jueves, 31 de enero de 2013

Cartas a un amigo imaginario, 2013


29   enero 2013



Amigo imaginario:

Mal empezamos este nuevo año –que, por cierto, su terminación en 13 puede ser muy significativa-, con un nuevo caso de corrupción en el centro neurálgico del Partido Popular -¡y van ya…!-, en la figura del que fue durante varios años el responsable de controlar sus finanzas, primero en calidad de gerente y después como tesorero. Este asunto, me temo, no sólo puede llegar a desestabilizar al partido en cuestión, sino también al actual Gobierno.

Se trata de que el señor Luis Bárcenas -que así se llama el extesorero del PP-, había evadido 22 millones de euros -¡qué son muchos euros!-, que tenía en unas cuentas en Suiza. Lo sorprendente, a la vez que incomprensible, es que, hasta que salió este asunto a la luz, disponía de despacho y secretaria, en la propia sede del PP, además de vehículo con chófer, sin desempeñar cargo alguno dentro de la organización desde que cesó como tesorero-. A la vista de tanta incongruencia, los ciudadanos de a pie, de infantería, en nuestra ignorancia nos preguntamos: ¿Cómo pudo atesorar (el tesorero) una cantidad tan escandalosa, equivalente a 3.500  millones de pesetas? ¿Hasta cuándo hemos de considerar presuntos a los delincuentes fiscales, ya sean o no políticos, teniendo que otorgarles, además, la presunción de inocencia?

Como tú sabes, en más de una ocasión te he dicho que no se debe juzgar al todo por la parte. Es decir: no podemos pensar que todos los políticos son corruptos por el hecho de que algunos lo sean. Y eso se puede aplicar a cualquier ámbito de la vida. Ahora bien, cuando la corrupción se propaga como una  epidemia -lo que evidencia que el que entra en la política no lo hace para estar al servicio del ciudadano sino para enriquecerse- y observamos con asombro como la parte se acerca impúdicamente al todo, la cuestión cambia. Y el concepto, también.

Recordarás, querido amigo, que en mi última carta del pasado año (27 diciembre 2012) te decía que mi actitud ante la situación política actual, había pasado de la indignación a la indiferencia, a la apatía y a la indolencia. Y es que -¡coño!-, con este panorama de corruptelas, mentiras y subterfugios de todo tipo, si nos dejamos llevar por la indignación, la furia y el arrebato, y no vigilamos atentamente el manómetro de presión de la caldera, que nos alerta de que debemos accionar manualmente la válvula de seguridad, lamentaremos no haber sabido afrontar la situación con la debida serenidad. Ya sé que lo que acabo de escribir no es más que una metáfora. Y que los ciudadanos, con casi 6 millones de parados y una política económica de ajustes (desajustes) y recortes que nos está llevando al precipicio, no estamos para frases metafóricas. Lo sé sobradamente. Pero también sé, por edad y circunstancias, que la violencia genera más violencia y, al final, no sólo no se resuelve el problema, sino que, por el contrario, se agrava. Entonces ¿Qué podemos hacer? Ignorar, total y absolutamente, a los que nos gobiernan. ¿Cómo lo hacemos? No escuchando sus discursos demagógicos, en radio y televisión, para que los índices de audiencia bajen estrepitosamente, dejando patente  que no nos interesa lo que nos dicen, porque estamos hartos de mentiras, de engaños y de promesas incumplidas. No asistiendo a las visitas oficiales ni a las inauguraciones populistas, que sólo buscan los aplausos y la mansedumbre. No asistiendo a los plenos de las corporaciones municipales, para no tener que soportar la prepotencia y la arrogancia de algunos regidores. Mostrarles, en definitiva, nuestra manifiesta indiferencia. ¡Qué les aplaudan -y les rían las gracias- sus correligionarios, y los chupópteros aduladores sin escrúpulos!

Por último, quiero compartir contigo una frase de Winston Churchill -elegida entre varias que hoy me envió un buen amigo mío- que, sin duda alguna, considero perfectamente aplicable al momento político actual: “El fallo de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles sino importantes”. Que tengas un buen día.

Un abrazo.
Robert



7  marzo 2013



Amigo imaginario:

La política sigue teniendo un gran protagonismo en la vida de este país -o lo que sea el lugar patrio en el que vivimos-, porque lo qué nos dicen -¡y cómo lo dicen!-, no son más que mentiras, una detrás de otra, y uno ya empieza a estar harto de tanto circunloquio y de tanto eufemismo. Falsedad, pura y dura.
 
La señora De Cospedal, secretaria general del PP -que, dicho sea de paso, se está comiendo todos los marrones, y es la única que da la cara-, acaba de dar una explicación sobre el supuesto despido del extesorero de su partido, el señor Bárcenas, que es un insulto a la inteligencia de los sufridos ciudadanos. Esto es lo que ha dicho:

“Ha sido una indemnización en diferido en forma efectivamente de simulación… simulación o lo que hubiera sido en diferido en partes de una… lo que antes era una retribución, tenía que tener la retención a la Seguridad Social”.

¡Qué mareooooo! ¿Entendiste algo? Yo, tampoco. Su explicación, incoherente e incomprensible. Sus titubeos, delatores de la mentira que nos estaba contando. Su credibilidad, por los suelos. Porque no se puede explicar lo inexplicable, ni justificar lo injustificable. Se dispersan en las explicaciones, se extravían…Y no van a conseguir, por mucho empeño que pongan en ello, hacernos comulgar -es un decir- con piedras de molino.

Este país se va a la m…Y nosotros con él. Porque, amigo mío, aquí no se salva ni la Casa Real -¡la Corona!-, otrora institución respetable y respetada. Estamos asistiendo al declive de las instituciones y de los valores éticos más elementales. Poco a poco, sin remedio, nos vamos hundiendo en el lodo de la corrupción y el fraude. El número de desempleados -jóvenes y adultos, hombres y mujeres- continúa aumentando de manera muy preocupante, día tras día, en una espiral de Arquímedes que no parece tener fin.

En mi última carta del pasado año (27.12.2012), te decía que estaba empezando a pasar de la indignación a la indiferencia…Y a la apatía. Pero no era verdad. He de reconocer, aun a mi pesar, que se trataba de una ‘pose’ sin sentido. ¡Cómo no voy a estar indignado, colérico, furioso…!  Porque sé lo que significa quedarse sin empleo, a una edad en la que estás en tierra de nadie, laboralmente hablando, y cómo la impotencia ante la falta de trabajo te lleva a la desesperación, al malhumor permanente, al abatimiento y a la depresión. Sé lo que es sentir vergüenza, porque te consideras un parásito de la sociedad… Un inútil. Sé lo que es tener la autoestima en la cota más baja, al nivel del suelo, y pisotearla con rabia. Finalmente, cuando crees superado aquel episodio, vuelven los fantasmas del pasado y uno de tus hijos pasa por el mismo trance, y la historia se repite. Y continúa.

No sé cómo ni en qué acabará todo esto, amigo mío. Este país necesita un revulsivo, a modo de panacea, que cure los desmanes de las entidades financieras -principales responsables, aunque no los únicos, de la crisis económica que nos atenaza y asfixia-, para devolver la dignidad a los Servicios Sociales, a la Sanidad y a la Educación. Para que se ponga freno al despilfarro generalizado en las instituciones. Para que se condene a los defraudadores y a los corruptos, obligándolos a restituir el patrimonio obtenido de forma irregular. Y si los encausados, además, desempeñan un cargo público, que sean destituidos, fulminantemente, y reciban un castigo ejemplar.

Tal vez pienses que soy excesivamente radical en mis consideraciones. Pero es que, estimado amigo, tal y cómo yo percibo el panorama, con tanto sinvergüenza por metro cuadrado  que campa a sus anchas en este país de pícaros y trileros, creo que mi aptitud está más que justificada.   

Termino ya, paciente amigo, porque se me están calentando los dedos -además de la cabeza-, y no quiero caer en el fango de la grosería y la insolencia.

Un fortísimo abrazo.
Robert


27  mayo 2013



Amigo imaginario:

¡Estoy furioso, indignado, colérico, confuso  y cabreado!  ¡Muy cabreado! Te preguntarás cuál es el motivo que me induce a empezar esta carta con exclamaciones tan sonoras y malhumoradas. Pues, naturalmente, la situación político-económica de este país nuestro, que nos está asfixiando. Y, sobre todo, las ambiguas explicaciones adornadas con eufemismos inútiles -argumentos vacíos, que ya no convencen a nadie- con las que nuestros políticos tratan de justificar sus mentiras, sus promesas incumplidas y su más que evidente ineptitud.

Dirás tú, paciente amigo, que continúo siendo muy crítico con las actuaciones de este Gobierno. Y tienes toda la razón. Pero no me negarás que hay sobrados motivos -¡cada vez más!- que justifican mi actitud.

Desde mi punto de vista, como sufrido ciudadano, observo la mansedumbre, -¡la sumisión!-, que muestra el señor Rajoy, nuestro presidente -que lo es de todos los ciudadanos de este país, incluso de los que no le hemos votado- ante las exigencias de los “poderosos” de la Unión Europea, en lugar de dar un enérgico “puñetazo” en la mesa, demandando respeto hacia un país en el que el deterioro de los recursos de los ciudadanos se hace más patente e insoportable cada día. Y en el que, consecuentemente, muchas familias se ven en la necesidad de acudir a los bancos de alimentos y otras organizaciones benéficas para poder subsistir, protagonizando escenas propias de la posguerra -¡lamentable espectáculo!-, que ya teníamos olvidadas.

Al mismo tiempo, continúan destapándose nuevos casos de corrupción por supuesta financiación irregular al Partido Popular -a cambio de adjudicaciones de obras públicas y otras compensaciones-, que deterioran la ya muy mermada -incluso diría que inexistente- confianza en nuestros políticos. ¡De cualquier color!

Otra cuestión menos dramática, naturalmente, pero también preocupante, es la ‘Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa’ (LOMCE)  -¡vaya con el nombrecito!-, en la que, entre otros cambios -alguno de los cuales, tengo que reconocerlo, es de sentido común-, vuelve a tener validez académica, aunque en calidad de optativa, la asignatura de Religión; y, como materia alternativa -en sustitución de Educación para la ciudadanía-, se establece Valores Culturales y Sociales, en primaria, y Valores Éticos, en secundaria. Estas materias, como puedes imaginar, han sido institucionalizadas en perfecta sintonía entre la jerarquía eclesiástica (Conferencia Episcopal) y el Partido Popular. Los obispos, que tienen en este Gobierno al mejor aliado, han conseguido un avance importante en sus pretensiones. No obstante,  -¡atención!-, me temo que, una vez que se levantó la veda, sus exigencias irán en progresivo aumento.

