Este escrito, que he encontrado por azar
y que quiero compartir con todos vosotros, podría interpretarse como una
reflexión sobre el inexorable paso de los años —que lo condicionan todo—, y sus
lógicas consecuencias.
Robert
Un grupo de amigos, cuarentones, se reúne para elegir el sitio donde ir a cenar todos juntos. Finalmente, se ponen de acuerdo y deciden ir al restaurante del Café Central, porque las camareras son guapas, llevan minifalda y escotes generosos.
Diez años después, los mismos amigos, ya cincuentones, se reúnen de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar. Finalmente, se ponen de acuerdo en ir a cenar al restaurante del Café Central, porque el menú es muy bueno y tiene una magnífica carta de vinos.
Diez años después, los mismos amigos, ya sesentones, se reúnen de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar. Finalmente, se ponen de acuerdo en ir a cenar al restaurante del Café Central, porque es un sitio tranquilo, sin ruidos, y tiene salón para no fumadores.
Diez años después, los mismos amigos, ya setentones, se reúnen de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar. Finalmente, se ponen de acuerdo en ir a cenar al restaurante del Café Central, porque el restaurante tiene acceso para minusválidos e incluso hay ascensor.
Diez años después, los mismos amigos, ya octogenarios, se reúnen de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar. Finalmente, se ponen de acuerdo en ir a cenar al restaurante del Café Central, y todos coinciden en que es una gran idea porque nunca han cenado allí.

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