, su presencia no pasaba inadvertida. La compañía ‘The West Galicia Railway Company Limited’, en la que trabajaba como mecánico, cuyo gerente era Mr. John Trulock, lo envió a Inglaterra para formarse en el conocimiento del proceso de fabricación y manejo del modelo de locomotora de inspección y maniobra al que pertenecía la Sar, que, por su pequeño tamaño, era conocida entre los ferroviarios con el apelativo de la Sarita’.

Durante su estancia en Inglaterra, que se prolongó dos largos años, nuestro bisabuelo no sólo aprendió inglés -idioma que llegaría a dominar, absolutamente-, sino que también se dejó seducir por el talante costumbrista anglosajón. Por ejemplo, como norma de conducta que observaría hasta el fin de sus días, tomar el té con pastas a las cinco de la tarde, que ya es un ritual en sí mismo, presumimos que para él era como un acto de fe.

Situada enfrente del Parque y Playa de Compostela, aquella casa familiar que, posteriormente, en la primera mitad del siglo XX, fue adquirida por Charles Lessner y su esposa, Josefina Porto (yerno e hija de Francisco y Carmen), tenía un ancho portalón de entrada, con puertas enrejadas de hierro forjado, que daba acceso a un patio descubierto en el que se encontraba la fachada norte de la casa. En dicha fachada, debajo de un tejadillo acristalado, destacaba la magnífica y lustrosa puerta de entrada, en la que todos los accesorios de bronce pulimentado: mirilla, aldaba, pomo y escudo de cerradura, estaban siempre relucientes. Al entrar, un amplio vestíbulo, en el que tenía una gran presencia la señorial y alfombrada escalera de acceso al piso superior, en cuyos escalones y pasamanos destacaban bruñidos accesorios de bronce, daba la bienvenida al visitante. La amplitud de sus puertas y estancias, así como el mobiliario, denotaban una época pasada de gran esplendor. La cocina, cuya amplitud permitía la presencia de una mesa de comedor de grandes dimensiones, estaba presidida por una enorme chimenea sobre el hogar. Y el cuarto de baño, igualmente amplio y luminoso, disponía de todos los elementos necesarios para el completo aseo personal.

Detrás de la casa, un amplio patio para el esparcimiento y comidas al aire libre daba acceso a una huerta de árboles frutales, surcada por un regato de agua transparente -que el progreso industrial se encargó de contaminar-, cuya extensión se prolongaba hasta la vía del ferrocarril.

Nuestros recuerdos de los últimos moradores de aquella casa, no van más allá de nuestras tías abuelas, Josefina y Luisa, y de los hijos de esta última: Catuxa, Francisco (Pancho) y José Luis (Tito) Rey Porto. Así como, también, de Héctor Paulos, marido de Catuxa.

A tía Josefina, ya entonces viuda de Charles Lessner, la recordamos muy dicharachera, con una exquisita educación y un gran sentido del humor. Su mirada, a través de las lentes de sus gafas -o por encima de ellas-, era penetrante y aparentemente inquisidora. Sin embargo, enseguida se dibujaba una sonrisa en sus labios, dulcificando la expresión, que dejaba traslucir la bondad de su carácter. Era una mujer muy culta, apasionada de obras literarias en lengua inglesa, y una gran conversadora.

Tía Luisa, de menor estatura que su hermana Josefina, destacaba por su cutis de porcelana. Aquella mujer menuda y frágil, de tez nívea y refinados modales, tenía una presencia de delicada exquisitez. Su carácter era muy reservado. La cruel sinrazón de la Guerra Civil, que la dejó viuda y con tres hijos pequeños, marcó su vida para siempre.

Francisco y Carmen, nuestros bisabuelos, principales protagonistas de esta historia, tuvieron dieciséis hijos, cinco de los cuales fallecieron prematuramente. Los once que habían sobrevivido, fueron  bautizados como: Francisco, Domingo, José, Ramón, Manuel, Josefina, Hermitas, Carmen, Dolores, Luisa y Consuelo. De todos ellos, nosotros únicamente hemos conocido a Domingo, Ramón, Josefina y Luisa.

Francisco Porto Codesido (+17.03.1928) y Carmen Rey Formoso (+07.07.1935), a los 79 y 81 años de edad, respectivamente. In memóriam.


(Texto revisado el 15.12.2016)



CASA FAMILIAR Y HOSPEDAJE FAMILIA PORTO-REY


Josefina y Luisa Porto Rey, en la huerta de la casa familiar

Anuncio en 'Crónica Carrileña' (10.10.1893)