Así las cosas, querido amigo, quiero decirte lo siguiente: cuando el alumno ha de elegir entre estudiar Religión o una materia alternativa, la probabilidad de discriminación puede ser proporcional al grado de afinidad política o religiosa del centro educativo. Y eso no es nuevo, amigo mío. Ya ocurría antes, con los alumnos que elegían Ética en lugar de Religión. Y puede volver a ocurrir. Hemos de permanecer vigilantes.

Por último, te supongo enterado de la entrevista que le han hecho en una cadena de televisión al expresidente, José María Aznar. En su línea habitual, fue lacónico en sus respuestas. Exigió al Gobierno que cumpla el programa electoral del Partido Popular, que se emplee a fondo en la reforma laboral y que baje los impuestos. Del mismo modo, como era de esperar, pronunció una aseveración que, aún estando dentro de la racionalidad más absoluta, considero oportunista y demagógica: “Hay que acabar con este castigo a la clase media y recuperar el tejido productivo”. ¡Qué buenos son los Padres Escolapios, qué buenos son que nos llevan de excursión! Sería muy saludable que los expresidentes -que ya tuvieron su momento de gloria y su oportunidad-, se dedicaran a dar conferencias, a escribir libros...  Incluso a asesorar a los nuevos presidentes que lo soliciten. Pero -¡ojo!- en privado. Y que se dejen de escenificar, arrogantes y prepotentes, el papel protagonista de prócer “salva patrias” delante de las cámaras.

Sé que piensas que soy un reaccionario -tal vez lo sea-, pero es que todas estas cuestiones me producen cierto desánimo y mucho escepticismo. No se trata, en modo alguno, de que a mi edad ya esté de vuelta de todo. ¡Qué estupidez! Yo no estoy de vuelta de nada y, afortunadamente, todavía conservo intacta la capacidad de sorprenderme, sentirme fascinado y emocionarme, ante todo aquello que realmente sea digno de merecerlo.

Un fuerte abrazo.
Robert


 7  julio 2013



Amigo imaginario:

Seguimos inmersos en esa espiral de la que te hablaba en mi carta del pasado 7 de marzo. En aquella ocasión, me refería al escandaloso aumento del paro. Ahora, además del desempleo, vemos con preocupación -¡alarmados y escandalizados!- la magnitud que está adquiriendo la corrupción, cuyo número de implicados -presuntos o no- desborda todas las previsiones. Al caso del extesorero del PP, Luis Bárcenas -actualmente en prisión preventiva, cuyo trasfondo está en la financiación supuestamente irregular de los partidos políticos-, hay que añadir el de los ERE en Andalucía, en el que aparecen presuntamente implicados militantes del Partido Socialista, altos cargos de la Junta de Andalucía y -¡lo qué faltaba!- dirigentes sindicales. Como ves, querido amigo, ya no se puede confiar en nadie. Es vergonzoso, a la vez que  inadmisible, el alto grado de corrupción -¡corrupción de amplio espectro!- al que hemos llegado en este país.

Ante hechos como estos -y los que, sin duda, irán surgiendo-, no acierto a comprender la pasividad de los que tienen en sus manos poner freno, con todo el rigor, severidad y contundencia que permita la Ley, a las acciones delictivas de tanto sinvergüenza prepotente y arrogante, que se enriquece fraudulentamente, burlándose de la Agencia Tributaria, de la Justicia, del país y de los demás ciudadanos. Con esta clase de individuos (delincuentes elegantemente trajeados y encorbatados), la tan cacareada marca ‘España’ se precipitará a cotas subterráneas. Por cierto, recuerdo que siendo un niño, a esta piel de toro se le llamaba Patria; más tarde, Nación o Estado; hasta ayer, País. Y ahora -¡qué gran idea!-, pasa a ser una Marca. ¡Igual que la Coca-Cola! Está claro que, con la puñetera crisis, hasta los conceptos se devalúan.  Bueno, dejando aparte este irónico inciso -por el que te pido disculpas-, y volviendo al tema de la corrupción, sospecho que esa inacción por parte de los magistrados se debe a presiones políticas de gran calado, que influyen muy negativamente en la instrucción de los sumarios, poniendo en entredicho la autonomía del Poder Judicial.  Al mismo tiempo, tanto el juez Ruz como la jueza Alaya -instructores de los sumarios correspondientes a los denominados casos Bárcenas y ERE andaluces, respectivamente-, están siendo objeto de duras críticas por parte de ciertos sectores políticos y sindicales. Es decir, que ahora persiguen a los jueces en lugar de a los delincuentes. ¡Viva España, coño!

Dirás tú, amigo mío, que ya está bien de tanta corrupción política. ¡Qué monotonía! ¡Qué cansancio! Y tienes razón. Pero, como habrás observado en estos años de comunicación epistolar, mis cartas siempre tratan de reflejar, a modo de crónicas, la actualidad más relevante, al objeto de informarte sobre los últimos acontecimientos dignos de mención. Y, al mismo tiempo, dejar constancia de mis particulares opiniones y reflexiones al respecto.

Sería deseable que mi próxima carta contenga noticias más favorables y menos decepcionantes. Espero poder conseguirlo.

Un fuerte abrazo.
Robert


17  julio 2013



Amigo imaginario:

En la despedida de mi carta anterior, te expresaba el deseo de que en la próxima -es decir, en la presente-, las noticias fuesen más favorables y menos decepcionantes. ¡Qué ingenuidad la mía! Tengo que comunicarte, y créeme que lo lamento profundamente, que las cosas se han ido complicando día a día: el caso Bárcenas, que está generando verdaderos torrentes de información en todos los medios y tertulias, ha dejado de ser un asunto de fotocopias de escasa credibilidad, para convertirse en un más que probable asunto turbio, muy enredado, de cierta envergadura -llámese financiación irregular del partido, sobresueldos en negro, doble contabilidad…-, que va camino de conseguir desestabilizar al mismísimo Gobierno. Se trata de un asunto muy serio, incómodo y preocupante en grado sumo.

Ante tal situación, cuya resolución judicial, me temo, puede dilatarse más de lo deseable, los ciudadanos hemos perdido la ya muy escasa -¡escasísima!- confianza en la clase política de este puñetero país, en nuestros gobernantes… ¡Y en el sursuncorda! Porque, con su arrogante proceder, han sembrado esa desconfianza… Por lo que, inevitablemente, recogerán desprecio e indiferencia.

Hay algo en todo este asunto, amigo mío, que me tiene muy desorientado: ¿Cómo es posible que el señor Bárcenas haya podido acumular más de 40  millones de euros en paraísos fiscales -lo que lo convierte, por tanto, en presunto delincuente fiscal-, sin que pueda justificar su procedencia?  Ello me lleva a pensar, tal vez influenciado por la indignación que me produce este caso, si el señor Bárcenas fue utilizado -o continúa ejerciendo- como testaferro del PP, para ocultar una supuesta financiación irregular del partido. Sé que se trata, a priori, de una deducción descabellada y, en cierto modo, arriesgada, sin duda. Pero, querido amigo, mi capacidad asimilativa está ya tan saturada por el exceso de corrupción que existe en este país, que mis sospechas y conclusiones van más allá de lo que se puede considerar razonable.

Como tú sabes, por habértelo repetido hasta la saciedad, yo no soy -¡nunca lo he sido!- simpatizante del PP. Sin embargo, considero que el señor Rajoy ha recibido de su propio partido, una herencia más envenenada que la que, reiteradamente, dijo haber recibido del  Partido Socialista. Y tiene que asumirla, para bien o para mal, con todas las consecuencias. Hemos de esperar, no obstante, como no puede ser de otra forma, al dictamen del juez que instruye el sumario del caso.

Como puedes comprender, paciente amigo, en cuestiones judiciales -especialmente en las que las pruebas documentales aportadas no están suficientemente contrastadas- hemos de ser extremadamente cautos, prudentes y respetuosos, y no caer en la tentación de sentirnos legitimados para hacer juicios de valor, o juicios paralelos, porque es más que probable que luego tengamos que arrepentirnos y rectificar. Esto me trae a la memoria -y permíteme la licencia de incluir esta anécdota- la actuación (año2007) de la Tuna de Derecho de Valladolid, en su vigésimo aniversario, en el transcurso de la cual, uno de sus miembros fundadores (que toca la bandurria), al final de su particular y jocoso preámbulo, dijo: “…hay que acertar con las canciones; de hecho, en el programa original figuraba otra canción, pero vamos a interpretar ‘Clavelitos madrileños’, porque, las cosas como son, con la que está cayendo, cualquiera se atreve a tocar ‘El chacachá del tren’.


Un fuerte abrazo. 
Robert


3  agosto 2013



Amigo imaginario:

Hoy, haciendo una excepción, y sin que sirva de precedente, no te comentaré nada relacionado con la nauseabunda corrupción que, últimamente, invade todos los ámbitos de poder de este país. Y no lo voy a hacer, porque un trágico suceso merece toda mi atención y espero que, también, la tuya.

 Te supongo enterado del trágico accidente ferroviario ocurrido en Santiago de Compostela el día 24 del pasado mes de julio, y he tenido que dejar pasar todo este tiempo antes de escribirte, para poder procesar y asimilar anímicamente las dramáticas imágenes que se han visto por televisión. Todavía permanece en mi retina aquel caótico escenario de confusión y dolor, de conmoción y pánico, de incertidumbre, de llantos inconsolables y compartidos… Imágenes de desolación y muerte.

En aquella fatídica curva de ese camino de hierro, se han desvanecido los sueños, las ilusiones… y las vidas de 79  personas -hombres, mujeres y niños-, cada una con su identidad y con su historia. Se han apagado sus voces, sus risas y sus llantos, sus anhelos y proyectos de futuro, pero su recuerdo permanecerá siempre en todos aquellos que, de alguna manera, formaron parte de sus vidas.

En esta catástrofe ferroviaria, la rápida intervención de los vecinos de Angrois, en una espectacular reacción espontánea de coraje y valor, de ejemplaridad ciudadana y de generosidad, fue determinante en la evacuación y auxilio de las víctimas. Ellos, amigo mío, son los héroes anónimos de este dramático siniestro.

En todo suceso luctuoso -y este trágico accidente ferroviario lo es, en grado superlativo-, las víctimas mortales dejan tras sí una estela de historias inconclusas -¡maldita sea!-, sin posibilidad de continuidad. Por ello, querido amigo, quiero hacerte partícipe de algunas de esas historias de las que, en los días siguientes, se hizo eco el diario La Voz de Galicia.

Celtia y Eva (21 y 24 años), eran dos amigas del municipio ourensano de Xunqueira de Ambía, que, recién terminados sus estudios (Celtia, Magisterio en Ourense; y Eva, Dirección de Empresas en la Complutense de Madrid, además de un máster en la Universidad de Vigo), viajaban a Santiago para reunirse con sus excompañeros de Erasmus. La mañana del accidente, Celtia había sacado un billete de avión para viajar a Londres a finales de este mes de agosto, con el propósito de perfeccionar el inglés. Eva, por su parte, quería viajar a Italia, en este mismo mes, con la intención de participar en un campo de trabajo. Ellas, decidieron dejar el coche en la estación de Ourense, al considerar que hacer el viaje en tren era lo más prudente…

Laura y David (ambos de 21 años), de A Coruña y Cáceres, respectivamente, eran novios y estudiaban Medicina en la Universidad de Lleida. Sus profesores manifestaron que ambos obtenían muy buenas calificaciones y que eran muy trabajadores. Una pareja de brillantes estudiantes de medicina que venían a pasar unos días de vacaciones en A Coruña, donde los esperaban los padres de ella…

Olga y David (28  y 36 años), naturales de Alcorcón, novios desde hace tres años y medio, formaban parte de la tripulación del tren Alvia siniestrado. David atendía a los viajeros, mientras que a Olga le habían asignado la cafetería. Era la primera vez que hacían la ruta Madrid-Ferrol. Normalmente, aunque no siempre coincidían, prestaban servicio en el AVE Madrid-Sevilla. En el momento del siniestro, David acababa de anunciar por megafonía la proximidad de Santiago de Compostela…

Rosalina, alta funcionaria del Ministerio de Planificación y Desarrollo de la República Dominicana, viajaba a Santiago de Compostela con la intención de visitar a unos familiares y darle una sorpresa a su hermana…

Laura (23 años), de Pontevedra, era licenciada en Matemáticas por la Universidad de Santiago, y todo su entorno académico habla de ella como ‘una gran estudiante’ y ‘una muy buena alumna’. Regresaba de Madrid, donde acababa de hacer un máster;  y su novio, estudiante de Farmacia, la esperaba en la estación…

Y así, amigo mío, hasta 79 historias de otras tantas víctimas mortales que, tristemente, ya nunca podrán realizar sus sueños…

Hay hospitalizados más de una treintena de heridos, algunos en estado crítico, a los que les deseo una pronta y total recuperación.

Las causas del accidente -¡trágico y dramático accidente!- se están investigando. El contenido de la ‘caja negra’ será determinante para su esclarecimiento. En principio, el incomprensible exceso de velocidad parece ser la causa principal del descarrilamiento. El por qué de ese exceso sigue siendo una incógnita. En principio, señalan al maquinista como único culpable. Sin embargo, por los datos que se fueron conociendo, puede existir otro factor: un sistema de seguridad que no incorporaba el tren Alvia siniestrado. No obstante, lo más prudente y razonable, antes de hacer temerarios juicios de valor, es esperar al dictamen de los expertos para que la Justicia tenga fundados elementos para proceder en consecuencia.

Estarás de acuerdo conmigo -al menos eso espero-, estimado amigo imaginario, en que el contenido de esta carta bien merecía, al menos por una vez, dejar a un lado las cuestiones políticas. Aunque, para qué nos vamos a engañar, la política está en todas partes... Incluso en este trágico accidente ferroviario.

Un fuerte abrazo.
 Robert


10  octubre 2013



Amigo imaginario:

Este largo silencio epistolar, que ha durado casi dos meses, es consecuencia de la repetitiva y cansina monserga a la que nos tienen sometidos -y acostumbrados- nuestros políticos, y que cada día me produce mayor indiferencia y, a la vez, indignación.

Los impuestos que nos habían dicho que no subirían, continúan en imparable ascenso. Últimamente, para no perder la inercia, han revisado al alza el valor catastral -¡qué desfachatez!-, con un descarado afán recaudatorio, incrementando así el Impuesto sobre Bienes Inmuebles. El recibo del consumo eléctrico experimentó un incremento medio de algo más de 3 puntos porcentuales... Y lo qué vendrá. Por otra parte, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, con la incontinencia verbal que le caracteriza -¡Qué desvergüenza!-, dijo en el Congreso:   “Los salarios no están bajando. Los salarios están subiendo moderadamente en nuestro país”. ¡Y se queda tan ancho! Y lo que es peor, si cabe, nuestro presidente, Mariano Rajoy, en su visita a Japón, anima a invertir en nuestro país argumentando que aquí los salarios bajan. ¿Cómo se entiende esto? ¿Nos hemos vuelto todos locos?

Y las pensiones -¡maldita sea!- únicamente se revalorizan un cuarto de punto (0,25%). Es decir, un incremento medio mensual de 2,70 euros. Por ello, año tras año, vemos impotentes como disminuye nuestro poder adquisitivo. Definitivamente, se están burlando de nosotros. Porque los pensionistas, como todo hijo de vecino, hemos de seguir pagando las facturas correspondientes al consumo de agua, gas, teléfono y electricidad; los recibos sobre alcantarillado y recogida de basuras; el alquiler o comunidad y derramas ocasionales de la vivienda; la compra de ropa (la imprescindible para no atentar contra el decoro) y la comida. Vamos, lo preciso para poder seguir viviendo con un mínimo de dignidad. ¡Y qué no se te averíe un electrodoméstico!

Otra cuestión, amigo mío, la marca ‘España’, a la que, como recordarás, me refería en mi carta del pasado mes de julio, y que se proclamó -urbi et orbi- a bombo y platillo, ¿para qué  sirve? ¿Con qué fin se ha creado? ¿A quién pretende engañar? Personalmente, pienso que es un ’quiero y no puedo’ que alguien se sacó de la manga. Una marca que, poco a poco, se va hundiendo en las agitadas aguas de la inoperancia, la mentira, la arrogancia y la prepotencia de nuestros políticos.

Por otra parte, los ciudadanos -si es que aún tenemos esa categoría-, estamos más que hartos de discursos vacíos y promesas incumplidas. Estamos hartos de que nos mareen con la puñetera luz al final del túnel. Estamos hartos de que nos digan que estamos doblando la esquina de la crisis. ¡Qué estupidez! Estamos mucho más que hartos -¡empachados!-, porque vemos que en este país continúa habiendo 6 millones de parados y las perspectivas de generar empleo son absolutamente nulas. ¡Estamos hundidos y ahogándonos, cada vez más, en la desesperación! 

La aplicación de la subida de los impuestos -iniciada con la engañosa estrategia de la negación; para, finalmente, actuar con demoledora contundencia-, me trae a la memoria un texto apócrifo del drama romántico ‘Don Juan Tenorio’, de José Zorrilla, en el que, como recordarás, querido amigo, Don Juan, durante el galanteo, le decía a Doña Inés aquello de: “¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor?”. También se trataba de una estrategia para conseguir su innoble fin. Luego, cuando Doña Inés, rendida a la suave persuasión de su galán, le dice: “Don Juan, Don Juan, la puntita nada más”; él, haciendo gala de su fama de insaciable seductor -igual que nuestros políticos, aunque sólo en lo que a insaciables se refiere, naturalmente-, le responde: “No, Inés, toda ella y los que cuelgan detrás”. Y esa podría ser la metáfora de lo que están haciendo con nosotros los que ostentan el poder que sus votantes le han conferido.

Sé lo que estás pensando, paciente amigo. Tal vez me he pasado de rosca con las anteriores frases comparativas. Y te pido disculpas por ello. Pero todo, o casi todo, suele tener una explicación. Y esta es la mía: Tengo 69 años -aunque, si los astros me son favorables, en poco más de un mes cumpliré los 70-, y, como tú sabes, el 69 es el número erótico por excelencia. De manera que, como puedes comprender, me encuentro en una edad erótico-afectiva -o erótico-festiva, como prefieras- tan peligrosamente resbaladiza, que hace que mi comportamiento verbal sea políticamente incorrecto. Eso es todo.

En fin, estimado amigo, seguiremos soportando las  genialidades de los ineptos que nos gobiernan, hasta que nuestra paciencia -o desesperación- aguante.

Un fuerte abrazo.
 Robert


31  diciembre 2013



Amigo imaginario:

¡Que se acabe de una puñetera vez! Me refiero, naturalmente, al año que hoy termina. Porque este año, aciago donde los haya, han tenido lugar sucesos -desgraciados, unos; condenables, otros; y despreciables, los que más- es para olvidar: trágico accidente ferroviario en Galicia, en el que perdieron la vida 80 personas; robo del Códice Calixtino en la Catedral de Santiago de Compostela (que, dicho sea de paso, nunca fue una de mis preocupaciones), finalmente recuperado; fraude y corrupción por doquier, que salpica al ámbito empresarial, político y sindical de este país. Del mismo modo -¡qué vergüenza!-, también la sombra del fraude oscurece a la otrora respetable y respetada Casa Real…Está visto que en este país no se salva nadie.

Luego está, cómo no, el desempleo, que este año que acaba continuó creciendo, y no parece tener intención de detenerse.

Con un panorama tan desalentador, querido amigo, ¿qué expectativas de futuro nos aguardan? ¿Qué confianza podemos tener en nuestros gobernantes y representantes políticos? ¿Hasta cuándo podremos soportar tanta humillación? ¿Hasta dónde llegaremos sin perder los modales y la dignidad?

Por otra parte, y esto es de suma gravedad, está la lenta actuación de la Justicia. Pero -¡ojo!- esa lentitud se debe, única y exclusivamente, a la falta de medios para llevar a cabo las investigaciones procesales,  y a la situación de desamparo en que los jueces se ven obligados a instruir diligencias. El juez José Castro, con la imputación de la infanta Cristina. El juez Pablo Ruz, ocupándose de la trama Gürtel, del caso Bárcenas y de la supuesta doble contabilidad del Partido Popular… Y la jueza Mercedes Alaya, lidiando con los falsos ERE de Andalucía y sus ramificaciones políticas y sindicales. Los tres magistrados, solos ante el peligro, tienen serias dificultades para realizar su trabajo con el rigor que requiere todo proceso judicial. Las presiones políticas -¡que las hay!-, unidas a las que ejercen las altas instancias de la propia Justicia, hacen que algunos jueces encuentren serias dificultades para llevar a buen término, y con agilidad, las instrucciones procesales. De su trabajo, sin presiones ni injerencias, dependerá que dichas instrucciones lleguen a juicio en un plazo razonable. De no ser así, corremos el riesgo de que la sensación de impunidad se instale, peligrosamente, en toda esa cuadrilla de ladrones titulados, animándoles a seguir delinquiendo y burlando la ley. Porque, como decía el humorista Manolo Royo, ¡aquí no pasa nada!

El próximo año, en el que entraremos dentro de pocas horas, no creo que vaya a ser mejor que el que ya agoniza. Se avecinan, una vez más, malos tiempos: probable nueva subida de los impuestos y, sobre todo, incremento del copago -¡repago y sobrepago!- en la Sanidad Pública (hospitalaria, farmacéutica, ortopédica…) que, en muchos casos, derivará en la reducción o suspensión de los tratamientos, ya que la -¡cada vez más!- precaria situación económica de los ciudadanos, no les permitirá soportar ese gasto añadido. Consecuentemente, el deterioro de la salud de los pacientes será inevitable. Quizá irreversible. Así las cosas, es fácil suponer que, en el mejor de los casos, el ingreso de pacientes en los hospitales experimentará un considerable aumento. Aunque, lamentablemente, lo más probable es que se eleve el número de fallecimientos. Por tanto, paciente amigo, sospecho que estas decisiones tienen un objetivo claramente definido: reducir el número de parados y jubilados, eliminándolos. ¿Un holocausto encubierto? Sé que se trata de una sospecha muy atrevida. Quizá exagerada en extremo. Pero es que, francamente, uno ya no sabe qué pensar, qué hacer ni qué decir. 

Finalmente, amigo imaginario, están las ruedas de prensa de nuestro presidente del Gobierno, en las que contesta siempre con evasivas y circunloquios; incluso, a veces, con absurdas metáforas. En ocasiones, son auténticos monólogos. Y si algún  periodista hace preguntas incómodas, no sólo la evasiva está asegurada, sino que, además, el medio al que representa puede quedar excluido en próximas convocatorias. Ahora bien, sus correligionarios, con una sonrisa de oreja a oreja, dirán que el presidente es muy hábil toreando ciertas preguntas. Sin embargo, en mi opinión, esa supuesta habilidad no es más que una auténtica falta de respeto a los ciudadanos, tanto los que le votaron como los que no lo hicieron, porque todos -¡todos!- tienen (tenemos) derecho a saber la verdad.

Espero que el próximo año, amigo mío, tengamos motivos para albergar un razonable optimismo. Aunque esa luz que dicen que ya se ve al final del túnel -¡cuidado!-, pues con la nueva subida anunciada, mi consejo es que procures encenderla lo menos posible. 

Un fuerte abrazo y Feliz Año Nuevo.  
 Robert








lunes, 26 de noviembre de 2012

El eslabón perdido


Por Robert Newport
14 noviembre 2012

A veces, sin pretenderlo y de manera absolutamente casual, uno se entera de historias personales, sencillas y cotidianas, que nos hacen reflexionar.

Hace algún tiempo, en el transcurso de una amena y distendida conversación, un médico me relató el caso de una paciente nonagenaria (99 años, cumplidos), que me hizo pensar en todo el conocimiento que se pierde en las nieblas del tiempo.

A la consulta de aquel médico de familia, multidisciplinar, acudió la paciente en cuestión acompañada de su hija. Se trataba de conocer los resultados de las analíticas correspondientes a la última revisión rutinaria, realizada la semana anterior. Y esta fue la conversación entre médico y paciente:

-Señora, está usted francamente bien. A la vista de estos análisis, nadie diría que tiene 99 años. Así que, aprovechando que estamos en Navidad, puede celebrarlo tomándose una o dos copas de champán a mi salud. Y alegre esa cara, mujer. Piense que es un privilegio haber llegado a esa edad con una salud, física y mental, como la suya. Poder moverse, aunque necesite apoyarse en un bastón, y razonar como usted lo hace.

-Sí, doctor. Tiene usted mucha razón. Pero es otro el motivo de mi desánimo, que nada tiene que ver con la salud. No se puede imaginar la soledad que se siente a mi edad. Es cierto que tengo el cariño de mi hija y de mi yerno, que me cuidan y siempre están pendientes de mí. Y mis nietas y bisnietos, que son una bendición de Dios. Sin embargo, ya no queda ningún conocido de mi generación con quien compartir mis recuerdos. Mi marido, mis hermanos y todas mis amigas, ya han fallecido. Por eso, algunas veces, en la soledad de mis pensamientos, me pregunto si aquellas vivencias y emociones…, fueron, en realidad, cómo yo las recuerdo. Pero ya no tengo a quién preguntarle. Me siento como el último eslabón de una cadena que se fue rompiendo poco a poco. ¿Me comprende usted ahora, doctor?

Hoy, al recordar aquella conversación, decidí que merecía ser contada para reafirmar la necesidad de que existan proyectos como ‘O Faiado da Memoria’ -cuya relevancia es incuestionable-, para perpetuar la memoria de un pueblo, recuperando imágenes, recuerdos, vivencias y emociones, de sus gentes. Y rescatar de las nieblas del tiempo, el eslabón perdido…

jueves, 18 de octubre de 2012

El Muelle de los Carabineros



Por Robert Newport
17 octubre 2012

El embarcadero de piedra de O Cavadelo, también conocido como ‘Rampa de los Carabineros’ –pues existía una caseta de madera con tejado de zinc, que los Carabineros (Guardia Civil del Mar) utilizaban como puesto de vigilancia-, estaba justo enfrente del garaje-taller de Ramón Porto Rey (mi abuelo materno) y del Bar Xesteira, cuyas edificaciones fueron demolidas para abrir la actual Rúa Conde de Vallellano.

En aquel pequeño muelle, situado a pocos metros de la desaparecida Estación Sanitaria del Puerto y de la actual ‘Praza da Peixería’, los días de mercado, cuando la marea lo permitía –por la mañana o por la tarde-, había un gran movimiento de mercancías diversas que se cargaban en las lanchas motoras allí atracadas, principalmente de Rianxo y Boiro. También, en verano y con la pleamar, era un lugar ideal para zambullirse, pues el nivel del mar quedaba a dos palmos de la parte superior de este muelle. Y, cómo no, para la práctica de la pesca con caña…

Conservo en mi memoria, además de muchas jornadas de pesca durante las vacaciones de verano, aquella tarde de un mes de marzo bonancible, en compañía de mi amigo Juan Búa (tristemente, fallecido) –que además de vecinos, en la aledaña calle Juan García, también éramos compañeros de travesuras infantiles-, en la que decidimos acercarnos hasta las citadas lanchas motoras, cuyos patrones eran viejos conocidos, y subimos a bordo de una de ellas. Para no molestar en las faenas de carga, nos sentamos con las piernas colgadas por el exterior de la borda de babor, que era la cercana al muelle, a cierta distancia del tablón de madera por el que se deslizaba la mercancía. La embarcación subía y bajaba, lenta y cadenciosamente; y nosotros, atentos a aquel movimiento acompasado, levantábamos las piernas para no mojarnos los zapatos. Así estuvimos largo rato, contemplando las idas y venidas de los porteadores y del acondicionamiento, en la pequeña bodega, de la carga más ligera y delicada; y, sobre la cubierta, de los toneles de vino y bidones de aceite. Pero, con la inquietud propia del niño que era, tal vez queriendo emular a algún intrépido héroe de película, se me ocurrió la “genialidad” de proponerle a mi amigo, que, aprovechando el movimiento de subida de la motora, y permaneciendo sentados en la borda, mediante un impulso (imposible), a ver si conseguíamos alcanzar la parte superior del muelle, y subir... Juan Búa, intuyendo que se trataba de una idea descabellada -lo que se confirmó posteriormente ¡Y de qué manera!-, propuso que lo intentara yo primero… Esperé a que el movimiento del mar elevara al máximo la embarcación, impulsé el cuerpo con todas mis fuerzas –habida cuenta que los pies no tenían apoyo-, y conseguí alcanzar la parte superior del muelle, apoyando el antebrazo izquierdo y agarrando mínimamente el borde con la mano derecha. Sin embargo, a pesar de mis titánicos y desesperados esfuerzos (más desesperados que titánicos, ciertamente), no pude evitar que la mano se deslizara sobre la arenilla que había en la superficie; y que el antebrazo, dolorido por el sobreesfuerzo y el roce con la arenilla, también fuera resbalando… Y me caí al mar.

Yo, aún no sabía nadar. Y en el agua, entre la embarcación y el muelle, gritando a pleno pulmón, emergía con los brazos elevados. En cada inmersión, debido a que tenía la boca abierta para gritar, tragaba una desmedida cantidad de agua salada; lo que me provocaba fuertes náuseas y me impedía coger suficiente aire. Antes de iniciar la tercera inmersión, y con el estómago que parecía un aljibe de agua de mar, los dos patrones de las lanchas motoras consiguieron agarrarme de las manos -en ningún momento dejé de alzar los brazos-, y me sacaron a la superficie. Y allí estaba yo, tendido sobre aquel muelle de piedra, con unas desagradables arcadas que provocaron la expulsión del agua contenida en mi estómago. La sensación de alivio que sentí fue muy gratificante.

Alguien había ido a avisar a mi abuelo, que se encontraba en el garaje-taller. Llegó muy excitado, temiéndose lo peor… Ayudado por los dos hombres que, sin duda alguna, me habían salvado la vida, conseguí ponerme en pie. Mi abuelo, tras darles las gracias a los patrones, me reprendió muy duramente y, por primera y única vez en la vida, me dio unos azotes. Seguidamente, me acompañó a casa. Mi abuela Encarnación y mi tía Mercedes, una vez superada la impresión del momento, me quitaron la ropa –que, como es natural, estaba empapada-, y me bañaron. Tras el baño en agua templada, me secaron convenientemente; y, a continuación, me frotaron enérgicamente pecho y espalda con alcohol. Durante todo el proceso, como no podía ser de otra forma, mi abuela también me reprendió con gran dureza. ¡Menudo disgusto les di aquel día a mis abuelos!

Aunque por mi estatura parecía mayor, todavía no había cumplido los siete años. En el verano de aquel año…, aprendí a nadar.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Mi vida frente al mar





 Por Robert Newport
21 septiembre 2012

Haber nacido y vivido en contacto visual directo y permanente con el mar, lo mismo en condiciones meteorológicas favorables como adversas, moldea el carácter de las personas.

El piso en el que vivía con mis abuelos, tenía una galería acristalada -con ventanas tipo “guillotina”-, asomada a la otrora denominada ‘Calle de Ramiro Cores’ (hoy, Avenida de la Marina), a unos 15 metros del borde del mar. Al otro lado de la calle, a la izquierda, la Plaza de la Pescadería. A la derecha, la Estación Sanitaria del Puerto. Enfrente, sólo el mar, las islas Malveiras y Barbanza. También se veía, majestuoso, el emblemático Muelle de Hierro.

Cuando el invierno cobraba fuerza y la llegada de una galerna era inminente, recuerdo como tras los ventanales de aquella galería, contemplaba emocionado aquellos meteoros que, invariablemente, se sucedían todos los inviernos. Al atardecer, el cielo se oscurecía  repentinamente y comenzaba a soplar una brisa suave, que, poco a poco, se iba intensificando hasta convertirse en fuerte viento. Los focos del alumbrado público comenzaban a oscilar lentamente, imitando el vaivén de una campana, hasta alcanzar un movimiento frenético. Todo lo que había en la calle: papeles y materiales ligeros diversos, emprendía un vuelo disparatado, arremolinándose sin control. Y el mar, que se encontraba en marea alta, comenzaba moviéndose cadenciosamente, en lento vaivén, acrecentándose a medida que el viento arreciaba, hasta convertirse en fuerte marejada. La altura de las olas era cada vez mayor, y sus blancas crestas, suspendidas en el aire, se fraccionaban en gruesas gotas que, con gran violencia, venían a estrellarse contra los cristales. La inquietud que sentía al presenciar aquel espectáculo, me superaba. Pero el espíritu aventurero que todos llevamos dentro, me impedía abandonar aquel puente de mando imaginario que se encontraba en tierra firme.

Después de una larga noche de temporal, el viento iba amainando al acercarse la madrugada; y el mar, a medida que la marea descendía, recobraba la tranquilidad. Al despuntar el día, la galerna dejaba un rastro de desperdicios esparcidos por toda la calle. Pequeñas embarcaciones, que habitualmente fondeaban o amarraban a la rampa del Cavadelo, lograban permanecer a flote a pesar de los evidentes daños sufridos al golpearse entre sí o contra el malecón. Algunas, las más castigadas por la violencia del temporal, aparecían hundidas; y otras, sorprendentemente, iban a dar con sus cuadernas en los lugares más insólitos, y en un estado de equilibrio imposible.

Aquellos recios inviernos de ciclones y galernas, de temporales con entidad, constituyen una parte importante de mis recuerdos, vivencias y sensaciones. Mi vida frente al mar.

jueves, 16 de agosto de 2012

Adolfo Suárez. Apertura al mundo


El 30 de enero de 1979, recién aprobada la Constitución, Adolfo Suárez pronuncia un discurso ante el Consejo de Europa en el que hizo un canto a Europa y a la vocación europeísta de España.


La idea de Europa ha servido muchas veces en la Historia de España de punto de referencia; negarla ha sido un testimonio de incapacidad y de impotencia política; afirmarla, un rasgo de imaginación y un acto de fe en el futuro. Se creía en Europa porque constituía la mejor representación de los ideales de democracia y de libertad. Se pensaba en Europa, en definitiva, no ya como una aspiración abstracta, sino como un programa de absoluta urgencia política.

Un gran español  -José Ortega y Gasset-  afirmó que “Europa como sociedad existe con anterioridad a las existencia de las naciones europeas”. Y nosotros hemos creído que España no sería una sociedad plena e integrada hasta que no afirmara su europeidad, con la misma fuerza e insistencia con la que hemos defendido que Europa no sería totalmente Europa mientras no pudiera contar con la presencia de una España democrática. Esta fue la idea inspiradora de las palabras de S..M. el Rey en el mensaje de la Corona al pueblo español con el que abrió el nuevo proceso político: “La idea de Europa sería incompleta sin una referencia a la presencia del hombre español y sin una consideración del hacer de muchos de mis predecesores.  Europa deberá contar con España, pues los españoles somos europeos. Que ambas partes así lo entiendan y que todos extraigamos las consecuencias que se derivan, es una necesidad del momento.”

En el devenir de los pueblos hay ocasiones en que resulta preciso elegir y España eligió la solidaridad europea. Con nuestra plena participación en las diversas instituciones, no sólo participaremos en este esfuerzo solidario, sino que deberemos exigir el esfuerzo de la integración para que Europa no siga siendo la media de los compromisos nacionales, sino la resultante de un esfuerzo y reflexión conjuntos.

Yo quisiera, como apelación final, dirigirme a la Europa de las ideas y de los sentimientos para pedirle que sea capaz de impedir que la Europa de los intereses recorte sus posibilidades y sus esperanzas.

Sólo en la medida en que podamos constituir un entramado coherente de ideas, sentimientos e intereses, sean económicos,  políticos o estratégicos, España podrá llegar a comprender que su fe en Europa se corresponde con la profunda verdad de Europa.

La Europa en la que creemos es la Europa de las libertades. Supone un modelo de sociedad que entendemos libre y pluralista y exige la estrecha concertación de las políticas de sus diversos Estados, porque si se cree que Europa es demasiado grande para vivir unida pienso, sin embargo, que es demasiado pequeña para vivir separada.

…

En el pleno del Congreso del día 5 de abril de 1978, en el que se dio cuenta del relevo de Fuentes Quintana por Abril Martorell y se explicó con detalle la política del Gobierno con la Constitución en el telar, Suárez situó la política exterior entre los “objetivos prioritarios” y explicó con claridad su posición.


El gobierno parte de un principio: no es concebible una política exterior de España que no sea una política de Estado, compartida por la mayoría de la nación y, por supuesto, de los grupos políticos que componen el Parlamento.

Si hay algún orden de nuestra vida pública donde es necesaria la coincidencia por encima de las opciones ideológicas o de partido, ese orden es el papel de España en el mundo.

Por todo ello, y contando con que muchos temas concretos han de ser objeto de debate parlamentario en su momento, el Gobierno se plantea una política exterior, dentro de la política general del Estado, que parte de la realidad de España: de su realidad política, de su realidad geoestratégica y de su realidad económica.

Nuestra acción exterior es, ante todo, resultado de un objetivo prioritario, no negociable, irrenunciable, sobre el que la supervivencia misma del Estado se apoya. Me refiero a la independencia e integridad de la nación.

En este orden, afirmar la seguridad del territorio en el marco de nuestro entorno geográfico es nuestro punto de partida, que conlleva una vocación de solidaridad dentro del respeto al sistema de las Naciones Unidas.

En el tiempo transcurrido hasta hoy hemos normalizado nuestras relaciones con el mundo. Pero no hemos buscado sólo una normalización, sino que hemos logrado insertar a España en la órbita internacional que le corresponde.  Hoy nuestra nación está inserta en ese conjunto de países que defienden el mismo sistema de valores: la defensa de los derechos humanos, la distensión y la construcción de un orden económico internacional justo.

Pero qué duda cabe de que España debe jugar además en el mundo con unos intereses concretos. Pues bien, en la promoción de esos intereses, España actúa prioritariamente en dos áreas: Europa y América. Buscamos una solución normal con todos los países europeos y, particularmente, hemos abierto las negociaciones para una integración total en la Europa comunitaria.

En América queremos dedicar una atención especial a los países iberoamericanos, con los que hemos de pasar de unas relaciones históricas marcadas por su carácter emotivo a unas nuevas relaciones basadas en el intercambio real.

Pero queremos llegar más lejos. España está situada en el Mediterráneo y quiere contribuir a un orden de paz y colaboración con los países ribereños. Con las naciones africanas, de las que estuvimos muy alejados, queremos llegar a una política de mayor cooperación, que seha de concretar en la adopción de acuerdos específicos.

Por último, señorías, nuestra política exterior tiene otra dimensión humana inaplazable: atender y asistir a los españoles que viven fuera de nuestras fronteras. Independientemente de que el objetivo último sea su retorno, hemos de contar con la realidad de que la emigración existe y de que tiene unos problemas humanos y culturales, fundamentalmente, que debemos atender con toda la puntualidad que las circunstancias nos permiten.

España, señores diputados, desarrolla una política exterior definida por su enmarque político, económico, cultural y geográfico en el mundo occidental.

…

















Fuente: FUE POSIBLE LA CONCORDIA, Adolfo Suárez.  Edición de Abel Hernández. ESPASA.

Adolfo Suárez. Ley de Asociaciones Políticas


Hace menos de una semana, Su Majestad el Rey definía el horizonte de nuestra convivencia como una Monarquía democrática, en cuyas instituciones habrá lugar holgado para cada español.

Esta ley es pieza fundamental en el perfeccionamiento de las relaciones políticas de los españoles entre sí, paso decisivo hacia la sociedad democrática que perseguimos y algo mucho más importante: pretender dar respuesta actual a las demandas de nuestra sociedad.

No hay que derribar lo construido ni hay que levantar un edificio paralelo. Hay que aprovechar lo que tiene de sólido, pero hay que rectificar lo que el paso del tiempo y el relevo de generaciones hayan dejado anticuado. Y no sirven, señorías, los apuntalamientos. Sirve, en cambio, la arquitectura de nuevas técnicas; sirve sólo -y esa es la llamada de la autenticidad de nuestro tiempo- la estructura que dé cabida, y cabida ancha, a todos los miembros de la comunidad. Nos encontramos ante una nueva etapa cargada de esperanzas. Ante ella, como ciudadanos, hemos sentido la impaciencia, porque sabíamos que las reformas eran necesarias. Sin embargo, como gobernantes y como responsables administrativos de la comunidad hemos pretendido conducir la transición con una única norma: conocer con realismo, que implica sinceridad, las necesidades políticas y sociales de nuestro pueblo. El Gobierno, gestor legítimo en este momento histórico, tiene la responsabilidad de poner en marcha los mecanismos necesarios para la consolidación definitiva de una democracia moderna.
… No tenemos puesta nuestra atención únicamente en los mandatos constitucionales, sino también en la realidad apremiante de nuestro pueblo, en el empeño de ofrecer una nueva ocasión de libertad, que nos lleve a una convivencia estable, y en la ilusión de romper de una vez por todas los círculos viciosos de nuestra Historia.

El punto de partida es el reconocimiento del pluralismo de nuestra sociedad. Y si esta sociedad es plural, no podemos permitirnos el lujo de ignorarlo. Por el contrario, es preciso organizar esa pluralidad, y es preciso organizarla de modo que dé cabida a todos los grupos sinceramente democráticos, con aspiraciones de poder, con voluntad de ofrecer una alternativa de Gobierno, pero con programas válidos para la Administración y la acción política, bajo el compromiso de respeto a los demás.

… Si contemplamos la realidad nacional con una mínima sinceridad, hemos de convenir en que además de este pluralismo teórico, existen ya fuerzas organizadas. Nos empeñaríamos en una ceguera absurda si nos negásemos a verlo. Esas fuerzas, llámense o no partidos, existen como hecho público […] El Estado debe ser neutral ante los partidos, si quiere ser justo, pero no puede desconocer su existencia.

… Ante todo ello, el Gobierno del Rey aspira a una meta de integración y considera que ese objetivo no sólo admite sino que exige la articulación normativa del pluralismo político […] Estima, con plena responsabilidad ante el pueblo, ante las leyes y ante la Corona, que en las actuales circunstancias históricas es indispensable, precisamente para conseguir una sociedad civil más auténtica y fuerte, abril el camino legal a la pluralidad que vemos existente en la práctica. El Gobierno piensa, en suma, que una vez lograda la solidez del Estado y superados los tiempos en que era forzosa la restricción de algunos derechos, la integración no puede darse sin libertad política, y que esa libertad política pasa precisamente por el derecho de asociación. […] Sabemos que con ello estamos levantando el edificio de la concordia nacional.

Esos grupos tienen derecho a la vida, si representan a hombres y familias de España. Y tienen derecho a la vida pública, porque en cada uno de ellos puede encontrarse una nueva vitalidad. Pero a lo que nosotros no podemos jugar, como responsables de nuestro propio presente y futuro, es a convertir al país en un reino de dudosas legalidades y de marginaciones ciertas […] Bien sabemos que se habría hecho un esfuerzo inútil si (la ley) no sirviera a todos por igual.

¿Es que acaso no existe, incluso a nivel popular, un mínimo acuerdo tácito respecto al cambio sin riesgo; a la reforma profunda y ordenada; al pluralismo político; a una Cámara elegida por sufragio universal, igual, directo y secreto; a la existencia de nos grupos políticos que canalicen la participación ideológica; a las libertades públicas de expresión, reunión y manifestación; a un sistema económico que armonice la fuerza creadora de la iniciativa privada con unos mayores niveles de justicia, mediante la óptima socialización de los resultados del desarrollo?

Estamos tratando de interpretar lo que el país quiere.

El derecho de asociación política no puede constituir un fin en sí mismo. Y me interesa resaltarlo especialmente. No lo concebimos como una meta sino como un medio para que el pueblo disponga del poder que en buena teoría política le corresponde.

…Vamos a crear un campo de juego para que la política, como actividad responsable, sea el fin lícito que prevén nuestras Leyes Fundamentales. Vamos a dar a cada español la oportunidad -que ha de transformarse en beneficio público- de que considere esa actividad política como algo propio y no “ elaborado”  en campanas de cristal alejadas de los estados de opinión. Vamos, en definitiva, a ordenar unas reglas de participación, de tal forma que la ilegalidad sólo afecte a quienes juegan a subversión. Precisamente, a esa subversión la excluirá la sociedad misma cuando pueda organizarse con fórmulas civilizadas y atractivas, y cuando la inmensa masa moderada del país, que tiene mucho que conservar,  pero mucho más que conseguir, se sienta solidaria en la tarea de arrinconar los extremismos y los propósitos de suicidio colectivo.

La reforma, en cuyo espíritu esta ley inserta, ha de ser coherente y legitimada por la voluntad del pueblo en lo constitucional;  democrática y pluralista en lo político; flexible, ágil y eficaz en lo administrativo; racionalizadora y transformadora en lo económico; pactada y responsable en lo social, y occidentalista y fiel a nuestra tradición histórica en lo que atañe a nuestras raíces y a su proyección exterior.

Cuando tantos intérpretes surgen para la voz del pueblo, es lógico y urgente que nos apresuremos a escuchar la voz real del pueblo, que la tiene, y que quizá sea muy diferente de cómo pensamos todos […] Que la decisión corresponda a la voluntad popular.
… La Corona se presenta ante la nación con una voluntad expresa y jamás silenciada de alcanzar una democracia moderna para España.  Don Juan Carlos  definió el poder de la Corona como “poder institucional”; es decir, poder compartido; poder, en suma, sin mixtificaciones ni intromisiones. Crear una corriente viva entre la base social y su institución máxima es la esencia misma de la Monarquía de hoy.

Vamos, sencillamente, a quitarle dramatismo a nuestra vida política. Vamos a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es normal. Vamos a sentar las bases de un entendimiento duradero bajo el imperio de la ley.

…












Fuente: FUE POSIBLE LA CONCORDIA, Adolfo Suárez.  Edición de Abel Hernández. ESPASA.

Adolfo Suárez. Legalización del PCE


El día 3 de Mayo de 1977, Adolfo Suárez se dirigía por televisión a los españoles. En un meditado mensaje, informaba sobre la convocatoria de las primeras elecciones generales libres y anunciaba su comparecencia a las mismas. Asimismo explicaba las razones de la legalización del PCE.


Cuando en el verano de 1976 las Cortes españolas aprobaron la reforma del Código Penal, todos entendimos que el Partido Comunista, tal y como se presentaba en aquellas fechas, quedaba afectado por la nueva redacción del artículo 172, y, por tanto, excluido de la legalidad.

Y con mucha razón, con gran coherencia lógica, porque, en aquellas circunstancias, el Partido Comunista se definía como un enemigo declarado, como un grupo que rechazaba completamente las opciones políticas fundamentales, que definían aquella situación. El Partido Comunista se colocaba fuera de la legalidad, y como tal debía ser tratado.

Pero ¿quién duda, señores, de que las circunstancias políticas han cambiado desde aquel momento? ¿Puede alguien dudar que las normas de convivencia y su aceptación por los partidos políticos han cambiado sustancialmente? ¿Quién puede negar que fuerzas políticas que entonces estaban marginadas hoy optan por participar en la normalidad?

Todo esto fue posible porque las mismas Cortes que en julio entendían clara la exclusión del Partido Comunista, en el mes de noviembre aprobaban una ley para la Reforma Política y sobre todo porque ustedes mismos la aprobaron masivamente el pasado 15 de diciembre.

Esta ley significa un cambio sustancial en la política española. Al proclamar que establecía un punto de no retorno en la vida pública.

El destino pasaba a ser el marcado por el pueblo español; una democracia plena, con una acción política ejercida bajo el amparo de la Corona y el imperio de la ley.

El nuevo marco político hizo que muchos partidos solicitasen su legalización. Entre ellos figuró el Partido Comunista, quien presentó unos estatutos perfectamente legales, no contradichos en su conducta pública en los últimos meses.

Ante esta voluntaria solicitud de someterse a las reglas de juego del Estado, al Gobierno le cabían tres opciones: el rechazo, que sería incoherente con la realidad de que el Partido comunista existe y está organizado; la lucha contra él, que sólo se podría ejercer por la represión; por último, aplicar la legalidad, recabando la información jurídica oportuna para comprobar si encajaba o no encajaba en la ley.

La conclusión, después de la sentencia del Tribunal Supremo y del dictamen del Fiscal del Reino, ha sido que no había contraindicación legal para su inscripción en el Registro. Dado que ni el gobierno ni nadie puede juzgar sospechas, sino conductas, y la conducta era compatible con la ley, el Gobierno procedió a la legalización.

Acepto por completo la responsabilidad de esta decisión, que se fundó en dos principios básicos: el del realismo y el del patriotismo. Realismo, porque entiendo que no es buena política la que se basa en cerrar los ojos a lo que existe; patriotismo, porque el servicio que en estos momentos nos exige España es aclarar las reglas del juego y numerar a los participantes.

Mal podríamos entrar en una campaña electoral sin saber dónde está cada uno de los grupos o partidos políticos. Mal podríamos intentar que el Estado fuera sólido, si no lo creemos capaz y lo hacemos capaz de albergar en su seno y en sus instituciones a todas las fuerzas políticas que aceptan la legalidad de ese mismo Estado. Mal podríamos, señores, mirar a nuestro futuro de concordia si dejásemos que hubiese una acción política socavando los cimientos, en lugar de sacarla con todos los derechos, pero también con todas las obligaciones, a la luz del día.

La política, señoras y señores, si queremos que sea positiva, no se debe hacer a base de sentimientos, sino sobre los datos de la realidad. Una gran nación no se construye sólo sobre nobles impulsos del corazón, sino con el estudio detallado de los hechos.

Sería paradójico, por ejemplo, que cuando hemos establecido relaciones diplomáticas plenas con los países del Este, mantuviésemos al margen de la ley a aquellos comunistas del interior que aceptan una convivencia legal.  Sería paradójico que, queriendo hacer una democracia en la normalidad, marginásemos deliberadamente a quienes aseguran desear participar en ella.

Pienso que sólo la ley puede marcar los caminos. Y en este sentido, el Gobierno recuerda el principio de la igualdad de todos ante la ley y está dispuesto a aplicarla con el máximo rigor en defensa de la unidad de España, de la institución monárquica, así como impedir el establecimiento de cualquier sistema totalitario, o la subversión del orden y de la paz pública, independientemente de la ideología de quienes lo intenten, como creo que este Gobierno ya demostró.

En cuanto al Partido Comunista o cualquier otro, si su conducta posterior -directa o indirectamente- incurriera en ilegalidad, pueden tener ustedes la seguridad de que caería sobre ellos todo el peso de la ley.

Yo, señores, no sólo no soy comunista, sino que rechazo firmemente su ideología, como la  rechazan los demás miembros del Gabinete que presido.  Pero sí soy demócrata, y sinceramente demócrata. Por ello pienso que nuestro pueblo es suficientemente maduro -y lo demuestra a diario- como para asimilar su propio pluralismo.

Pienso que este pueblo no quiere encontrarse fatalmente obligado a ver las cárceles llenas de gente por motivos ideológicos. Pienso que en una democracia todos somos vigilantes de nosotros mismos, testigos y jueces de nuestros actos públicos; que hemos de instaurar el respeto a las minorías legales; que entre todos los derechos y los deberes de la convivencia figura el de aceptar al adversario y, si hay que hacerle frente, hacérselo en competencia civilizada.






Fuente: FUE POSIBLE LA CONCORDIA, Adolfo Suárez.  Edición de Abel Hernández. ESPASA.

Adolfo Suárez. Los Pactos de la Moncloa




El cambio político coincidió en España con una fuerte crisis económica, que ponía en peligro el proceso democrático. La vertiginosa elevación de los precios del petróleo a raíz de la guerra del Yom Kippur en 1973, seguida de la crisis monetaria derivada de la decisión de Nixon de liquidar las normas vigentes en el Sistema Monetario Internacional, afectó de lleno a la endeble economía española, con un manifiesto empobrecimiento de la sociedad. Un dato: en 1977, en los meses centrales de julio y agosto, la inflación fue del 42%. En los cuatro años de crisis, la deuda exterior superaba los 12.000 millones de dólares. Resultaba complicado afianzar una democracia cuando se perdían, tras las primeras elecciones del 15 de junio, cien millones de dólares al día en reservas exteriores.

Adolfo Suárez explica así la situación:

La oportunidad del cambio político había llegado en medio de una grave crisis económica mundial abierta en 1973 y agudizada en 1977.

Parecía repetirse la secuencia de la II República española, a la que acompañó la Gran Depresión. Debíamos aprender de nuestra propia Historia para no incurrir en los errores del pasado. En tan difícil momento, era necesario guardar el equilibrio entre la presión social, las exigencias del cambio político y la propia responsabilidad del Gobierno.

La crisis económica reclamaba de los nuevos protagonistas políticos (partidos, Parlamento, Gobierno) su comprensión más rigurosa y su tratamiento prioritario. De lo contrario, terminaría por hacer imposible la vida del régimen que nacía comprometido en su solución.

El tratamiento de la crisis exigía una nueva y firme solidaridad política, una nueva política de Estado que integrara a todas las fuerzas del arco parlamentario y las hiciera corresponsables  de la situación y de su superación.

Para ello había que instaurar una política de profundas reformas sociales y económicas que permitieran no sólo sanear nuestra economía sino resolver también las más graves e injustas desigualdades que aquejaban a la sociedad española. Era necesario plantear una reforma fiscal, en virtud de la cual contribuyesen en mayor medida a las cargas del Estado quienes más tuvieran; había que posibilitar las organizaciones representativas de empresarios y sindicatos y estimular un amplio diálogo entre ellos que llevase a la concertación social; había que cambiar estructuras y procedimientos y alentar a los agentes sociales para que asumieran la propia dirección y responsabilidad del cambio socio-económico.

Los Pactos fueron firmados el día 25 de octubre de 1977 en el palacio de la Moncloa por Adolfo Suárez, Felipe González, Joan Reventós, Joseph María Triginer, Manuel Fraga, Enrique Tierno Galván, Juan Ajuriaguerra, Miquel Roca, Leopoldo Calvo-Sotelo y Santiago Carrillo.

Dos días más tarde el presidente Suárez los presentaba al Parlamento, como programa.

Un programa económico formulado desde la perspectiva del interés nacional y no desde posiciones programáticas de partido.

Un programa económico que tiene el máximo aval técnico del equipo que redactó el borrador inicial y de los expertos de los distintos partidos políticos. Nacido, por tanto, del ejercicio de la principal virtud que debe dar vida y sentido a una democracia: la transigencia, ejercida en el diálogo responsable frente a los graves problemas con los que la sociedad española se enfrenta.

Un programa económico que, al recibir el consenso unánime de los partidos políticos, posee la virtualidad suficiente para que los españoles confíen en su eficaz aplicación.

Un programa económico que, más allá de su propio valor, ha servido para demostrar que la democracia es posible en España, para prestigiar a los partidos políticos y a esas Cortes, que han sido capaces de decirle al país, con la fuerza de los hechos, que el entendimiento es posible cuando se parte de la asunción del singular momento histórico que vivimos.

Por primera vez, fuerzas con una ideología dispar han coincidido en unos planteamientos básicos para el diagnóstico y la solución de la evidente crisis económica que está sufriendo España.

Ante esta evidencia, sirvan mis palabras como testimonio de felicitación pública a un país y a un pueblo que llevaba demasiado tiempo esperando voces conjuntas de esperanza.

… El Gobierno, y con él  la mayoría de las fuerzas políticas y sociales, comparten que este principio de consenso es el que ha presidido el acuerdo político firmado hace unas horas; pienso también que este principio de consenso es el que guía la elaboración de la Constitución, pues la Constitución y el marco legal de los derechos y libertades públicas no deben constituir el logro de un partido, sino la plataforma básica de convivencia aceptada por la inmensa mayoría de los españoles, cualquiera que sea su ideología o su proyecto de sociedad.

… Mientras la Constitución llega, parece claro que el proceso democrático ya es irreversible.  Lo han hecho irreversible el espíritu de la Corona, la madurez de nuestro pueblo y la responsabilidad y el realismo de los partidos políticos.

Por ello nuestro compromiso no se reduce, aunque sea esencial, a la consolidación de la democracia, sino al establecimiento de una sociedad más justa en la distribución de las riquezas y en el reparto de las cargas y con una mayor capacidad creadora.  Una vez logrado el objetivo de instaurar en su normalidad y en su plenitud la democracia, podemos seguir avanzando en paz y en libertad, hacia la gran meta de la justicia.

El día 2 de noviembre, por la noche, Adolfo Suárez explicaba a los españoles, en un largo mensaje por radio y televisión, el alcance de los Pactos de la Moncloa. De paso daba cuenta del cumplimiento de sus promesas, en el célebre “puedo prometer  prometo” del 13 de junio en  vísperas de las elecciones.  No ocultó en ningún momento las dificultades de la economía española. Y estos eran los compromisos concretos:

Hacer que la cantidad total de dinero no crezca en 1978 más de un 17%, porque si no se disciplina el crecimiento del dinero y el crédito, la inflación no disminuirá.

Lograr que los salarios no crezcan más de un 22% en su masa global, pero con un horizonte muy claro: conseguir que crezcan más los salarios más bajos.

Asegurar que las alzas de precios no superen los límites tolerables, que para 1978 han de estar en ese mismo tope del 22%.  Para lograr este objetivo habrá que conseguir una desaceleración, es decir, una reducción en el ritmo de crecimiento mensual de los precios durante todo el año 1978, de forma que ese ritmo de crecimiento sea al final del año la mitad de los últimos meses de 1977.

Garantizar que la política fiscal haga pagar más a quien más tiene y recibir más del Estado a los que tienen menos.

Introducir toda una serie de modificaciones en nuestros comportamientos, de manera que el sistema económico sea más eficiente, más justo y más progresivo.

Conseguir que exportemos más y que limitemos las importaciones a los mínimos necesarios para no frenar la producción.

Si todo esto se cumple -y es seguro que se cumplirá- habremos conseguido frenar la inflación, equilibrar nuestro comercio con los demás países y, en definitiva, sanear nuestra economía y reformar sus estructuras.

Nos espera un duro período de saneamiento económico. Cuando lo anuncio, soy consciente de que no estoy ofreciendo vivir e ningún país de maravillas. Pero soy consciente también de que con estas condiciones podremos alcanzar a medio plazo una sociedad más próspera y más justa.

… Por primera vez en nuestra Historia reciente se dan cita todas las condiciones para el éxito de una acción concreta de Gobierno:

Primero, absoluta solvencia de las medidas, que han sido preparadas por los mejores equipos técnicos del Gobierno y de los partidos políticos que ustedes han votado.

Segundo, absoluta coincidencia entre todos los partidos para establecer diagnóstico de la enfermedad que sufre nuestra economía.

Tercero, compromiso de todas las fuerzas políticas representadas en el Congreso para hacerlas cumplir.

Ahora es obligado el compromiso de colaboración de todos los ciudadanos.

Vamos, una vez conseguida la libertad, a ganar ilusionadamente la justicia.

Los efectos beneficiosos de los Pactos de la Moncloa no se hicieron esperar. La inflación al final de 1977 era del 26,4%, y se reducía en 1978 al 16%; la balanza por cuenta corriente se equilibraba en 1977 y obtenía superávit al año siguiente; el déficit previsto de la balanza de pagos se reducía a la mitad; las reservas de divisas, en el mismo período, pasaron de 4.000 millones de dólares a 10.000 millones; las empresas empezaban a notar que repuntaban los beneficios. Y, sobre todo, como ha escrito Joaquín Estefanía, “se producía un cambio importantísimo en el clima político del país, que permitió llegar a la Constitución; los Pactos de la Moncloa se convertirían en la insignia del paso de la dictadura a una democracia sin convulsiones sociales. Fueron el gran compromiso histórico español.”

Adolfo Suárez, dieciocho años después, opina lo mismo:

Los pactos permitieron, sobre todo, llegar sin dificultades económicas insuperables a la Constitución de 1978, iniciar unas reformas que el país había reclamado durante años y demostrar la eficacia de la política de consenso para encauzar las grandes cuestiones de Estado.

El terreno estaba preparado. Era la hora de la Constitución.





Fuente: FUE POSIBLE LA CONCORDIA, Adolfo Suárez.  Edición de Abel Hernández. ESPASA.

Adolfo Suárez. La Constitución


La elaboración de la Constitución se planteó desde el acuerdo de todas las fuerzas políticas del arco parlamentario. Nuestra convulsa historia constitucional nos había dado numerosos ejemplos de constituciones que representaban la imposición de unos españoles sobre otros como consecuencia de una revolución, una guerra civil o un mero pronunciamiento. Esta vez no podía suceder lo mismo. La democracia era el resultado de un entendimiento común y la Constitución que la consagraba debía ser el resultado de un consenso generalizado.

Adolfo Suárez  reconocía diecisiete años después:

Algunos han acusado a la Constitución de ser, deliberadamente o no, ambigua e imprecisa. Es posible que técnicamente la constitución tenga algunos defectos. Pero nuestra Historia está repleta de Constituciones con vocación científica de perfección, algunas de las cuales ni siquiera llegaron a tener vigencia. Nuestra Historia constitucional ha sido convulsa y tormentosa. Para nosotros era fundamental que la adaptación de las ideologías y la coyuntura política se realizara dentro del sistema y no a su costa. Por eso necesitábamos una constitución con la que pudiera gobernar por igual la derecha y la izquierda.  Y esto, para nosotros, implicaba la necesidad de que fuera el centro político quien la hiciera aceptar a las dos mitades antagónicas que antaño se habían desconocido y combatido sin piedad.  Como principal responsable político de este  proceso  puedo  decir -y con enorme satisfacción- que la transición se planteó de tal manera que ningún español en virtud de supuestas, eventuales o pasadas responsabilidades políticas sufrió perjuicio, cargo o acusación alguna. Todos pudieron agruparse libremente conforme a sus preferencias políticas, concurrir a las elecciones y actuar, sin discriminación alguna desde sus resultados electorales, en defensa de sus ideas.
…
La política discurre por dos planos distintos: el de Estado, que con sus notas características define el marco básico de convivencia y el de Gobierno y oposición, que sólo puede jugar todas sus virtualidades cuando existe y se respeta ese cuadro básico de instituciones.

La intensidad de la acción política en uno y otro plano y de los problemas que se plantean son distintos según el momento histórico y según las características de cada país y de cada población. Lo importante es reconocer y asumir que, si en el segundo plano la esencia de la democracia se hace fecunda por la concentración, en el primero -el de la política de Estado- la fecundidad está asociada al esfuerzo de convergencia, inédita a nuestra Historia, que estamos llamados a protagonizar. No queremos el Estado de unos españoles impuestos a otros españoles. Queremos el Estado de todos, como expresión de la comunidad nacional, de forma que dentro de él puedan presentarse y actuar las distintas opciones y alternativas de Gobierno.

Y vamos a lograrlo a pesar de quienes, fuera de estas Cortes, por excitación de toda clase de extremismos o por acumulación de exigencias o perentoriedades, someten la imagen misma de las instituciones democráticas a deterioro, minan la confianza social en ellas o atentan contra la esencia misma del Estado desde la irracionalidad.

Pues bien, es evidente que la acción del Gobierno ha estado y está influida por el hecho de desenvolver su tarea política en el contexto de un período constituyente, y es lógico que mi Gabinete estuviera y esté directamente afectado por la necesidad de anteponer, en las actuales circunstancias, la política de Estado a la política de Gobierno. Esta misma exigencia se ha planteado también a todas las fuerzas políticas democráticas.

Durante un proceso constituyente, el Gobierno ha de limitar el alcance de estas opciones, manteniéndose en niveles no sustanciales de disenso, porque son los únicos capaces de evitar lo que sería el más grave peligro para el cuerpo político: la inexistencia de una concordia radical en el país respecto a los elementos básicos de la convivencia nacional. Esta situación transitoria, propia de todo período constituyente, condiciones cualquier aspecto de la acción política […]  En cualquier caso, debe quedar claro que la política de consenso no trata de forzar unanimidades, sino de lograr acuerdos libres y responsablemente asumidos por las fuerzas políticas y por las instituciones representativas.

[…]  Nuestra Historia nos enseña la trágica lección de la ineficacia de unas Constituciones que han sido expresión solamente de una parte de las fuerzas políticas de la nación española. Esa lección la hemos aprendido y por ello todos nos sentimos comprometidos en una Constitución que valga para todos. Una Constitución que sea aprobada por el voto casi unánime de las cortes y por el referéndum casi unánime del pueblo español […]  Urge terminar el proceso constituyente y sustituir en lo demás el consenso por la moderación en la defensa de las respectivas posiciones opuestas o divergentes.

Me interesa, para terminar, señalar que el Gobierno gobierna.  Yo he escuchado con suma atención todas las intervenciones de sus señorías. Evidentemente unos aconsejan una cosa, otros aconsejan otra. Pero el Gobierno está gobernando en circunstancias muy difíciles, y quiere seguir gobernando desde ese mandato popular recibido el 15 de junio, en esa misma línea hasta la Constitución, y en los temas de convergencia que habíamos señalado. Y el Gobierno gobierna dedicando intensamente toda su actividad a intentar evitar las tensiones que todo proceso de cambio produce, e intentando alcanzar cada día más cotas de libertad, y cada día más cotas de seguridad.

Yo diría que al Gobierno se le pide con frecuencia que construya, o colabore a construir, porque todos somos constructores, el edificio del Estado nuevo sobre el edificio del Estado antiguo, y se nos pide que cambiemos las cañerías del agua, teniendo que dar agua todos los días; se nos pide que cambiemos los conductos de la luz, el tendido eléctrico, dando luz todos los días; se nos pide que cambiemos el techo, las paredes y las ventanas del edificio, pero sin que el viento, la nieve o el frío perjudiquen a los habitantes de ese edificio; pero también se nos pide a todos que ni siquiera el polvo que levantan las obras de ese edificio nos manche, y se nos pide también, en buena parte, que las inquietudes que causa esa construcción no produzcan tensiones.

Yo quiero decir a sus señorías que tengan la absoluta seguridad de que entre todos estamos haciendo un edificio nuevo, un edificio que tiene la singularidad de que se está enfrentando, quizá, desde perspectivas arquitectónicas diferentes, y queremos que el modelo sea bueno y bello; pero podemos tener la garantía absoluta de que en ese edificio habrá una habitación cómoda y confortable para cada uno de los 36 millones de españoles.


El 31 de octubre de 1978, la Constitución fue aprobada, en sesión solemne y separada, por ambas cámaras.

Adolfo Suárez pronunció un discurso, en el que valoró así las características de la nueva constitución:

En relación con nuestra peculiar experiencia histórica, la Constitución expresa la convicción de que no hay dos Españas irreconciliables y en permanente confrontación.  Creo que es el triunfo de la voluntad común de alcanzar una razonable, ordenada y pacífica convivencia para todos los españoles.

En relación con la peculiaridad del proceso político que estamos protagonizando, creo que es el fruto de una cooperación de las diversas fuerzas políticas y sociales, con el resultado pretendido de construir un Estado sin partir de ruinas o quiebras de legalidad.

En relación con los valores que proclama, es una Constitución fuertemente progresiva, que orienta la vida pública y la acción del Gobierno, cualquiera que sea su signo, hacia metas de libertad, igualdad, justicia y solidaridad. Creo que es una Constitución de su tiempo, que contiene los valores de un tiempo nuevo y mejor.

En relación con las plurales concepciones de los partidos, creo que es una Constitución que, en un marco amplio y flexible, permite operar en función de las decisiones electorales del pueblo, que sólo excluye las opciones violentas, y que tiende a asegurar la estabilidad política.

En relación con la organización territorial del Estado, la Constitución, que se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, reconoce y justifica su más auténtica unidad, garantizando el derecho a la autonomía de los pueblos de España de forma amplia y sincera como jamás se configuró en ningún otro momento de nuestra historia constitucional.

En relación con las aspiraciones de nuestra sociedad para una transformación en profundidad de nuestras estructuras, la Constitución articula mecanismos ágiles y eficaces de gobierno, concebidos por la técnica jurídico-constitucional más moderna.

Y en relación, finalmente, con la sociedad a la que se dirige, la Constitución asocia la responsabilidad a la libertad; respalda los derechos con garantías, los correlaciona con deberes y busca el fortalecimiento del Estado y de la autoridad en el consentimiento libremente expresado de los ciudadanos y en la estabilidad de sus instituciones.

[…] Quienes desde el mandato recibido -todos nosotros- hemos protagonizado este proceso de devolución de la soberanía al pueblo, a través de cauces legales y pacíficos, podemos alegrarnos como vencedores; como vencedores, no en una contienda concreta, sino pienso que en la mejor y más noble de las batallas: la batalla contra el miedo, contra el desánimo secular, contra la violencia y contra nuestras propias pasiones mantenidas.
…

El 6 de marzo de 1980, con motivo de las primeras elecciones autonómicas, Adolfo Suárez pronunciaba un meditado discurso en el País Vasco.

 Al hacer del País Vasco una comunidad con sus propias instituciones públicas, estamos simultáneamente, construyendo un Estado nuevo, que ofrece un cauce institucional a la diversidad real de España y que, por tanto, se asienta en la voluntad libremente expresada de sus pueblos. El camino no será fácil.  Exige de todos nosotros un especial esfuerzo, una gran voluntad de moderación y de tolerancia y un gran sentido de la responsabilidad. La transformación de un Estado centralizado en un Estado estructurado en comunidades autonómicas es el gran reto que tiene ante sí la democracia española no sólo para consolidarse como sistema político sino, lo que es más importante, para garantizar definitivamente, una convivencia pacífica que ha quebrado siempre a lo largo de nuestra Historia.  Porque o la autonomía sirve al objetivo de la paz y de la libre convivencia entre todos los españoles con sus propias y diferenciadas singularidades históricas o socioculturales, o no podrá avanzarse en el camino de la libertad. Y es que la autonomía no puede ni debe concebirse como una plataforma de confrontación con el Estado sino justamente como una organización del Estado que es de todos y a todos debe servir.

Andando el tiempo, la revista Euskadi, del PNV, eligió a Adolfo Suárez “hombre del año”. Fue un gran reconocimiento. Javier Arzalluz, en el acto del homenaje, entregó a Suárez una makila, la cachaba que llevan los pastores en el monte para su autodefensa, y que, entre los vascos, cuando se regala a un invitado, simboliza que se le entrega el mando. Arzalluz, al dársela, le dijo a Suárez: “Toma, que hay mucho lobo en esta vida.” Y Suárez se emocionó.

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Fuente: FUE POSIBLE LA CONCORDIA, Adolfo Suárez.  Edición de Abel Hernández. ESPASA.